El progreso de la obra viene determinada por la aparición inaudita de diversos animales asociada a la desaparición de estos amigos. Un corzo, un buitre, cabras, un oso, leones, un camello, galgos, un tigre. Situaciones kafkianas que hacen replantearse a cada uno de ellos lo que les está pasando, de tal manera que nos hacen testigos de sus conflictos y su imaginario resolutivo. Constantemente se mantiene la tensión de una posible venganza por parte de "El profeta", o bien la vivencia de un sueño colectivo.
“a lo mejor los que desaparecen vuelven al mundo normal, al de verdad, porque esto, esta situación... Algo pasó allí, aquella noche, en el refugio, una fractura... a lo mejor hemos pasado a otra... a otra dimensión. ¡Yo qué sé! Y los que desaparecen vuelven al mundo normal...”
Los capítulos están titulados con los nombres de los nueve personajes. Hugo, Cova, María, Ginés, Nieves, Amparo, Ibañez, Maribel y Rafa. En el transcurso de los acontecimientos, hacen lo que les dicta la lógica pero empiezan a desconfiar de su método de salvación.
“Vamos a ver... -dice Amparo, con un gesto de irritación-. Es que a mí... a mí me da mucha rabia eso de explicarlo todo con un sueño. Es como las películas: la típica película en la que van pasando cosas, un montón de cosas, y luego, como no saben cómo acabarla... pues resulta que todo era un sueño, y ya está: a cobrar por el guión... ¡No te jode! Como si no notara una la diferencia entre estar soñando y estar despierta...”
El objetivo consiste en llegar a Villallana, la Capital. Hacia el sur. Cada vez se ven más coches parados. Estrellados. Todo el mundo ha desaparecido. No encuentran a nadie, ni si quiera muertos. Nadie. Y mientras, ellos siguen enfrentados a sus propios conflictos de conciencia. Quietud, inactividad. Peligro inminente. Llegarán a oír un lamento inarmónico formado por una infinidad de voces, un grito inarticulado y grave, sonoro y vibrante, múltiple como el que podría producir un gigantesco instrumento de metal. Un sonido que tiene el sello del dolor y la desesperación, que suena cada vez más fuerte y que se oye con más intensidad mientras ellos se acercan con las bicis, rodando hacia el horrible y quejumbroso bramido. Suena cerca. Debe de estar cerca. Al final sólo quedará uno, en un escenario apocalíptico y revelador.
Fin posee un planteamiento arriesgado muy bien presentado. Los dos primeros capítulos pueden hacer huir a más de un lector, pero si confían en el proyecto de innovación de Monteagudo y traspasan esa barrera quedarán muy satisfechos. Es un híbrido entre La carretera de McCarthy y el guion de R.E.C. El misterio va creciendo paulatinamente lo que te lleva a leerla de tirón. Las descripciones son austeras, poco literarias, destinadas más bien a profundizar en la acción. Destaco principalmente la escena de los galgos en la gasolinera y el vínculo final entre María y Ginés. La transformación en Eva y su crítica a reconocer la falta de amor son el destello que más perdura en mi memoria.
Casualmente llevé esta novela el fin de semana pasado a una casa rural en la que me junto con unos muy buenos amigos, todos los años, pero no lo toqué. Como dije no sabía ni de qué trataba. También estuvimos observando las estrellas con un telescopio y disfrutando del ambiente rural, como hacen los personajes de Monteagudo. Ahora sé que todo habría sido diferente en caso de haberla leído antes de entrar por ese pórtico soriano del siglo XVII. No duden en leerla. Sobre todo si son asiduos a la escapada rural. Los silencios se convertirán en una presencia más. Puede que palpable. Disfruten. Teman. Exploren. Nosotros no hemos desaparecido. Existimos.