HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Joyce, Proust o Kafka. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2016

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los reconocimientos, de William Gaddis

El ejemplar que recibí estaba deteriorado. Lo tenían herido en el Depósito de la Biblioteca Pública de Doctor Cerrada en Zaragoza, donde yacen las obras longevas que requieren más cuidado y protección.  La tapa blanda se desprendía del lomo. La bibliotecaria, una mujer mayor de ojos alegres y sonrisa insumergible, me lo entregó con mano administrativa, sin evaluar la pieza y sin inmutarse por ella, únicamente mirando mi rostro a la espera de que desapareciera ufano y jubiloso por su grata labor de intermediaria de la cultura. Pero no pudo ser. No fue tan bonito como ella estimó porque al coger Los Reconocimientos de William Gaddis, los ojos se me abrieron, estupefactos, al ver tres tristes tiras de celo, llenas de polvo y colocadas sin sentido con el fin de malauxiliar  una cubierta al borde del estrago y aspiré asustado el aire que allí se hallaba y sentí un fuego abrasador en mis pulmones, porque su entrega era su clara despreocupación per sé, y eso me hacía a mi responsable de la custodia y conservación del ejemplar, y detuve el proceso, objetando el deterioro y el riesgo de fragmentarse aún más si me lo llevaba en esas condiciones. Su sonrisa naufragó en su rostro y la vi que dejó de flotar. Recobró el libro con manos agitadas para intentarlo reparar, con una rapidez que me produjo aún más zozobra e intranquilidad, porque no congregó el tiempo mínimo para lo que tenía que examinar y levantó presurosa la primera tira de celo, suponiendo que aquello iba a ser como coser y cantar, y en el desabrido tirón, desprendió un trozo de cubierta que se quedó adherido al celo, rompiendo el ejemplar, y yo me exalté intentando ser discreto, pero sentí un desgarro en la piel como si me hubieran depilado con cera la zona más ingenua del pecho, como si hubieran desterrado a un amigo en un forzado exilio por un error de desafección, dejando una cicatriz visible, blanca, que a partir de ahora se podrá distinguir en la tapa de este ejemplar maltrecho y lastimado, que esconde la herencia literaria de uno de los mejores escritores norteamericanos y más experimentales, consumada en 1952. Me tragué mi impotencia y mi fragilidad y me fui flotando de allí, como si nada perteneciera a esta realidad, tampoco las palabras y mucho menos los reconocimientos. Huí con el libro en mis manos por el primer punto de fuga que encontré y me refugié en una habitación de casa colmada de libros, con la perfecta atmósfera anónima. Retiré todo lo que había encima de la mesa y honré la obra de Gaddis colocándola en un atril, como si fuera un fetiche o una musa para poderse deleitar. Estuve un tiempo, no recuerdo cuanto, examinándola a la luz del atardecer, palpando la textura del papel, apreciando su peso, advirtiendo sus perfumes de abandono, encierro y oscuridad, la contemplé atento a los sonidos que producía volver las hojas o cerrar la cubierta irregular. La observé una y otra vez sorprendido, fascinado. Y me dispuse a leer sus más de mil páginas por todo aquello que iba a ser mi deber reconocer.

Han pasado once días y creo haber estado viajando sin cesar, saltando en el tiempo por varios países de identidad occidental. Quiero reconocer que ha sido una experiencia insólita, hermosa, frágil y monumental. La prosa de Gaddis conquista y avanza con una estética ágil y poética. Europa y Norteamérica están retratadas con toda su celebridad y detalle. Gaddis se me aparece como la suma de Hemingway y Joyce y su personaje Wyatt Gwydon como un perfecto Hombre del Renacimiento que crea una obra y deja de ser suya para pertenecer a la Humanidad. Hoy la devolveré al Depósito para que otra persona la desentierre y pueda reconocer toda su realidad. ¡Blum!

"Bueno, hay lugares más reales; hay lugares en libros, hay gente en obras de teatro más real que ... todo eso."



viernes, 12 de septiembre de 2014

Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez

Basada en un hecho real. Narrada tan de cerca que el agua te salpica y te despierta. Y cuando la has terminado de leer sientes que la vida es mucho más intensa y enigmática y el mar se convierte en símbolo de un océano interior, agente que transita e intercede entre lo voluble y lo formal, entre lo efímero y lo fatídico, como toda fuente rebosante de vigor.

"Aquel sol que empezaba a ampollarme la piel y con aquella hambre que me dolía el estómago. Y sobre todo con aquella sed. Cada vez me resultaba más difícil respirar."

Esta historia se hace real porque está reconstruida con una literatura sensible y arriesgada, con tesón y compromiso, cuando Gabriel García Márquez trabajaba de reportero de planta en el diario El Espectador de Bogotá, bajo la dictadura militar y folklórica del general Gustavo Rojas Pinilla, autor de la matanza de decenas de estudiantes en el centro de la capital cuando participaban en una manifestación pacífica, y de la muerte de varios taurófilos dominicales que abuchearon a la hija del dictador en la plaza de toros. La prensa estaba entonces censurada y este relato pudo costarle el pellejo al Premio Nobel. Sólo por eso merece ya el empeño de leerla. Pero, dejando de lado el contexto político y social, Relato de un náufrago alcanza la gloria por ser una obra de recorrido trascendental que finaliza en victoria sobre los dos peligros esenciales de todo navegar: la destrucción y triunfo del océano contra el hombre, como metáfora de lo inconsciente; o el retroceso que sume al individuo hacia una regresión y un estancamiento desolador. No se la pierdan y encuéntrenla.  Yo la leí a orillas del mar mediterráneo mientras las olas besaban mis pies. No recuerdo si fue casualidad. Seguramente no y un poco sí.




martes, 9 de septiembre de 2014

La caída de la Casa Usher, de Edgar Allan Poe

Faltan dos semanas para que entre el otoño y ya he empezado a sentir una cautelosa necesidad de prepararme para la rayana oscuridad. Cuando la noche se cierra sobre la ciudad me da un tiempo muy valioso para indagar y sondear los cimientos de nuestro mundo interior. Existe un material muy fecundo para el psicoanálisis que habita en los relatos del horror. Al entrar en la librería pensé en esto y seleccioné una obra que por su prestigio me ayudaría en esta enigmática excursión. ¿Por qué? Porque estoy poniendo a punto y completando un proyecto que tiene efectos muy positivos para el ánimo y en breve ejercerá su acción. ¿Y qué tiene que ver Allan Poe?

La literatura de terror ha sido la vía más utilizada para expresar ideas subversivas de manera enmascarada, escondidas dentro de historias imposibles, pues aquello que nos aleja de lo real es lo que nos permite burlar los prejuicios y las censuras, exponiendo conceptos difícilmente descifrables en formatos más explícitos. Nuevamente el arte de la ficción auxiliando a la realidad.

La caída de la Casa Usher recoge magistralmente gran parte de los símbolos del subconsciente capaces de despertar nuestros miedos internos y ocultos más atemorizantes. Edgar Allan Poe construye sus relatos atendiendo a dichos rasgos profundos del comportamiento emocional, que están ligados a mecanismos biológicos muy antiguos, implícitos en la supervivencia, y que disparan nuestras alertas sin un aprendizaje previo, trabajando a nivel inconsciente. Ruidos, aflicción, lo extraño e inusitado, metáforas de lo desconocido, ambientes lúgubres, góticos y sombríos, la pérdida inaudita de un soporte firme que suscita inestabilidad. Elementos vinculados a una estructura humana común que va produciendo su terror en relación a las presiones que cada uno recibe en su cotidianidad. Lo que sigue es el argumento. Estén atentos a las variaciones térmicas de su piel.

Un joven caballero es invitado al viejo caserón de un amigo de la infancia, Roderick Usher, artista enfermizo y excéntrico que vive completamente recluido en compañía de su hermana, Lady Madeline, también delicada de salud. Usher vive presa de una enfermedad indefinible, lo que hace a todos temer por su vida. Todo acabará en un trágico final. 

El inicio del relato no puede ser más magnético y además la narración es tan perfecta que se puede releer tantas veces como uno quiera. Se trata del mejor relato escrito por Edgar Allan Poe. Ninguno lo supera, y si fuera así, invito al afortunado a revelarlo. Aquí yacen ocultos muchos de los misterios de la angustia del ser humano que esperan ser liberados para ampliar la conciencia y conseguir más armonía y plenitud. ¡Blum!


"Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza."

jueves, 4 de septiembre de 2014

Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón

Literatura trepidante. Desde la primera linea Ignacio Martinez de Pisón conoce el mecanismo para volcarte en la historia e introducirte en una época que rebosa personales ilustres, hechos históricos y memoria colectiva.

Dos jóvenes universitarios, José Robles y el norteamericano John Dos Passos, se conocen en un vagón de tren de tercera clase que se dirige a Toledo, y hablan de pintura, literatura y poesía. Al bajar del ferrocarril se van juntos a presenciar El entierro del conde Orgaz del Greco. Entre ellos surge una noble amistad en la que comparten aficiones de viaje, inquietudes culturales y simpatía por los idiomas. Años después Pepe Robles será quien traduzca al castellano Manhattan Transfer de John Dos Passos. Pero tiempo después, instalado en EEUU, decide regresar a España para ponerse al servicio del gobierno republicano. Los servicios secretos soviéticos le detienen y desaparece, dejando una incógnita penosa. Su amigo, John Dos Passos, regresa a España para colaborar en un documental de propaganda republicana, titulada Tierra de España y se entera de su asesinato. Empeñado en averiguar la verdad, choca contra una tupida conspiración de silencio y mentiras, que acabará determinando su evolución ideológica y provocando una ruptura de su vieja amistad con Hemingway. 

Enterrar a los muertos es un producto literario muy exigente que combina la documentación rigurosa y la recreación biográfica, de una muerte que representa la insensatez de la guerra y la  vileza que supone justificar los medios para llegar a un fin que es siempre dudoso. Ignacio Martinez de Pisón pinta con palabras ágiles y precisas, como lo hizo el Greco con su pincel y su técnica cromática, un hecho que está hinchado de ricos detalles y que conforman el cosmos de nuestra guerra civil española, y por lo tanto de nuestra historia colectiva. Su narrativa es excepcional. He querido percatarme de su talento literario, antes de introducirme en su última y más contemporánea obra, que intuyo será un acierto. Volveremos a tenerle en este blog tan huracanado. ¡Blum!

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas

No leo a Enrique Vila-Matas para comprender la trastienda cerebral de un hombre sabio de mi país, aunque éste enfoque también resultaría interesante. Leo a Enrique Vila-Matas porque su literatura se encuentra en una dimensión absolutamente desconocida en la escritura, y porque su tono y su elegancia me hacen sentirme vivo y me permiten sobrevolar cualquier plano de esta incierta realidad, con entusiasmo y plenitud. Su mentira me envuelve y me sube a lomos de un dragón honorable que recorre ríos curvilíneos para guardar tesoros subterráneos mientras atrás, denostados, dejamos la niebla húmeda y plúmbea. 

Kassel no invita a la lógica es un impulso hacia un mundo más personal y onírico, a modo de brisa sutil que ejerce de pretexto para el cambio, de movimiento y de tránsito, que devuelve al ser humano a un estado de gran entusiasmo para iniciar ese viaje sin rumbo, como el barco ebrio de Rimbaud que emprende el extravío en un viaje sin fin. 

Vila-Matas nos recuerda que "en lo más recóndito de nuestras cabezas está una enorme trastienda cerebral, feroz, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos" y que por eso inventamos la Razón, para contraponerla al gran embrollo del vacío general, tan letal.

"Disculpas por Descartes"

Su literatura posee tal fuerza de contagio, que al terminar de leer su enigmática quimera, deja una luminosa e inmensa estela de referencias literarias, escritores y obras artísticas, arrojados como astros para estimular el próximo rumbo: vivir lo más cerca posible de su metaliteratura. Su obsesión literaria es arte en sí. Ahora, va a ser imposible renunciar a Kassel. Ahora, me siento obligado a leer a Williams Gaddis. Gracias V-M. Eres admirable. Te deseo el Premio Nobel de Literatura y que saques otra obra en cuanto puedas. ¡Wyatt!

"El arte es lo que nos sucede."