HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

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martes, 14 de julio de 2009

La gaviota, de Antón P. Chéjov

Chéjov fue un escritor ruso prohibido, acusado de pesimismo, de carencia de actitud y de juicio moral, de falta de seriedad, de no asumir posiciones políticas en sus obras, de no ver la realidad y el dolor de los demás y de bucear en el relativismo. Todas estas acusaciones hoy nos resultan demenciales. Incluso Stanislavski no fue capaz de apreciar a simple vista su obra, su modernismo.

El 17 de octubre de 1896 tras el estreno teatral de La gaviota la crítica dictaminó un rotundo fracaso, lo cual le ocasionó mucho dolor. Salió huyendo de San Petersburgo hacia Moscú y a las dos de la mañana dejó una nota en la casa de su amigo Suvorin, importante editor y dueño de un teatro privado: “Jamás olvidaré la noche de ayer… Nunca más volveré a escribir una obra de teatro”

Poco después la revista Russkaya mysl lo llamó, “sacerdote de una literatura sin principios”. Chéjov no demoró en escribir su respuesta:

“No he chantajeado a nadie, no he escrito diatribas ni denuncias contra nadie, no he lisonjeado, ni mentido, ni ofendido nunca a nadie, en una palabra, tengo muchos cuentos y artículos de fondo, los cuales de buena gana arrojaría a la basura debido a su inutilidad, pero no hay ni una sola línea de la cual hoy tuviera que avergonzarme. Jamás he sido un escritor sin principios o, lo que es igual, un sinvergüenza. Vuestra acusación es una calumnia”.


Las barrabasadas de la crítica continuaron y llegó a decir contra todos ellos:

“Los críticos son como el tábano que no deja trabajar a los caballos.”

Pero la vida da giros imprevisibles y el 22 de junio de 1897 se entrevistaba con Stanislavski y Dánchenko, que acogieron su obra con total interés.

Antón P. Chéjov pregonó la idea de una sociedad de personas cultas en donde el delito en sí, los crímenes, robos y el adulterio se irían reduciendo hasta prácticamente desaparecer. Aquí es bueno precisar que cuando Chéjov hablaba de cultura no se refería a una particularidad privativa de las clases altas, cultura no fue para él sinónimo de intelectualidad, sino un compendio de sabiduría, educación, humanidad y capacidad de sacrificio.

Este universal hombre ruso, sencillo, ajeno a la frivolidad, solidario, llegó a fundar, con dinero propio, tres escuelas para los campesinos pobres de Mélijovo, compraba libros y los enviaba a la escuela en Sajalín, a la biblioteca de Taganrog, colaboró en la construcción de un sanatorio para pacientes tísicos en Yalta, prestó ayuda médica en la hambruna desatada en Rusia en 1892, también en la epidemia de cólera, participó directamente en el censo de población y en muchas otras actividades de carácter social para las que siempre era convocado. Y en su testamento, cuando sus familiares dejasen de existir, cedía al gobierno de Tanganrog los derechos sobre sus obras teatrales para ser destinados a la alfabetización y a las necesidades de la educación pública, dejó a los campesinos de Mélijovo cien rublos para el mantenimiento del camino y termina pidiéndole a su hermana que ayude a los pobres y cuide de su madre. Impresionante.

La gaviota no muestra, sugiere, incita a descubrir las contradicciones del alma, la melancolía y la fuerza salvadora del amor. En este drama Chéjov incluye aspectos de su propia vida de escritor y del ambiente literario ruso en los últimos años del siglo XIX, la obra trasciende su época y viene a integrarse en el dominio de las experiencias literarias. Sus protagonistas son dos escritores, opuestos en sus concepciones estéticas, con diferente sistema creativo relacionado con la aparición del simbolismo en el arte, que cumpliría la superación del realismo decimonónico.

Chéjov, junto con Pushkin y Tolstói, nos dejaron las señales para caminar por el sendero que nos acerca a la grandeza del alma, la dignidad y la felicidad del hombre. Los tres pasean sonrientes y serenos por el Palacio de la Cultura. Desde ese resplandeciente alcázar de las letras, alumbran a todos sus seguidores por las Rutas del Pensamiento. Así da gusto transitar... ¿no creen?

"Una obra de arte debe expresar obligatoriamente algún gran pensamiento"