HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sobre los acantilados de mármol, de Ernst Jünger

Hará un año que anoté en mi Libreta Dorada la referencia de este libro visionario y profético. Hoy le toca el turno a un sueño revelador y por desgracia fatídico, de muy rápida lectura. El escritor alemán, Ernst Jünger, escribió este libro en 1939. Supuso la acusación más clara y contundente contra la tiranía que en aquel momento reinaba en muchos países de Europa, no sólo en Alemania. Sus lectores intuyeron que se trataba sin duda de algo más que un mero relato. Tenían ante sí, la declaración de un presagio. Un augurio funesto. En 1945 no pudieron dar crédito a sus ojos. Jünger se adelantó seis años a la historia, narrando con detalle meticuloso todo lo que acontecería en la Gran Guerra, incluida la bomba atómica de Hiroshima. Y todo ello a través de este relato mítico y simbólico, clavado con letras en hojas de papel.

La narración arranca rememorando y describiendo como era la vida en la Gran Marina, un antiguo y civilizado país situado junto a las aguas de un lago, una tierra rica, generosa, cuyos habitantes se dedican al cultivo del trigo y la vid. La religión dominante es el culto a los antepasados, y la vida social, política, jurídica, se rige por un orden tradicional. La belleza, el derecho y la alegría de vivir se funden en una unidad armoniosa. Al norte de la Marina se hallan los acantilados de mármol, que la separan de un paisaje distinto, la Campaña. Allí habitan los pastores, dedicados a la cría del ganado. Practican una religión bárbara, son salvajes e indómitos, pero también poseen la virtud de la hospitalidad y un sentido instintivo de lo justo. Donde acaban los pastos comienzan los bosques, lugares incultos y oscuros donde vive gente sanguinaria y enemiga de la libertad y la dignidad humanas, a las órdenes del Guardabosque Mayor.

Al borde de los acantilados de mármol, en lo alto de una colina, está la Ermita de las Rudas, una casa retirada en la que dos hermanos, el narrador y su hermano Otón, se dedican a sus estudios de «botánica teológica». Desean escribir un tratado sobre la pequeña flora de Marina. Dentro de la Ermita poseen una Biblioteca dedicada a las azucenas. Y con ellos conviven, Erio, hijo del narrador y de Silvia, a quien conoció cuando era soldado y que más tarde se escaparía con un pueblo extranjero; y Lampusa, su abuela materna. La Ermita está poblada por un gran número de víboras lanceoladas que no hacen daño a sus habitantes. Desde su casa los dos hermanos divisan, al otro lado de las aguas, las montañas de Alta Plana, donde habita un pueblo montaraz amante de su libertad. Años antes se había librado una guerra, que luego se perdió, contra los hombres libres de Alta Plana. Los dos hermanos participaron en ella con las tropas llamadas Jinete de Púrpura. Al terminar la guerra renunciaron a las armas y se retiraron a la Ermita.

Un día mientras los hermanos buscan una peculiar orquídea (Cephalanthera rubra) a la que apodarán «Pajarito Colorado de los Bosques», descubren la Barraca de los Desolladores, lugar al que los violentos habitantes de los bosques, bajo las órdenes del Guardabosque Mayor, arrastran y descuartizan a sus víctimas.

Sobre los acantilados de mármol es la historia del nihilismo y la destrucción. En su lectura se distingue una evidente intención política que los lectores de todo el mundo advirtieron ipso facto. Aun así, su autor declaró que no era un texto tendencioso. El Guardabosque Mayor podía ser igualmente Stalin. En plena catástrofe su sueño captó el futuro, incluso en sus pormenores, con más precisión que cuando se hicieron realidad en la vivencia directa. La pareja de hermanos, Ernst Jünger y su hermano Friedrich Georg, se dedicaban también a la misma especie de «botánica teológica» en la realidad, que es la misma a la que se entregan los dos hermanos que aparecen en el libro. El Guardabosque Mayor fue indentificado inmediatamente con Hitler, y la ralea de los bosques con la gentuza nacionalsocialista. Biedenhorn, el cobarde y aprovechado jefe de los mercenarios de Marina, sería la representación del ejército alemán. La Orden de los mauritanos aludía a las innumerables sectas nacionalistas que contribuyeron al derrumbamiento de la República de Weimar. Detalle tras detalle que ejercen de alegorías.

Descubrirán que el relato hace también dos alusiones a la Guerra Civil Española cuando nombra Sagunto y la rebelión en Iberia. Jünger fue receptivo a todas las tiranías y despotismos implantados en Europa. Saquen ustedes sus propias conclusiones con esta frase:

“A veces, cuando soplaba el viento del oeste, teníamos un atisbo del goce de la alegría sin sombras.”

Y por último deseo destacar el personaje de Otón. Es tremendamente noble y luminoso. Aparece como una persona afable y generosa a quien le gusta calificar a los humanos de optimates. Los cuenta a todos entre la nobleza genuina de este mundo puesto que cada uno de ellos podría obsequiarnos con las dádivas más excelsas. Toma a los seres humanos como si fueran vasijas de lo maravilloso y a todos les reconoce derechos de príncipes, como a imágenes sublimes.

Analícenla ustedes. Esta pieza de la literatura es para mí una prueba más con la que poder afirmar nuevamente que la verdad habita en los sueños. La obra de Ernst Jünger respalda con vigor mis creencias. El argumento, como ustedes podrán comprobar, ofrece un rico paisaje de alusiones. Sigo, ineluctiblemente, sorprendiéndome. Ya saben que yo siempre intentaré contagiarles de mi gripe literaria. ¡Achís!

martes, 29 de septiembre de 2009

El quimérico inquilino, de Ronald Topor

Hace una semana explorando en la biblioteca las novedades editoriales me topé con la publicación en Valdemar de la primera novela del inclasificable y surrealista macabro Roland Topor. Pues bien. No podía dejar escapar este regalo del destino. La he leído y he sentido auténtico pavor. He sentido grima y claustrofobia. Desde hoy todos los ruidos que hagan mis vecinos me recordarán el sufrimiento de Trelkovsky o El quimérico inquilino. Esta es una obra diseñada para afligirse en la deformidad psicológica con una gran dosis de humor negro, lo que la convierte en su conjunto en un relato sórdido e inquietante construido con sutileza y gran juicio.

El quimérico inquilino se desarrolla en tres actos (El nuevo inquilino, Los vecinos y La antigua inquilina). La historia narra la progresiva autodestrucción psicológica y física de Trelkovsky, su protagonista, al quedar aprisionado en la espiral de la locura y sus terrores. Trelkovsky es un joven oficinista parisino correcto y discreto, que necesita mudarse y alquila un apartamento que ha quedado libre en la calle Pyrénées, por recomendación de su amigo y compañero de trabajo, Simon. Para el cambio ha de pasar por ciertas negociaciones con Zy, el propietario. Poco a poco las relaciones con los vecinos y su obsesión por el trágico suicidio de la antigua inquilina, le van sumergiendo en una pesadilla llena de extrañas visiones, una grotesca trampa que adquiere las dimensiones precisas de un angustioso apartamento.

Los personajes que van apareciendo en el transcurso de esta mudanza serán la clave de nuestra turbación. Zy, el propietario del inmueble, la arisca portera, el misterioso suicidio de Simone Choule, la antigua inquilina o incluso Stella, su amiga. Ellos generan un ambiente que te envuelve en el conflicto. Leyendo da la sensación de que has quedado atrapado en la desolación de este frío y decadente edificio.

El final inesperado constituye una obra maestra del tercer acto, un desenlace en el que el autor sugiere la terrible idea de la historia circular, del eterno retorno del tormento. Una historia de terror tan estrechamente enrollada sobre sí misma, tan fría, sigilosa y mortal como una serpiente en la cama.

Quiero recomendarles que no se pierdan la película tras leer esta macabra y obsesiva paranoia. Fue adaptada al cine con mucho acierto en 1976 por Roman Polanski. Tanto el reparto como la puesta en escena son inmejorables. Lectura y película forman un binomio muy sólido para introducirnos en las galerías del terror psicológico y reflexionar sobre los bucles a los que nos puede someter la locura. Disfrútenlas. Y atent@s en la novela al detalle del diente. Es sobrecogedor.


Nota: Este sábado, antes de finalizar la lectura, solicité por la mañana el film en la biblioteca y se les había perdido. Por la tarde, escuché casualmente en la radio que Polanski había sido detenido en Zurich (Suiza) a petición de la justicia de EEUU por un delito de violación que tuvo lugar en 1977 contra Samantha Geimer, una menor de 13 años, a la que hizo beber alcohol para abusar de ella miserablemente, en casa del actor Jack Nicholson. Samantha dijo públicamente en 2003 que le perdonaba, pero dejó claro que Polanski la violó deliberadamente. Para evitar la justicia Polanski se fugó a vivir a Francia, donde ha permanecido prófugo más de treinta años sin pagar su castigo. Ahora, a sus 76 años, se enfrenta a una extradición para ser condenado a cadena perpetua y así cerrar el círculo de su atrocidad. Estaré muy atento a esta circunferencia existencial, que tiene una estrecha relación, a mi juicio, con la tercera y última obra de su «trilogía de apartamentos». La mejor obra de Polanski, gracias a la literatura de Topor. En ella podemos observar el poder que da sobre el otro el aislamiento, el sometimiento y la deformación psicológica del individuo apresado. Samantha Geimer se me aparece como la Simone Choule de El quimérico inquilino. Lo dejo como hipótesis de un lector apasionado.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La muerte de Iván Ilich, de León Tolstói

Me ha dejado atónito. Pero lo curioso es que he sentido una angustia reparadora. Catártica. Puedo decir y digo a quemarropa que es la mejor novela rusa que he leído. Y que me perdonen Dostoievski, Biely y Chejóv, pero nuestra cultura occidental está enraizada en Tolstói, fundamentalmente. En su realismo y en su preocupación social. Me rindo a los pies de Tolstói con esta arrolladora pieza sobre la vida y la muerte. Es perfecta de principio a fin. El título atrapó indeciblemente mi curiosidad, pero cuando leí el primer párrafo, el relato secuestró todo mi tiempo elevándome a un Alto Vacío desde donde pude entender con prístina claridad la idea desvirtuada que la conciencia cotidiana tiene de la muerte. Tolstói me ha sometido a un análisis vital. He sido obligado a pensar sobre la vida, irreductiblemente. En estado puro. Aquí se destapa una máscara para que atendamos a la realidad.

La pregunta que nos acecha es la de... ¿qué significa en realidad la muerte?, ¿será decaer en las reglas, en la cotidianidad con sus normas preestablecidas? De esta forma empezamos a darnos cuenta que muere quien se abandona a sí mismo. Y seguirá muriendo hasta que no esté dispuesto a escuchar la voz que le llega de su más íntima esencia. Sólo entonces podrá entender la muerte, librándose de las cadenas cotidianas que le habían alejado de sí mismo. Iván Ilich será la victima de este alienante error existencial y nosotros, desde esa altura vouyerista que nos ofrece la Literatura de Altura captaremos los peligros que encierra perder la autenticidad. Y a su vez, notaremos que cada personaje que está vinculado a Iván Ilich según la posición que toma ante este suceso mortuorio nos permitirá entender cómo debemos resquebrajar este automatismo de la cotidianidad. Quien huye de la muerte se refugia siempre en el ámbito de lo cotidiano, de lo familiar, en los hábitos automatizados y en embalaje de las costumbres que vienen impuestas desde fuera. Es el vivo retrato de la burguesía mortecina y apalancada. Han perdido su fogosa expresión de insurgencia. La única que te devuelve a la vida y te arroja más tarde de ella. La llama.

“Señores —dijo—, ha muerto Iván Ilich.”

El argumento gira en torno a Iván Ilich, un pequeño burócrata que fue educado en su infancia con las convicciones de poder alcanzar un puesto dentro del gobierno del Imperio Zarista. Poco a poco sus ideales se van cumpliendo, pero se dará cuenta de que no ha servido de nada dicho esfuerzo; al llegar cerca de la posición que siempre ha soñado, se encontrará con el dilema de descifrar el significado de tanto sacrificio, y de valorar también el malestar reinante en el pequeño entorno familiar que se ha construido. Un día, se golpea al reparar unas cortinas y comienza a sentir un dolor que lo aqueja constantemente.

“ Todo lo que ha constituido tu vida, es mentira y engaño. Te oculta la vida y la muerte.”

La muerte de Iván Ilitch surgió de una crisis que Tolstói tuvo cuando alcanzó los cincuenta años y que superaría con un radical cambio espiritual. Esta novela de tránsito trata sobre la naturaleza occidental tanto de la vida como de la muerte. Fue aclamada en sendas ocasiones por Vladimir Nabokov y por Mahatma Gandhi como la más grande de toda la literatura rusa.

Se trata de una mirada directa a ese vacío que tanta angustia nos reporta, la muerte. Se lee cómodamente. La narración es limpia. Empieza con suceso turbador y a través de un flashback comenzamos a adentrarnos en la vida de un personaje que nos sirve de espejo. Iván Ilich es la analogía del cristo del s.XIX que busca su redención a una vida que le empieza a parecer una farsa. En todo ese proceso presenciaremos el dolor del alma más que el físico y recuperaremos emociones que nos acercan a la autenticidad. No tiene precio esta obra. Es un talismán de la literatura. Cuando la coloquen en la estantería de su librería el espíritu de Iván Ilich inundará sus casas de pureza existencial y compromiso social. Imprescindible. Más que ninguna otra novela rusa. Absorban pues esta esencia vigorizante mediante la vida muerta de Iván Ilich. Marca.

Ha terminado la muerte —se dijo a si mismo—. No existe ya. Aspiró el aire en medio del suspiro, se estiró y murió.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Petersburgo, de Adrei Biely

En una entrevista que le hicieron a Nabokov en un plató de televisión, nombró por sorpresa las cuatro obras maestras de la prosa del siglo. Y dijo:

"Son, por este orden, Ulysses de Joyce; La metamorfosis de Kafka; Petersburgo de Andréi Biely, y la primera mitad del cuento de hadas de Proust En busca del tiempo perdido".

A partir de ese momento todo un ejército convulso de amantes de la Literatura de Altura se lanzó sobre Petersburgo. Se trataba de una pieza de gran complejidad, inclasificable. Un capricho para el análisis literario y un regalo más para nuestra lectura apasionada.

Así que yo también, denodado, me arrojé a esas calles de Petersburgo. Y lo hice mientras disfrutaba de las hidrotermales aguas del balneario de Vallfogona de Riucorb, en el fortificado Hotel Regina & Spa, sumido en el más absoluto relax sensitivo. Petersburgo, la ciudad, se me presentó como un espacio geométrico cerrado, configurado entre la Perspectiva Nevski (la calle más destacada) y el Neva, entre las callejuelas grises y los palacios rojizos, bermellón, y el verde grisáceo del mar, igual que si fuera un ser vivo, pensante y perceptivo. Dentro de la caótica urbe los personajes eran mostrados como títeres atormentados y grotescos, acosados por misteriosos fantasmas más corpóreos que ellos mismos: el Jinete de Bronce (la estatua de Pedro I, símbolo del poder paternalista y opresor, concebido como alma de la ciudad y del poder de Pushkin), el Holandés Errante, que es el río Neva, con su puerto o el busto de Kant. Un desfile que se fue densificando, transformándose, mediante el extraordinario uso de la sintaxis, y merced a la significación otorgada a ciertos símbolos eximios y eminentes de potente resonancia conceptual.

“Cuando el tren te aproxima a Petersburgo, al despertar, tras la ventanilla ves la desolación: ni un alma, ni una aldea, la misma tierra es un cadáver.”

La novela, sin intención de extenderse, narra las andanzas de un joven revolucionario, Nikolai Apolónovich, que recibe la orden de asesinar a su propio padre, el senador zarista Apolón Apolónovich, colocándole una bomba en su estudio, dentro de una lata de sardinas. Contiene un leit motiv sencillo y conciso. Aún así, descubrirán que la ciudad es el verdadero protagonista de la novela. La acción se desarrolla aproximadamente en veinticuatro horas, tiempo suficiente para sacar los grandes temas. El té aparece constantemente en la obra cómo símbolo de exotismo y reflexión. La escalera tenebrosa, amenazante y húmeda. La calle rectilínea. Las tijeras. Las grullas. El desván. El huésped. Pero sobre todo... la maldita lata de sardinas.

“Rusia es una llanura helada; por ella vagan los lobos [...] la sociedad de las cochinillas de humedad.”

Petersburgo posee una autenticidad irrepetible. Es una obra mística, moderna y evocada hacia el tránsito, hacia una autonomía traslúcida de nuevos mundos espirituales. Andrei Biely, escritor, poeta y crítico literario, elaboró con su eléctrico lenguaje nuevas dimensiones de pensamiento que hoy nos transmiten una fuerte vibración intelectual y una bulliciosa luminosidad cognitiva. Inscrita dentro del movimiento simbolista ruso es considerada, casi por unanimidad, el Ulysses petersburgués, en su intento por abarcar la vida cotidiana de una ciudad entera y por sus experimentos con el lenguaje. Se publicó hacia 1914, por entregas, en la revista Sirin, un poco antes de la Revolución Rusa. El contexto histórico estuvo marcado por la necesidad de ruptura con los valores tradicionales y cristianos, por sus dogmas vacíos e insignificantes para el hombre moderno que atesoraba otro tipo de sensaciones sobre la existencia. Petersburgo esta considerada como la obra maestra de su autor. Nabokov dijo que Andrei Biely fue el autor del siglo XX más importante de su lengua. Todo un piropo tratándose del Siglo de Oro de la literatura. Y por lo tanto una de las novelas fundamentales de la literatura contemporánea que por supuesto no se me podía escapar.

“Desde aquel día grávido en que hasta aquí llegó al galope el jinete de metal, desde el día que subió el caballo a la roca de granito finlandés, Rusia se partió en dos: también los destinos de la patria se partieron en dos; dos partes se hizo Rusia, para sufrir y llorar hasta el último instante.”


Las obras de Biely estuvieron prohibidas en la Unión Soviética entre 1940 y 1965. Su individualismo místico era muy molesto para el Estado. La literatura tiene ese jugoso poder para liberar mentes. Aquí lo sabemos desde hace mucho tiempo. De todas formas, la censura no consiguió del todo salirse con la suya, su escritura caló hondo en muchos otros. Algunos de los escritores sobre los que ejerció una mayor influencia fueron Yuri Olesha, Borís Pasternak y Vladimir Nabokov. Mentes soberbias que le hicieron la guerra a las tinieblas y a la decadencia. Sus armas: la lucidez. Su deseo: el tránsito.

“¡Levántate, Sol!”

lunes, 7 de septiembre de 2009

Hamlet, de William Shakespeare

Asombroso. Tiene una fuerza colosal. He querido que esta lectura fuera lenta, pausada, meditada. Si perdiera la vista y no pudiera leer más, me sentiría reconfortado al menos por haber podido disfrutar de esta soberbia y lúcida pieza de la literatura. Hamlet representa la anatomía de la ambigüedad. Es el personaje más enigmático de la literatura, dueño de uno de los intelectos más poderosos y sobrehumanos que existen. Entrar y experimentar el conflicto profundo de esta obra universal se convierte en un descenso catártico al mundo de las tragedias convulsas y purificadoras. La muerte, esa forma final del cambio, ese tránsito irrevocable, es la preocupación palmaria de este drama sangriento. Hamlet es el embajador de la muerte, sumamente implicado en esta región ignota que nos recordará lo que nos es desconocido o el deseo de renacimiento. Nos enseña la naturaleza de morir. Literatura sabia. Nos contiene a nosotros, siempre llega antes que nosotros y siempre nos espera en algún sitio por delante. Hamlet es titánico y su efecto en la palabra, descomunal. Un huracán de sabios pensamientos, un huracán literario convertido en papel.

“Quien sabe lo que habrá después de la muerte [...] ”

El objeto de la obra es la calavera. El fin de Hamlet consistirá en desenmascarar al asesino incestuoso que mató a su padre y se casó a los dos meses con la adultera bestia de su madre. Su tío. La obra se convierte en una ficción real, en un metateatro que enciende nuestra mirada con ojos refulgentes, que enciende nuestra mente para revisar con furia cada movimiento, cada gesto, cada ilusión y cada palabra que brotan de la evolución de estos hechos que trascienden a nuestra propia vida. La acción corresponde a la palabra y la palabra a la acción. Lo poético está integrado adecuadamente en lo dramático con sutileza y una emoción calculada, silente.

Algo huele a podrido en Dinamarca.

El fenómeno de Hamlet, de este príncipe fuera de la obra, no ha sido superado en la literatura imaginativa de Occidente. Don Quijote y Sancho Panza, Falstaff y tal vez Mr. Pickwik se acercan a la carrera de Hamlet en cuanto invenciones literarias que se han convertido en mitos independientes. Su personalidad está unida en trascendencia al rey bíblico David. El carisma y un aura sobrenatural, rodea su figura. Su eminencia no ha sido disputada nunca, por nadie. ¿Supo Shakespeare todo lo que había volcado en el príncipe Hamlet?

Uno puede sonreír, y sonreír, y ser un villano.

Él representa a un intelectual universitario de una Nueva Era. Dos Hamlets se confrontan, sin nada en común salvo el nombre. Cuando aparece el Espectro de su padre asistimos al encuentro de la Edad Antigua enfrentada al Alto Renacimiento con consecuencias tan extrañas como podamos esperar. Hamlet es consciente de que se le ha asignado una tarea completamente inapropiada para él. Se debate entre dos vías: hacer oídos sordos al destino o luchar para recuperar toda su dignidad y honor real, que su tío Claudio le ha usurpado.

La conciencia nos hace cobardes.

La obra es enorme. Sin cortes. Tiene cerca de cuatro mil versos, y rara vez se representa en su forma más o menos completa. T.S. Eliot dijo que Hamlet era ciertamente un fracaso artístico que parece responder a la desproporción entre el príncipe y la obra porque aparece como una conciencia demasiada inmensa para Hamlet. Sobrehumana. Y no le falta razón para afirmar que en una tragedia de venganza no da bastante espacio para la cimera representación occidental de un intelectual. Hamlet es apenas la tragedia de venganza que sólo finge ser. Es el teatro del mundo como La divina comedia, El paraíso perdido, Fausto, Ulises o En busca del tiempo perdido.

Nuestra efímera vida está rodeada de un sueño.

Aquí, lo más escénico, es la toma de decisiones que comparte con nosotros, y reproducida de manera visible. Lo hace incluso más escénico que espiar tras las puertas, dar golpes o batirse en duelo. Hamlet es la obra predilecta de todos los tiempos y de todos los pueblos. Aquí somos testigos de potentes revelaciones. Dejo algunas de ellas, que tan sólo son la punta de este trágico iceberg.

La brevedad es el alma del ingenio.
El viejo es dos veces niño.
Permita que su discreción sea su tutor; ajuste la acción a la palabra, y la palabra a la acción.
Aunque seas tan casto como el hielo y tan puro como la nieve no escaparás a la calumnia.
Todo lo que nace debe morir, pasando por la naturaleza hacia la eternidad.
Sabemos lo que somos, más no sabemos lo que podemos ser.
El mundo está desquiciado, ¡vaya faena haber nacido yo para tener que arreglarlo!
Presta el oído a todos y a pocos la voz; recibe la censura de todos pero resérvate tu juicio.
Sé fiel a ti mismo, y a eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser entonces falso para nadie.
Cuantas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo.

El círculo se cerrará con una Justicia trágica. Hamlet acaba por matar al rey como el rey quería matarlo a él, con el sable envenenado y bebiendo de la copa de la que murió también la reina. Todos los lazos y tramas acaban en muerte. Laertes, Ofelia, el rey, la reina y Hamlet. Muerte, muerte, y más muerte... para suscitar nuestro tránsito. La estética, las metáforas y el contenido les hará enamorarse en cada acto del Reino de las letras, del Reino de la Sabiduría. Adéntrense pues. Esta obra, durante el tiempo que la lean les moverá las pasiones y les mostrará una estimulante guía. Recuerden que fue escrita para ser representada en un teatro. Es allí donde más la disfrutarán. Y donde con más fuerza recibirán la energía que contiene esta obra universal de la literatura. Disfruten del vuelo.


El resto es silencio.

lunes, 24 de agosto de 2009

El rey Lear, de William Shakespeare

Si quiero leer tengo que elegir, puesto que literalmente no hay tiempo suficiente para leerlo todo, aun cuando no hiciera otra cosa en todo el día. Y de esta imposibilidad surge mi interés por llegar a obras que contengan el Canon literario. Podría acceder a obras que condensen mayor carga de sabiduría y belleza. Auden señaló una vez que reseñar malos libros era malo para el carácter. Pero cuidado. Leer a los mejores escritores no nos convertirá en mejores ciudadanos. Como decía Oscar Wilde, el arte es absolutamente inútil. Fíjense en la magnitud whitmaniana de los discursos de Obama y sus efectos a corto plazo en la sociedad. Producen un goce instantáneo y al poco tiempo se esfuman. Lividecen. Pues bien. De la misma manera existen obras en la literatura que poseen un determinado grado de contagio en nuestra cultura. Goethe y Milton, en este tiempo, han palidecido a causa del cambio cultural. Incluso Whitman, descendiente indirecto de Montaigne, que goza de populismo en la superficie pero que es hermético en su núcleo y esotérico, forjó un Canon más local, el de la literatura norteamericana. Son autores robustos, pero si nuestro deseo consiste en abordar el centro, descubrir el Canon occidental y poder sentir la energía intelectual que atesora el elixir de nuestra misteriosa cultura universal en un día como hoy... no lo duden y dirijan su atención hacia Shakespeare. Él es la apoteosis de la libertad y originalidad estéticas. Nos enseñó la ambivalencia, el narcisismo y el cisma del yo. En sus textos arroja furia y extrañeza. Solo un puñado de escritores occidentales poseen un verdadero carácter universal y ostentan con radiante luminosidad el estandarte del Canon. Junto a Shakespeare le acompañan Dante, Cervantes y Tolstói. Y dejémoslo ahí.

El Canon Occidental existe precisamente con el fin de imponer límites, de establecer un patrón de medida que no es en absoluto político o moral. Ahora existe una alianza encubierta entre la cultura popular y la crítica cultural, y en nombre de esa alianza la propia cognición puede, sin duda, adquirir el estigma de lo incorrecto. La cognición no puede darse sin memoria, y el Canon es el verdadero arte de la memoria, la verdadera base del pensamiento cultural. El Canon es Platón y Shakespeare. Es la imagen del pensamiento individual, ya sea Sócrates reflexionando sobre su propia agonía o el rey Lear enloqueciendo. El Canon nunca se cerrará por completo, quedará siempre una rendija para que sea abierto por la fuerza de una inteligencia como la de Freud, Kafka, Proust, Joyce o Beckett.

Sintetizando en la línea del tiempo y para entender la fuerza del tema que hoy les presento en este Blog huracanado, les detallo un esquema interesante. Toda la literatura que en este momento posee la humanidad está recogida en cuatro eras. La Era Teocrática. La Era Aristocrática. La Era Democrática y la Era Caótica (la nuestra). El universalismo aristocrático de Dante centró el Canon para otros poetas y anunció la era de los más grandes escritores occidentales, desde Petrarca a Hölderlin, pero sólo Cervantes y Shakespeare alcanzaron una completa universalidad y fueron autores populistas en la más aristocrática de las eras. Quien más se acerca a la universalidad de la Era Democrática de la literatura es el milagro imperfecto de Tolstói, al mismo tiempo aristocrático y populista. En nuestra época caótica, Joyce y Beckett son quienes más se le acercan, pero las barrocas elaboraciones del primero y los barrocos silencios del segundo, frenan su camino a la universalidad. Proust y Kafka son los que más poseen la extrañeza de Dante en sus sensibilidades. Y entre ellos se accede al Canon. De esta manera vamos adquiriendo la explicación de nuestra cultura. El testigo del pensamiento.

Tras la muerte de Skakespeare todo fue desencadenándose, era inevitable. Goethe, el más grande hombre de letras alemán y hombre universal, escribió un ensayo en 1815 sobre Shakespeare en el que intentaba reconciliar sus propias actitudes contradictorias ante el mayor poeta occidental. Goethe había comenzado idolatrando a Shakespeare, pero luego había evolucionado hacia un supuesto "clasicismo" que no acababa de encontrar a Shakespeare del todo satisfactorio, y lo había corregido realizando una versión bastante austera de Romeo y Julieta. Aún así, se rindió a sus pies y colaboró siempre en asentar la soberanía de Shakespeare en toda Alemania, por la superioridad de su genio poético y dramático. Tal vez Pushkin y Turguéniev fueron sus más atinados críticos del siglo XIX. Pero el testigo fue avanzando. Su obra no tenía parangón.

William Shakespeare escribió treinta y ocho obras de teatro, de las cuales veinticuatro de ellas son obras maestras. Su expresión no fue tan sólo el indicador de las energías sociales del Renacimiento inglés. Su obra emite un eco universal y es indicador de la psique y de las emociones de todas las razas que pueblan el planeta Tierra. Shakespeare pone en escena nuestras vidas. Sus personajes perciben y afrontan sus propias angustias y fantasías que debió captar en el Londres mercantil de su época.

La influencia de Shakespeare en nuestra Era Caótica no ha perdido vigencia, en particular sobre Joyce y Beckett. Tanto Ulises como Fin de partida son esencialmente representaciones shakespearianas. En el Renacimiento norteamericano estuvo presente en Moby Dick y en Hombres representativos de Emerson, aunque actuó con más sutileza sobre Hawthorne. Sin embargo no es esa influencia lo que hace que el Canon se centre en él. Si puede decirse de Cervantes que inventó la ironía literaria de la ambigüedad que triunfa de nuevo en Kafka, Shakespeare puede ser considerado el escritor que inventó la ironía emotiva y cognitiva de la ambivalencia tan característica de Freud. En presencia de Shakespeare se desvanece la originalidad de Freud, cosa que no le habría sorprendido a Shakespeare quien comprendía cuan sutil es la frontera que distingue la literatura del plagio. El plagio es una distinción legal, no literaria, al igual que lo sacro y lo laico constituyen una distinción política y religiosa, y ni por asomo son categorías literarias.

Shakespeare y su compañía representaron El rey Lear el mismo día que se publicó en España la primera parte de El Quijote.

Los doce personajes principales se dividen a partes iguales entre justos e injustos. La mitad son buenos, la otra mitad son malos. Todos acaban destruidos, los nobles, los innobles, los perseguidos y los que persiguen, los torturados y los torturadores. La vivisección durará hasta que el escenario quede vacío.

“Somos para los dioses lo que las moscas para los niños; nos matan para su diversión.”

El perverso Edmundo, Lear, Edgar o Gloucester se contemplan objetivamente a sí mismos en imágenes forjadas por sus propias inteligencias, y se les otorga la capacidad para verse como personajes dramáticos y artífices estéticos. De este modo se les hace libres artistas de sí mismos, lo que significa que son libres para escribirse a sí mismos, para lograr cambios en su yo. Oyendo casualmente sus propios monólogos y sopesando sus reflexiones, cambian y a continuación contemplan esa otredad del yo, o la posibilidad de ser ese otro. Dispuestos al tránsito.

El inicio es como un cuento infantil en el que hay dos hijas malas y una buena. La buena, Cordelia, morirá ahorcada en la prisión. Las hijas malas también morirán, pero antes se convertirán en adulteras, y una de ellas en asesina y envenenadora de su marido. Se rompen todos los vínculos y se derrumban todas las leyes divinas, naturales y humanas. Se desintegra por completo el orden social: el reino y la familia. No quedan ya ni rey ni súbditos, ni padres ni hijos, ni esposos ni esposas. No hay más que grandes bestias renacentistas, devorándose unas a otras como monstruos en las profundidades. Todo ha sido condensado, dibujado con trazo grueso, y los personaje apenas aparecen esbozados. La historia del mundo transcurre sin más psicología ni retórica. Es acción en estado puro.

BUFÓN: Amo, dame un huevo y te daré dos coronas.
LEAR: ¿Y cómo habrán de ser esas dos coronas?
BUFÓN: Las mitades del huevo después de que partido me coma lo de dentro. Cuando partiste tu corona y cediste ambas partes, te cargaste el burro a la espalda para cruzar el barro. [...] Ahora eres un cero sin más cifras, y yo soy más que tú; soy un bufón, y tu nada.
(Acto IV, iv)

Todos los personajes son desarraigados, expulsados de su situación social; tienen que caer hasta que alcancen la más completa de las humillaciones. Tienen que tocar fondo. La caída no es sólo una parábola filosófica, como el salto del ciego Gloucester al abismo. Shakespeare desarrolla este tema con insistencia, repitiéndolo al menos cuatro veces. La caída es al mismo tiempo física, espiritual, corporal y social.

Al principio hubo un rey, con su corte y sus ministros. Después hay cuatro mendigos que yerran por los caminos bajo violentos vientos y una intensa lluvia. El proceso de degradación es siempre el mismo. Se pierden todos los elementos distintivos de un hombre: los títulos, la posición social, incluso el nombre. Los nombres tampoco son necesarios. Uno es sólo una sombra de sí mismo; sólo un hombre. Antes de que comience la moraleja, todos tienen que quedarse desnudos. Desnudos como gusanos.

“Anoche vi durante la tormenta a un hombre así que me hizo pensar que el hombre es un gusano.”

Para que un hombre se quede desnudo, o más bien, se convierta sólo en un hombre, no basta con quitarle su nombre, su posición social, no basta con despojarle de su carácter: hay que mutilarlo y masacrarlo, moral y físicamente, hay que convertirle, como al rey Lear, en "un mero despojo de la naturaleza" y preguntarle entonces quién es. Se trata por lo tanto de un proceso de desplazamiento y mutilación del hombre, no en la obra de Shakespeare, sino en la literatura y el teatro contemporáneos.

Lear y Edmundo no intercambian ni una sola palabra en toda la obra, aún compartiendo en dos ocasiones escenario. El primero en profusamente apasionado mientras que el segundo es notablemente frío y distante. Edmundo es el límite extremo de la maldad, la primera representación absoluta de un nihilista que se permite a la literatura occidental, y aún sigue siendo la más grande. Desde este personaje han surgido más tarde los personajes nihilistas de Melvill y Dostoievski.

Tanto la naturaleza como el estado están heridos de muerte, y los tres personajes supervivientes salen en una marcha fúnebre. Lo que más importa es la mutilación de la naturaleza, y nuestra idea de que lo que es o no es natural en nuestras vidas. Tan apabullante es el efecto al final de la obra que todo parece ir en contra de sí mismo.

Y, ¿por qué la muerte de Lear nos afecta simultáneamente de un modo tan intenso y ambivalente? ¿qué le otorga ese poder de tránsito?¿es su furia y su extrañeza? Tengan por seguro que lo descubrirán ustedes mismos, gracias al más grande escritor que podremos llegar a conocer. Shakespeare nos lleva a la intemperie, a tierra extraña, al extranjero, y nos hace sentir como en casa. Su poder de asimilación y contaminación es único, y constituye un perpetuo reto a la puesta en escena y a la crítica. Él conserva la supremacía estética. El tiempo lo ha consagrado como un autor eterno, deconstructible, que puede llegar a explicar nuestra cultura.

Recuerden que las principales figuras del Siglo de Oro español como Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Fernando de Rojas y Góngora, derramaron en la literatura una completa exuberancia barroca procedente de Shakespeare y su visión romántica. La visión del abismo jamás nadie la ha superado. Un ciego podría volver a ver leyendo a Shakespeare.

La literatura, la filosofía y el pensamiento están shakespearizados. Su intelecto es el horizonte más allá del cual, en el presente, nada vemos. En Shakespeare se encuentra el verdadero psicoanálisis de Freud, porque Shakespeare es la psique convertida en literatura, es el Canon intemporal que arremete contra nuestra conciencia dormida. Nos dejó la mejor prosa y la mejor poesía de la tradición occidental, la mejor representación de los seres humanos, el papel de la memoria en la cognición, la esfera de la metáfora a la hora de sugerir nuevas posibilidades para el lenguaje. Estas excelencias particulares han hecho que nadie pueda igualarle como psicólogo, pensador o retórico. Entren en la corte del Rey Lear y sus vidas experimentarán un nuevo tránsito. Adelante, el libro les devolverá imágenes más depuradas de sus propios conflictos, de su ansiedad o de sus temores. Yo les tendré por los más valientes lectores. Adelante. Y para cerrar el círculo les aconsejo que intenten ver la adaptación de Grigori Kozintsev que realizó en 1971 con la colaboración del escritor y Premio Nobel Boris Pasternak, en Korol Lir. La película tiene el tono severo del expresionismo soviético. Ofrece una perfecta combinación de elementos visuales y sonoros que le precipitan a hacia la tragedia de El rey Lear. Entender es crecer. ¡Hasta la próxima, amantes de la literatura!

REY LEAR: Al nacer lloramos por haber venido a este gran teatro de locos.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El niño criminal, de Jean Genet

El título me atrajo como un imán. El autor era para mi desconocido. Y empecé a indagar. Y descubrí que este texto iba a formar parte de un programa de radio llamado Carte blanche [Carta blanca] donde se le concedía la palabra a un escritor francés para que, con total libertad, se dirigiese a los radioyentes. Genet presentó El niño criminal para dedicar su ternura a esos chavales sin piedad. Sin embargo, el director general de la Radiodifusión, Wladimir Porché, censuró dicha emisión y tuvo que esperar otro tipo de publicación más silenciosa, separada de la dicción propia de su autor. Una voz que las autoridades consideraron demasiado peligrosa, demasiado desafiante, quizá también demasiado insultante como para que llegase directamente a los oídos de los ciudadanos, pensando que eran inocentes de todos los cargos que los textos les imputaban. En protesta por esta intervención de la censura, Fernand Pouey dimitió en febrero de ese mismo año. Un año más tarde Paul Morihien, secretario y editor de Jean Cocteau, publicó El niño criminal.

Su literatura, notablemente autobiográfica, mitifica al delincuente en héroe. El héroe de Genet es un hombre que invierte los valores de la sociedad. Pervierte la figura del buen ladrón y lo convierte en un héroe que accede al absoluto a través del Mal. Convierte lo más sórdido en una especie de poesía. Su literatura juega con la provocación moral y mezcla lo ficticio y lo real. Witold Gombrowicz dijo de él que convertía la fealdad en belleza. En su escasa obra encontramos continuamente el retrato de una miseria lírica, en la que se imponen las historias de amor, y donde los delincuentes dejan entrever su ternura. Jean Genet, de padre desconocido y abandonado por su madre a los siete meses de nacer fue entregado a una familia de acogida. Desde pequeño tuvo conciencia de no pertenecer al mundo que se le ofrecía y comenzó muy pronto a enfrentarse a él: cometió su primer hurto con diez años y tras varios robos y fugas, fue encerrado en la colonia penitenciaria de Mettray —donde se cristalizaron sus tendencias homosexuales—.

Monaguillo de una moral inversa, cantor del mal y sacerdote de una estética exenta de domesticaciones, desde el principio fue despreciado por todos, incluso por su madre por lo que decidió convertirse en el origen de sí mismo, en su propia obra. Los hombres le habían condenado, desde el comienzo, y él se esfuerza en todas sus novelas por hacer de esa condena la más brillante de las condecoraciones.

“Hablo en la oscuridad y en el vacío, pero aunque sea tan sólo para mí, quiero otra vez insultar a los que insultan.”

Entre 1944 y 1946 escribió cuatro novelas y tres largos poemas, todos ellos fueron escritos en la cárcel. Su mejor obra Santa María de las Flores (1944) narra un viaje por el inframundo del hampa parisina. La obra alcanzó un éxito considerable entre los intelectuales. Cocteau y Satre se erigieron en sus defensores y, gracias a la intervención de los amigos del primero, lograron que Genet saliese del Camp des Tourelles en marzo de 1944. Pero su salida le desterró de su centro de creatividad, de su jardín existencialista.

En 1947 publicó su autobiografía Diario del ladrón, donde rememora sus propias andanzas como trotamundos, carterista y prostituto en los años treinta. Incluso un viaje al lado más sórdido del Barrio Chino de Barcelona, en los años anteriores a la Guerra Civil. A partir de ese año, "convertido" en ciudadano y hasta 1957 sufre una profunda crisis, que le lleva a sentirse extraviado y dislocado, alejado de sus círculos callejeros y su moral inversa.

Genet escribió El niño criminal cuando empezó a intuir los peligros que conllevaba la aceptación de sus obras por parte de la intelectualidad francesa y precisamente por ello en este texto vuelve a reivindicar, de manera tan intensa y desgarrada, su pertenencia a ese otro mundo, ése que celebra en sus anteriores obras y que le permite, gracias a la exaltación de su lirismo, seguir escribiendo. Vuelve por ello a desplazar a sus lectores con un despreciativo vosotros y se sitúa del lado de esos niños criminales a los añorará eternamente.

Aquí podremos presenciar con toda su intensidad una de las propuestas más radicalmente antisociales de la obra de Jean Genet, marcado por el rechazo y la lucha del yo, uno de los escritores más reconocidos y polémicos de la literatura francesa del siglo XX. Explorarán el mundo de las colonias penitenciarias para menores, donde se encuentran esos niños esparcidos por la elegante campiña francesa, que son recluidos en el correccional o en los llamados Reformatorios de la infancia delincuente, mientras Genet canta con la fuerza moral de su gesto de rebeldía ante la sociedad. Entenderán porqué al salir de esos lugares no regresaban nunca. Descubrirán el significado del Mal que se esconde en el corazón de esos jóvenes criminales y la Potencia de las Tinieblas. Su lirismo les llevará a un estado sobrecogedor. Yo sigo intentando asimilarlo. Les invito a que exploren su obra. Aquí se esconden una gran parte de las claves de la delincuencia.

Ninguno de vuestros funcionarios podrán ganarse a los niños y hacer que triunfen en una aventura que ellos mismos han comenzado. Nada podrá reemplazar a la seducción de aquellos que quebrantan la ley.