HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

domingo, 26 de febrero de 2012

Los nombres, de Don Delillo

James Axton es un escritor de poca monta y analista de riesgos que descubre una cadena de asesinatos cometidos por una secta llamada "Los nombres". Las muertes se producen mediante un culto desconcertante de asesinato ritual. Mueren en lugares cuyas iniciales corresponden al de sus víctimas. Tal y como dice uno de los asesinos:

“Abecedario. Esto es lo que somos. Los alumnos del alfabeto. Los principiantes.”

Los personajes de Los nombres parecen estar sepultados en el lenguaje. Sus conversaciones parecen intercambios ritualizados en lugar de un habla real. Uno tiene la sensación de presenciar una narrativa en movimiento, furiosa. Los miembros del culto están cometiendo sus asesinatos, no tanto para acabar con las personas sino para deshacerse de la lengua y lo que representa. Están matando el alfabeto.

Al examinar la compleja actividad de "Los nombres" vemos de cuantas formas Delillo es capaz de diseccionar y celebrar las estructuras de la mente, donde el lenguaje representa la última expresión (contundente).

“La mentira es más profunda en griego de lo que hubiera sido en inglés.”

Una obra policromada, original y reflexiva, que le permite al autor explorar diversos nudos y temáticas como el análisis de todos los estados de conciencia del erotismo con el turismo, a partir de la idea como América fue concebida por el resto del mundo frente a la idea de cómo el resto del mundo ha sido concebido por los americanos, desde la mística al fanatismo.

Una novela de intriga, que nos otorga el privilegio de movernos por diferentes lugares, pisarlos, mirarlos y sentirlos. Si la leen, serán afortunados y sabrán lo que digo cuando llegen al desierto y absorban toda la luz que contienen las potentes frases de uno de nuestros genios vivos de la literatura. En sus letras hay filo.

Ahora mi deseo es que reciba cuanto antes el Premio Nobel de Literatura. Puede que este año 2012, porque todo lo que él escribe genera en mi una necesidad de leerlo, por principios de sentido y de orden. Don Delillo, Philip Roth, Cormac McCarthy, Thomas Pynchon. Los hacedores complacientes del tifón literario.

jueves, 26 de enero de 2012

Diario de invierno, de Paul Auster

Lo compré en Amazon por 10,44 euros y lo descargé en la Samsung Galaxy Tab de 7 pulgadas para poderlo leer con la máxima rapidez. Dentro de cuatro días (1 de febrero) cualquier lector la podrá comprar en papel. En mi caso yo sentí una prisa más capital. Invisible me dejó un buen recuerdo y tal vez este año algo parecido podría volverse a repetir. Qué craso error. La lectura no ha ido nada bien. Primero porque se trata de una malograda probatina experimental, de insípida literatura invernal y segundo porque este formato electrónico no lo puedo colocar junto a las demás obras de Paul Auster que ordeno meticulosamente en mi librería de opulentos y truncados por igual. Así que la literatura portátil me ha empezado a incomodar. Tengo la sensación tener entre manos un libro fantasma. ¿De qué forma lo tengo que guardar? Consumo las ideas del autor, capto sus giros y reflexiones, planeo en sus memorias rasgadas, ¿pero el libro donde está? No llego a sentirlo en su totalidad. Paso las páginas rozando la táctil pantalla pero pierdo siempre el grosor. Necesito la tapa de compuerta y pasadizo, el papel inerte servicial, manchado de esa tinta intencional, ese objeto cerrado, indolente, que puedo mirar en su estante y pensar: Uno más.

Diario de invierno es el frío y baldío soliloquio de Paul Auster hacia Paul Auster, escrito a puño y letra, y transcrito al ritmo de su imperecedera Olympia que compró en Francia en 1974 en un mercado de segunda mano. Una obra apagada. Un diario para los incondicionales de Paul Auster que deseen saber más detalles de los vapores biográficos de este mediático autor que publica una obra por año. Su escritura tengo que decir que seduce. Es sincera. Hay alma en sus letras. No se puede negar. Pero cierras el libro y tan sólo queda un recuerdo gris. El recuerdo de un hombre que ha llegado a los sesenta y cuatro años y empieza a temerle a la muerte, a la inevitable cuenta atrás. Su diario de invierno es una suerte de salvación, un rescate de vivencias y sucesos remotos que extienden la huella de su existir, olvidando su ficción, hacia una toma de consciencia en la que se arroja a la cara cada cosa que hizo, bien o mal, como la hizo y su soledad.

Puede que el día de mañana para cerrar por completo el círculo de esta lectura compre la novela de papel en un mercado de segunda mano gracias a alguien que la deje escapar. Y sin más, finalizo esta reseña con la única frase que puedo rescatar de este diario inclemente que me ha dejado hibernal. Es resto para mi es silencio.

“Todos somos extraños para nosotros mismos, y si tenemos alguna sensación de quienes somos, es sólo porque vivimos dentro de la mirada de los demás.”


domingo, 16 de octubre de 2011

Knockemstiff, de Donald Ray Pollock

Este tipo de literatura es vital para recuperar la escurridiza confianza en la literatura, que en muchas ocasiones solemos perder, cuando al entrar en la librería somos importunados desde las zonas más visibles de los estantes, por narrativas grasientas, convencionales y de estructura naïf. El peso en la conciencia de tanta literatura pedestre suscita fatiga en nuestra certidumbre lectora y pocas ganas de dejarse atrapar.

Pero por suerte, existe la editorial Libros del Silencio y un escritor valiente llamado Donal Ray Pollock que moduló su lenguaje para crear Knockemstiff, una obra sobresaliente, brutal. Escrita con humor y transparencia, pese a que sus personajes son de una tristeza atroz, consumados en una hondonada, un agujero negro del que sus habitantes sienten que es imposible escapar.

La obra está compuesta por dieciocho relatos. El Hoyo de la Dinamita, Pildoras y Hondonada te forjan unas imágenes en la mente de una potencia admirable. La traducción de Javier Calvo es todo un lujo que consigue transmitir toda la fuerza emanada de las ficciones de Ray Pollock para tratar la sordidez, la violencia y la soledad de Knockemstiff, ese reducto irresoluto de Ohio, EEUU, un estado que vio nacer a inventores y pioneros como Neil Armstrong, los hermanos Wright o Thomas Edison.

Si escogen este explosivo, tengan cuidado con el prólogo de Kiko Amat. Es realmente bueno, por eso mismo les recomiendo que lo lean al final y que entren, por lo tanto, a bocajarro en el mundo de Pollock. Sin chaleco salvavidas, sin billete de regreso. Su lectura les deslumbrará y les oxigenará de fresca literatura. Knockemstiff es una medicina contra la trivialidad.

jueves, 25 de agosto de 2011

La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon

He flipado, jajaja. Esta obra te nutre la mente de escenas y personajes reactivos y genuinos. Pynchon es libertad literaria, genialidad, creatividad y surrealismo hilarante. Está repleta de color, de relieve, pero sobre todo de movimiento. Es una micro-novela de tránsito donde fluye sin temor el alma de Pynchon. Literatura hacia la entropía que en su final te deja literalmente suspendido en el abismo y al lanzar la vista atrás tan sólo te queda reírte a carcajada limpia y pensar —¿Qué has hecho conmigo, Pynchon? Me has transportado a noventa lugares, me has hecho saltar siete, ocho, nueve veces en el tiempo (ya ni sé), he sentido cuarenta y nueve mil sensaciones dispares. ¿Por qué lo dejas aquí? Dale más vida a tu paranoia y déjanos escuchar a Loren Pardillo hasta saber que hay en ese intrigante lote 49. Ponnos sobre otra pista más que no nos lleve más que al deleitoso absurdo del entretenimiento y la fascinación. Tu universo es adictivo. Eres el James Joyce de la literatura contemporánea. Un Huracán en papel vivo. El ejemplo de que la literatura es talento, aprendizaje permanente y disposición hacia la libertad. Wah-wah ¡Que bien suena tu trompeta, cabronazo! Jajaja. Me siento un privilegiado por poderlo disfrutar—.

¿Me permite preguntarle si ha venido a pujar, señora Mass?
—No —dijo Edipa—. Solamente a meterme donde no me llaman.



martes, 23 de agosto de 2011

La peste, de Albert Camus

Cuando entré al museo de los Premios Nobel en Estocolmo observé en una de sus vitrinas el libro de Camus acompañado de una foto en la que se le podía ver junto al laureado Jean-Paul Sartre, y supe que en algún momento remoto de mi vida me arrojaría a su famosa literatura y sentiría el peso de su adjurado existencialismo.

Ahora puedo decir que así ha sido. Ese momento ha llegado y se ha producido de una manera suave y en total sincronicidad, como si ambos nos necesitáramos, libro y lector. Curiosamente, sin yo saberlo, los sucesos de la novela acontecen en la mitad del mes de agosto. Encajando en este punto insólito del tiempo. Harto de calor. Llevaba unas semanas que no me apetecía leer nada. Quería leer muchas obras pero me costaba acercarme. Una barrera ficticia me lo impedía. Sin embargo, al repasar una por una las novelas sin leer de mis estanterías, La peste de Camus me cauterizó la herida. La lectura me cautivó desde el primer párrafo. Su literatura poética te impele a leer a un ritmo insistente, inmerso en una marea agitada de un océano afligido, abismado en una danza hacia la ciudad mortal donde hierve la fiebre de la peste.

[...] y a veces, a la hora del crepúsculo, que en esta época llegaba ya más pronto, las calles estaban desiertas y sólo el viento lanzaba por ellas su lamento continuo. Del mar, revuelto y siempre invisible, subía olor de algas y de sal. La ciudad desierta, flanqueada por el polvo, saturada de olores marinos, traspasada por los gritos del viento, gemía como una isla desdichada.

Su escritura posee una estética sinuosa. Pulcra. Tanto, que puedes llegar a sentir la necesidad de releer párrafos e incluso páginas enteras. Leerle es todo un placer. Es una fuga. Una libertad. Tomas conciencia de manera inmediata de la relevancia de su nombre. Y cada reglón que ya has leído es como si se perdiera un filamento de oro de esta joya de la literatura del siglo XX.

La peste es la alegoría del absurdo, del egoísmo y de la hipocresía. Cualquiera que lo lea en estos convulsos tiempos en los que nos encontramos, verá representada la irracionalidad de nuestro sistema social, y a la vez entenderá la importancia de la libertad individual, la solidaridad y el compromiso, valores enemistados contra la indiferencia, la autoridad o cualquier dictadura que asome su apestoso hocico. La peste descubre las claves que le permiten al hombre huir de todo sufrimiento. Mantiene una lúcida cadencia con el movimiento ateo y la filosofía anarquista versionando en grado frágil parte de la atmósfera de El proceso de Kafka. Camus aboga por una nueva moral basada en la honradez y el amor. Y les puedo decir que funciona. Sólo tienen que ver en acción a Rieux, Tarrou, Rambert y Grand. Es muy sencillo. Intuyo que los que la leyeron aún disfrutan de los efectos de este admirable Huracán en papel, y en parte es por esto, que la sociedad no se ha ido ya al mismísimo carajo.

En tiempos de peste, prohibido escupir a los gatos.


El Saint James Infirmary de Londres fue el hospital de leprosos más famoso, y es citado en esta obra.

martes, 14 de junio de 2011

Solar, de Ian McEwan

Lo dije hace unos meses en TwitterEcho de menos a Ian McEwan.Sentía la necesidad de sumergirme una vez más en su sofisticada y sutil literatura. Aún resuenan en mis abiertos pulmones aquellos vibrantes guijarros del duelo de Chesil Beach. Guijarros que me transmitieron la belleza y la urgencia de la comunicación. Han pasado ya tres vertiginosos años. Tres ciclos de contienda, libertad y literatura. Tres vueltas de la Tierra alrededor del Sol. Tres. Tres maravillosas vueltas. Tiempo que Ian McEwan ha destinado para declararle pleitesía al Astro Rey, en esta refulgente obra que el lector va ha poder disfrutar ahora que en nuestra vieja Europa está cubierta por la caleidoscópica primavera. No sé si les ocurrirá igual, no sé si cada libro posee oculto un propósito que detona en su voluntad, no lo sé pero a mi esta novela me ha expulsado fuera de casa. Me arrojó a la Ribera Fresca del Ebro, para que leyera a pocos metros de mi refugio-laboratorio, sobre la cariñosa hierba, y sobre bancos inertes que recogen nuestros cuerpos de marfil frente a las místicas aguas teñidas por lejanas tormentas de tránsito, y rocas bondadosas que yacen enamoradas de un esférico cielo que no deja de cambiar. Entre lo impertérrito y lo veleidoso, cada página entró por mis ojos salpicada de energía solar. Cada palabra emitió su destello, la tinta adquirió un brillo muy especial. Yo, Tránsito Blum, águila cósmica en la batalla, abrí las alas a su literatura y sus corrientes metaficticias me transportaron hacia un alto estrato de catarsis, de pasión y de fulgor por esta vida que aquí gastamos. Pasé mis manos una y otra vez acariciando las hojas como si al sol pudiera fundirme con las huellas de mi piel. Y fui solar. Sigo solar, y me declaro eternamente solar. He sentido esta misma sensación leyendo a David Eggers en los Guardianes de la intimidad o a Thomas Pynchon con su narrativa underground. Sus lecturas me han hecho sentirme solar. Solar. ¡Oh, grillos!, que palabra tán cósmica y potente, tan atractiva y catártica. Yo soy solar. Y tú, tu también eres solar. Todos somos un efecto foto-eléctrico, la combinación Einstein-Beard, el desenlace de las interacciones entre luz y materia, desplegada en una sucesión de pasos lógicos que nadie debería ignorar.

Esta obra salpica luz. En cuanto tenga la más mínima oportunidad pondré mi cuerpo desnudo frente al mar y dejaré a las olas que besen mis pies, en esas orillas de sal y burbujas de mar, en ese fresco manto azul empañado de sol. En ese manto fresco azul que lo empaña todo de amor, sin olvidar la crema solar en las sublimes horas de picor. ¡Larga vida al Sol!

lunes, 6 de junio de 2011

Vicio propio, de Thomas Pynchon

La última obra de Thomas Pynchon. Posiblemente, el mejor escritor vivo del Planeta Tierra. Su alma anarquista y su escritura más allá de la frontera convierten sus letras en un tránsito de conciencia. Así que con ese temblor me dirigí hacia su encuentro y al entrar en la librería todo la que la rodeaba quedó emborronado en la nada y lo invisible, y ahora puedo entender que si alguien me vió cogerla, tuvo que notar como mi mano y mi brazo se adelantaban a mi cuerpo con una inercia acentuadamente presurosa. Los mensajes que contienen sus obras son los bosquejos de un gurú. Emiten luz sobre un fondo negro. Se trata de un mente preclara. De un escritor enigmático trazando una Nueva Ruta en esa ficción que se hace más real que la propia realidad. Y resguardado en mis silencios, en esos ratos de tiempo muerto, pero vivo para la literatura, me zambullí en la atmósfera sesentera de Los Ángeles y conocí al sabio Doc Sportello. La experiencia ha sido... chachi. Muy chachi. Super chachi. Un vicio chachi.