HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

sábado, 26 de septiembre de 2026

La broma infinita, de David Foster Wallace

 

Como caída del cielo. La tenía latente en la recámara desde hace más de veinte años cuando la exploré por primera vez siendo un lector inexperto, impaciente y temeroso. Recuerdo cerrar ese tocho con su tapa dura y soltarla inválido pero honesto. Ahora, tras 30 años de su publicación y el discurrir de mi viaje vital en espiral volví a cruzarme con ella y al ver de nuevo a la familia Incandenza saludando desde la luminosa portada de Random House sentí que era un excelente momento para elegirla. Fue un acto natural y sencillo como los que tenía con esos libros de Elige tu aventura. Me puse a leerla con una curiosidad genuina en un día caluroso y soleado de agosto.  Las frases corrían a una velocidad vigorizante y en muy pocos minutos comencé a reír a carcajadas inmerso en el disparatado mundo de Hal Incandenza. Me atrapó hasta el tuétano y empecé a experimentar con fruición una vida ajena que se fusionó con la mía y en ese estado no-egoico me olvidé de la extensión de la novela y trascendí al portentoso talento de David Foster Wallace que cristabilizaba, con minuciosidad y pulcro detalle intelectual, hacia el devenir de la sociedad consumista americana y la condición humana contemporánea. Esta reaparición literaria se convirtió en un colorido prisma en el que analizar mi presente y descubrir todos los paralelismos que enfrentaba el personaje. Surgieron coincidencias y casualidades tan adyacentes que aumentaron el deleite de la lectura. Las hojas volaban entre mis manos. Me costaba desprenderme del libro cada vez más. Y se hizo tan real que no distinguía la ficción ni los tiempos. Al tercer día fui a comprar un forro transparente para acorazar las solapas. Brillaba. La llevé junto al mar. Sostuve sus 1208 páginas de papel entre mis manos mientras las olas arremetían contra la casa que habité en Guardamar del Segura. Sentí un laberinto monumental de digresiones, 388 notas y subnotas al pie imprescindibles, cronologías fragmentadas y una densidad filosófica que exigía un tipo de paciencia que no tuve de joven y ahora me hacían recrearme. El objeto y sujeto unidos en el gran juego de la lectura profética de David Foster Wallace. Cerrar el libro no implicaba separación. La broma continuaba, convertido en otro jester, veraneando por la costa valenciana.
 
«Crear un sendero entre necesitar el éxito y burlarse del éxito.»  

Para el lector puro, aquel que no busca en la literatura el mero adormecimiento de los sentidos sino el vértigo de la condición humana, acercarse a La broma infinita no es un acto de consumo, sino un acto de resistencia. Hoy, en este finales de septiembre de 2026, cuando se cumplen tres décadas exactas de su publicación, la novela de David Foster Wallace ha dejado de ser el artefacto posmoderno de los noventa para erigirse como el gran monolito profético de nuestro tiempo.
 
La broma infinita está escrita en fractales, a través de temas que aparecen en pequeño, se expanden, vuelven a aparecer integrando otros elementos y regresan transformados como un triángulo de Sierpinski, un fractal piramidal primitivo que sirve como clavos de escalada para mantenerse orientado en una obra tan larga y organizar el caos aparente de la experiencia moderna. 
 
Quienes nos exigimos la altura de las grandes cumbres literarias sabemos que el ascenso a la montaña de Wallace no es para los tibios. Con sus más de mil páginas y su laberíntico andamiaje, la obra ha sido históricamente objeto de un debate crítico feroz. En 1996, la influyente Michiko Kakutani en The New York Times la tildó de "escultura inacabada de Miguel Ángel", y Paul West en The Washington Post se quejó de su naturaleza "repetitiva y larga". Sin embargo, tres décadas después, el lector erudito comprende que lo que la crítica de la época percibió como grafomanía o falta de contención editorial, es en realidad la más perfecta mímesis formal de la adicción y la entropía.

Wallace no construye una novela, construye un simulacro estructural. El uso del paratexto —esas casi cuatrocientas notas al pie que obligan al lector a saltar de un lado a otro del libro— no es un mero alarde metaliterario ni un pastiche joyciano. Es una mise en abyme de la distracción. Wallace nos obliga a experimentar la fractura de la atención, la misma que sufren sus personajes, atrapados en la gravedad de sus respectivos vicios. La polifonía narrativa que salta de la Academia de Tenis de Enfield a la Casa de Acogida Ennet House, pasando por los terroristas quebequenses, opera bajo una lógica rizomática, la diegesis se niega a avanzar en línea recta porque la conciencia contemporánea ya no opera así.

Pero si la forma es un laberinto, el fondo es una profecía ineludible. La premisa central de la novela —una película, el "Entretenimiento", tan letalmente seductora que induce a sus espectadores a un estado catatónico de placer absoluto, llevándolos a la muerte por inanición— ha mutado de la ficción especulativa a la cruda realidad de 2026. Lo que Wallace imaginó como un cartucho de película, un samizdat físico, hoy lo reconocemos en los algoritmos de scroll infinito, en la dopamina digital y en la economía de la atención que ha colonizado nuestra psique. Wallace diagnosticó el divertissement pascaliano del siglo XXI antes de que este se materializara por completo.
 
Y, sin embargo, en medio de esta cínica radiografía de una sociedad anestesiada por el entretenimiento, Wallace logra lo que parecía imposible dentro del maximalismo posmoderno, trascender la ironía. Siguiendo su propio manifiesto de la Nueva Sinceridad, Wallace utiliza la ironía no como un fin, sino como un campo de batalla. Detrás de la hipérbole, el pastiche y el humor más descarnado, late una búsqueda desesperada de la conexión humana, de la gracia y de la redención. Personajes como Don Gately o el propio Hal Incandenza no son meros constructs teóricos, son tragedias griegas disfrazadas de comedia screwball, buscando un ápice de autenticidad en un mundo de hiperrealidad.

¿Por qué leer La broma infinita hoy? Porque la literatura de la inmediatez nos convierte en espectadores, la literatura de la exigencia nos devuelve la condición de seres humanos. Leer a Wallace requiere un ascetismo, sí. Exige paciencia, memoria y una disposición a perderse en los márgenes del texto. Pero la recompensa del lector puro es inigualable, encontrar, en el corazón mismo del laberinto, una de las expresiones más conmovedoras, hilarantes y devastadoras sobre lo que significa estar vivo, sufrir y, tal vez, aprender a mirar al otro.

No lean esta novela si buscan un refugio. Léanla si están dispuestos a asomarse al abismo de nuestra era, armados con la única herramienta que nos salva, la atención inquebrantable. 
 
La broma infinita no es un mero experimento formal, sino un intento desesperado y sincero de conectar con el lector en un mundo fragmentado, adicto y espiritualmente vacío. La complejidad estructural no es un fin en sí misma, sino un medio para reflejar el caos de la experiencia contemporánea y ofrecer una posibilidad de orden, significado y conexión humana. La novela es un acto de fe en la capacidad del arte para crear comunidad y comprensión mutua.
 
«El Líder Elegido por Dios de nuestra secta conducía un Rolls. En punto muerto. Nosotros lo empujábamos en marcha. El Rolls. Hice mucho músculo.»

sábado, 1 de agosto de 2026

Padres e hijos, de Iván Serguéievich Turguéniev

 

Destaco a Turgueniev por encima de Dostoievski. Esta obra es una demostración absoluta del poder de la literatura para transformar la mentalidad de millones de seres humanos e incluso cambiar los acontecimientos de la historia a través de un sólo personaje: el jóven médico nihilista Bazárov.

Bazárov emerge con una personalidad arrolladora, pues encarna al arquetipo del nihilista y del hombre nuevo de la Rusia de 1860. Su filosofía se basa en la negación absoluta del cualquier autoridad, tradición o valor que no pueda someterse al escrutinio de la razón y la ciencia empírica.

«¡Qué curiosos son estos viejos románticos! —continuó diciendo Bazárov—. Excitan su sistema nervioso hasta la irritación... y claro, pierden el equilibrio.»

La literatura rusa presentaba siempre personajes aristocráticos, liberales, obsesionados con los principios, el honor, las tradiciones inglesas y la estética. Turgueniev rompe con este molde. Su alter ego aparece como un jóven cínico, brusco, directo y sumamente arrogante, que posee una inteligencia magnética, pragmática y resolutiva. Atrapa al lector sin remedio. Su prisma destructor dotó al personaje de tanta fuerza, valentía y honestidad intelectual que muchos jóvenes revolucionarios de la época lo adoptaron como un héroe y un modelo a seguir, a pesar de los peligros del extremo materialismo. 

«Todas las personas se asemejan entre sí, tanto en cuerpo como en alma; en todos nosotros el cerebro, bazo, corazón y pulmones están formados de idéntica manera. Y las llamadas cualidades morales son iguales en todos: las pequeñas variaciones no significan nada. Es suficiente con un solo ejemplar humano para juzgar a todos los demás. Las personas son como árboles de un bosque. Y no hay ni un solo botánico que se vaya a poner a estudiar cada abedul por separado.»

Sin embargo, al conocer a Anna Odintsova, una bella viuda aristócrata, su libido se activa de manera incontrolable, destrozando su fachada de frialdad y sus actitudes inorgánicas, dejando en evidencia a un sujeto dividido por una filosofía de la "nada" que es, en última instancia, una negación neurótica de la complejidad de su propio inconsciente, el cual va a demostrarle que la naturaleza y las emociones humanas terminan por derrotar a cualquier ideología rígida.

Padres e hijos es un novela realista que Turgueniev captó en la atmósfera de su entorno, viajando en tren, a través de una aguda intuición artística que le permitía diagnosticar el presente, de tal manera que su escenificación actuó como una profecía cultural y política de la transformación de Rusia. El liderazgo estaba pasando de manos  de la nobleza liberal a manos de los raznochintsy o jóvenes plebeyos, educados en universidades, que no poseían tierras ni títulos, pero sí una formación científica y un hambre de cambio radical. La novela enfureció a ambos bandos. Turgueniev expuso la incómoda fractura social que ya no tenía retorno. El daño más inmediato iba a producirse con el empobrecimiento del alma humana, condenando a la sociedad a una existencia mecánica, gris y desprovista de significado trascendente. La brecha entre padres e hijos no sólo iba a consistir en un desacuerdo político, sino en una incomunicación existencial que les conduciría al aislamiento, la soledad y la destrucción de la familia como unidad de contención emocional. Y así fue. La Revolución Rusa de 1917 produjo una desconexión entre los líderes bolcheviques y el campesinado a escala catastrófica. 

La lectura de Turgueniev con su profundidad rusa y una textura de novela limpia y ordenada al estilo francés, crea un eje que nos permite entrar directos en el corazón de la experiencia humana para captar con fuerza que no se puede homogeneizar a la gente ni mejorar a los seres humanos. Así que al pensar en el binomio sujeto-sociedad esperas que todo lo que un Estado puede hacer es tratar a sus ciudadanos de manera equitativa, e intentar que sus actividades libres se dirijan hacia el bien común. Después de un siglo dominado por los totalitarismos gemelos del comunismo y el fascismo, Bazárov ha quedado fragmentado y diluido en la espesura digital. Sus sombras han tomado forma de algoritmo y yo voy a combatirlo con un acto imprevisible que me arroje deliberadamente a otra lectura literaria de humanidad por propia elección ¡Blum!

 

miércoles, 29 de julio de 2026

Las hortensias, de Felisberto Hernández

 

Literatura inclasificable y claustrofóbica. La narración asfixiante de Felisberto Hernández (Uruguay) genera una atmósfera de hipnosis y extrañeza, sin necesidad de rozar el género de lo fantástico. Su giro en espiral es profundamente orgánico, táctil, visual y auditivo. Los objetos inertes son los verdaderos protagonistas. El tono ingenuo, confesional y casi infantil del narrador contrasta brutalmente con el contenido fetichista, voyeur y de una erótica macabra, generando un unheimlich freudiano, que se cierra sobre sus propios pasos hacia lo siniestro.

Las hortensias  gira en torno a Horacio, un hombre adinerado que ha convertido su casa negra en un santuario para su colección de muñecas de tamaño real. Junto a su esposa, María Hortensia, organiza exhibiciones privadas en vitrinas de cristal, acompañadas por la música del pianista Walter. De fondo, junto al jardín, suena el incesante ruido de las máquinas de una cantera industrial, opresiva, que se filtra entre las plantas y los árboles, como un leitmotiv de presagio, mientras Horacio intenta controlar el microcosmos hermético de sus vitrinas. Nada puede evitar la fuerza extrema y caótica que anuncia la invasión de lo mecánico en lo humano, junto a la imposibilidad de aislar la locura y el inevitable colapso del protagonista, que termina entregándose a ese sonido como a un destino fatal.

«Es necesario que la marcha de la sangre cambie de mano; en vez de ir por las arterias y venir por las venas, debe ir por las venas y venir por las arterias.»

Felisberto creó esta obra en 1949 cuando el país vivía un boom económico de bonanza. Esta prosperidad fomentó una sociedad burguesa obsesionada por las apariencias, el estatus, el mobiliario de calidad, la superficialidad y el "qué dirán", elementos que supo retratar con una ironía soterrada. También el matrimonio se convirtió en una institución de fachada y vacío afectivo en el que latía una profunda insatisfacción. Las muñecas eran el síntoma de lo artificial y controlable frente a la complejidad de lo humano. Felisberto demostró que la vanguardia residía en la exploración de lo invisible y la materia inerte, logrando una obra que perdura como un enigma literario absoluto para las generaciones futuras de escritores y críticos por igual, marcando un antes y un después en la estética de lo insólito. André Bretón lo llamó el "animal literario más raro". En su pluma solitaria se vislumbra el secreto que humilla a los vanidosos, dotando de pulso, memoria y mirada a los objetos inertes de nuestra propia realidad. Tan sólo aplicando una luz lateral. 

Las hortensias  es un viento helado y enloquecedor de un paisaje devastado al abrir la puerta de la casa negra de Horacio y María, que nos arrastra junto a sus muñecas hacia el abismo. Es el bramido ensordecedor de una maquinaria que anuncia la destrucción. En el ojo de este Huracán en Papel se aprecia una aparente calma y cortesía burguesa que es el centro silencioso de la locura por la que giran la ingenuidad, la obsesión fetichista, los celos y la macabra vitalidad de las hortensias, con una violencia incontrolable.

 «Todos los días, después que los empleados se iban, a él le gustaba pasearse solo entre la penumbra de las salas y mirar las muñecas de las vidrieras iluminadas.»

 

 

martes, 28 de julio de 2026

Kentukis, de Samantha Schweblin

Samanta Schweblin es rioplatense y una de las escritoras más potentes de iberoamérica por sus relatos cortos. Posee orden, claridad y precisión para, en diez páginas, dejarte knockout. Su estilo elegante y su perfecto ritmo aprovecha nuestras debilidades, miedos, anhelos y guaridas de la normalidad para despedazar nuestro status quo. 
 
Kentukis es una distopía doméstica, literatura fragmentada con una precisa dirección. Esta obra explora desde su eje central la conexión humana, establecida mediante mascotas robóticas, llamadas los kentukis. Cargadas de tecnología en remoto, emiten video, audio y son teledirigidas. Existen dos opciones: comprar la tablet para observar (voyeurismo) o comprar el kentuki y  ser observado (exhibicionismo). 

Kentukis es la segunda y última novela de Samanta Schweblin, escrita en 2018. La trama se convierte en puro terror. La intriga por descubrir el secreto del objeto, transforma lo inquietante en náusea, nerviosismo y desasosiego.  Con una narración limpia, pausada y constante pero incómoda, teje historias breves y cruzadas, en las que la tecnología intensifica la soledad, el deseo y la dependencia emocional en un mundo hiperconectado y sin sentido. Múltiples escenarios, personajes heterogéneos, vidas polifacéticas donde mirarnos. Y los kentukis, miles de kentukis, cada vez más kentukis por todos lados y en los momentos más íntimos del ser humano. Grabando. Emitiendo. Ordenando las relaciones humanas. Haciendo que lo extraño parezca familiar y lo familiar, extraño. Demostrando que lo fantástico no es un género de evasión, sino una herramienta profunda para explorar la condición humana. Tal y como está el actual panorama literario, es muy difícil superar este listón  si no se utilizan las artes más depuradas de la literatura contemporánea.  De momento Samanta lleva ocho años en silencio, sin publicar otra novela. Ese día llegará, sin vértigo, y yo iré raudo a comprar su próximo Huracán en Papel porque confío en su genio que irradia una fuerza que no podrá ser sepultada. ¡Blum!
 
 

miércoles, 22 de julio de 2026

Constructores de monstruos, de Javier Tomeo

Javier Tomeo, antes de empezar a escribir, prepara y esboza un escenario previo por el que transitarán sus personajes y seguidamente los dibuja. Meras criaturas desmadradas, esperpénticas, hipertrofiadas y goyescas, quienes, llegado el momento, eligen sus propios caminos y toman sus propias decisiones.

Ninguna de sus novelas contiene un verdadero argumento. Se trata de un espacio reducido en el que suceden situaciones dramáticas en las que las caricaturas se manifiestan por lo que dicen, no por lo que hacen. Estos espacios cerrados suelen ser una habitación, un teatro, un despacho, una ciudad desierta o el aposento de un viejo castillo, como en este caso.

«Los monstruos son necesarios para poner un poco de orden en este complicado mundo de nuestro tiempo.»

Raimonius von Bernstein estudió Física y Medicina con la finalidad de convertirse en un experto en la creación de monstruos, oficio que se ha puesto de moda en el país. Su tío le ha puesto a su disposición el castillo de Fursterndorf para que le construya un monstruo antes de que finalice el año para acabar con las revueltas y someter a su pueblo. El bicho horrendo se llamará Karolus. Contará con la colaboración de Tadeusz von Rippstein, un muchacho entusiasta y lleno de buenas intenciones.

«Primer día de trabajo. Había acordado con Tadeusz reunirnos a las ocho en punto de la mañana, pero se presenta con treinta minutos de retraso. Empezamos mal. Odio la falta de puntualidad y, además, no soporto su perfume, elaborado a base de almizcle y ámbar, sobre todo de almizcle. Le recibo, sin embargo, con una sonrisa cordial.»

Constructores de monstruos se mueve entre lo onírico y lo terrorífico, rayando en el absurdo y en un surrealismo de chiste negro. Tiene un ritmo adictivo, divertido y cargado de detalles científicos y filosóficos que aportan una mordaz frescura a la trama. El efecto es muy intenso si has cruzado anteriormente por la obra de Frankenstein. Párrafo tras párrafo, Javier Tomeo tiene la lúcida imaginación y perspicacia para añadir capas y atributos a la identidad de Karolus, convirtiéndolo en un monstruo canónico de su carismática ficción. Con mucha madurez y oficio, a sus setenta y ocho años consiguió publicar otra pieza creativa para sus fieles seguidores. La literatura es una fiesta de pluma aragonesa.

lunes, 13 de julio de 2026

Stone Junction, de Jim Dodge

Jim Dodge, novelista y poeta estadounidense, por muchos desconocido, publicó su tercera novela en 1990 y en 1997 fue aclamado por una de las voces más auténticas de la contracultura: Thomas Pynchon.

Stone Junction es una épica moderna y contracultural que mezcla magia, alquimia, crimen y misticismo al más puro estilo californiano. El ingrediente más valioso es su humor. La historia esta repleta de personajes excéntricos, subversivos, anárquicos y bondadosos, que sirven de maestros a Daniel Pearse, nuestro antiheroe y entrañable forajido, con quien diferenciaremos entre el robo y la restitución. El desarrollo de su alter ego le va a convertir en agente de los pobres por estar más cualificado y conocer mejor el arte del reajuste kármico.

«El secreto está en los chiles. Los cultivo yo mismo, de mis propias semillas. Llevo diez años perfeccionándolos. ¿te has fijado en ese pequeño invernadero que hay detrás del establo? Todo lo que hay plantado allí son chiles. Siempre que puedo voy y los insulto. Los llamo tontos del culo, hijos de puta, cerdos. Los pellizco, me meo encima de ellos, les parto una rama aquí y allá. Los riego lo justo para mantenerlos vivos. Poca agua; esa es la manera de volverlos picantes, pero los insultos son el secreto de que sean tan de puta madre.» 

Esta obra es imprescindible, como lo es mojarse en plena cuarta ola de calor en Zaragoza o como leer a Buenaventura Durruti cuando la ciudad supura gestos despiadados de imperialismos y bulos digitales. Stone Junction me ha devueto a la esencia de la vida, a lo auténtico y verdadero. La historia de Daniel y la Alianza de Malhechores y Ocultistas, una proto-red que recurre más a los teléfonos públicos, la correspondencia confidencial y las percepciones extrasensoriales, que a los terminales interconectados, describe formas de vida cuyo valor reside en resistir la tormenta digital, tomando la dirección opuesta con objetivos de otra índole igualmente honorables, alejados del control asfixiante de la Tecnología, tanto por parte de los Estados como de las empresas. Este libro es una obra de ficción, aunque puedes creer lo contrario y atenerte a las consecuencias, como me a ha pasado a mi. Entonces la sentirás como una Bildungsroman analógica y el dimante te llevará a una transfiguración, a un portal como metáfora de la iluminación espiritual. Cara a cara con el joker. Un cruce entre Arriba y Abajo. Un Huracán en Papel que pesa 744 gr entre las manos y tiene 589 páginas. Su lectura irradia un brillo inconquistable en la conciencia, como todas las piedras preciosas que participan del sentido general de los tesoros y riquezas. Es inerte y si lo interpelas no recivirás señal alguna. Nada. Y así comenzará un nuevo tránsito ¡Blum!

sábado, 27 de junio de 2026

En los sueños empiezan las responsabilidades, de Delmore Schwartz

 

«Soy anónimo y me he olvidado de mí mismo. Siempre es así cuando uno va al cine, es, como suele decirse, una droga.» 

Coordenadas inestables. Brooklyn. Principios del siglo XX. Tal vez 1909. En la pantalla proyectan una película muda. Los actores visten ropas ridículas y caminan demasiado rápido. Un destello sucede al otro a saltos repentinos. Dentro de la sala, sumergido en la oscuridad, observa absorto a su padre caminando hacia la casa de su madre para cortejarla. Está viendo el pasado y conoce el presente. No puede controlar sus lágrimas. La anciana que se ha sentado a su lado en el cine se molesta y reprime su llanto. Sus padres se dirigen a la parada del tranvía para visitar Coney Island, dar una vuelta por el paseo marítimo y tener una cena agradable. 

«En el asta del paseo, la bandera americana late al ritmo del viento intermitente que llega del mar.»  

Sus padres contemplan distraídos el océano encrespado. El sol sobre sus cabezas no les molesta pero es un sol terrible que destroza la vista y al mortal y despiadado océano. Fascinado por esta escena y por la indiferencia de sus padres rompe de nuevo a llorar. La anciana le da unas palmaditas en el hombro.

«Vamos, vamos, si sólo es una película, jovencito, sólo una película.»  

Incapaz de controlar sus lágrimas se levanta y va al servicio de caballeros, tropezándose con los pies del resto de la gente sentada en su fila. Al regresar, sus padres disfrutan del tiovivo. Su padre monta un caballo negro y su madre uno blanco. Por un momento parece que nunca bajarán del tiovivo. 

«Pasean por el entarimado mientras la tarde desciende a pasos imperceptibles hasta el violeta increíble del anochecer.»  

Sus padres buscan un lugar para cenar. Su padre sugiere el mejor local del paseo y su madre pone reparos, de acuerdo con sus principios. Sin embargo van al mejor lugar. Mientas cenan, su padre explica sus planes de futuro y su madre demuestra con rostro expresivo  lo mucho que le interesan. Quiere ampliar el negocio y sentar cabeza. Tiene veintinueve años y vive solo desde los trece. 

«Cuando el vals alcanza el momento en que todos los bailarines se balancean como locos, entonces, entonces con sumo arrojo, entonces le pide a mi madre que se case con él.»  

Su madre, sollozando, le dice que es lo único que ha deseado desde el momento en que lo vio. Y es en ese momento cuando se levanta de la butaca y grita en medio del cine: 

«No lo hagáis. No es demasiado tarde para cambiar de opinión. No conseguiréis nada bueno, sólo arrepentimiento, odio, escándalo, y dos hijos de carácter monstruoso.»  

Sigue gritando e intenta que el público se ponga de su lado pero todos le piden que se calle, el acomodador  le expulsa del cine y él despierta del sueño. 

Simple. Magistral ¡Blum!