HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

jueves, 2 de julio de 2015

El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta

En la costa del Pacífico, a orillas de ese océano con Siete Lenguas Verdes y Siete Tigres Verdes, se gestó El cartero de Neruda de Antonio Skármeta, en un periodo de catorce años para ser ultimado, tiempo en el que pudo volcar su poética visión, lentamente, con la tranquilidad con la que las olas se pasean por el manto marino hasta acariciar la playa, al ritmo que a usted, lector y amante de la literatura de altura, le predispondrá para saborear cada palabra, como si fueran alimento y bebida para su espíritu consternado. Así, de esta forma tan lánguida y sosegada, me nutrí con esta obra, sin saber nada de ella, excepto el nombre del poéta. La cogí minutos antes de salir de casa, del estante donde duermen las mejores obras de los escritores latinoamericanos,  con la idea de irme una semana de descanso al mar, a un rincón del Mediterráneo que me sirve de Isla Negra. Allí leí, pensé y disfruté como solo el mar te pide que lo hagas.

Pablo Neruda murió dos semanas después de que falleciera la democracia en Chile por un cruel golpe de Estado contra Salvador Allende. Con total sincronicidad morían al unísono la libertad y la poesía. No fue casualidad. También le ocurrió a Unamuno cuando Franco dió su golpe de estado. También le sucedió a Stefan Zweig cuando el fascismo de Hitler y Mussolini se apoderó de toda Europa. Vida y muerte, libertad y poesía. De esto trata, El cartero de Neruda y de algo más que prefiero silenciar para que la correspondencia custodiada por Mario Jiménez siga recorriendo el mundo, a través de la lectura, la narración, la literatura y nuestros corazones. Será una preciosa être de sortie en tu verano. ¡Refréscate! Todo lo insólito acontece durante el estío ¡Blum!



«Desnuda eres tan simple como una de tus manos.»


                               El rincón donde leí "El cartero de Neruda". Junio, 2015. Cataluña.

jueves, 11 de junio de 2015

Blitz, de David Trueba

Ayer se desplomó una tormenta en Zaragoza. Explotó cuando llegué a casa. El cielo retumbaba. Me puse a terminar de leer esta novela mientras las gotas resbalaban por el cristal de la ventana, mientras el olor a lluvia entraba en el salón, invitado por la tormenta. Sentí una calma empírea y suprema. Mis ojos recogían las letras, empapándose de ideas y conjeturas, y sentí que me limpiaban, dejándome ante un nuevo estado de tránsito. Hoy he llegado a la última página y ahora entiendo que cada cosa que sucedió durante el proceso de lectura, fue una danza acompasada por los antojos del destino, también los truenos y el chubasco, que fueron lo más auténtico del encuentro.

Encontré el libro el viernes en la biblioteca más moderna y exigua de la ciudad, la CUBIT, con el depósito de obras más pequeño de todas las que conozco. La había visto anunciada en la página web de Anagrama tiempo atrás, y la agarré, sin dudarlo un instante, de la sección de novedades. No esperaba mucho de ella aunque intuía que dentro había un mensaje importante, la portada mostraba cambios, movimiento, acción y una seria duda. El título tenía algo de eléctrico y dinámico al pronunciarse. En pocos días pude completarla. Y éste ha sido el resultado de la lectura.

Blitz es literatura de huída, de encuentros y desamor, que empuja a la metamorfosis de los afectos a través de experiencias divergentes y discordantes, en truncada sintonía con aquellos a los que les ha sacudido la actual crisis española. La obra de Trueba simboliza el azar, el destino y la providencia, las tres fuerzas que intervienen en un devenir. Todo personificado en Beto, un arquitecto paisajista en pleno hundimiento sentimental que viaja a Alemania para exponer su proyecto arquitectónico y optar a un cuantioso premio. Marta, su novia, le ha dejado asépticamente por un ex-novio uruguayo en el momento de sacar su nuevo disco. Helga, la traductora que le ayuda, es una mujer mayor que iluminará como un relámpago la vida de Beto. Doce capítulos dedicados, cada uno, a un mes del año, que se escurren como los granos de un reloj de arena.

Aunque la historia pierde cierta verosimilitud con la realidad, es interesante el análisis que arroja sobre las convenciones sociales, los estereotipos vinculantes, la fragilidad de la belleza o el rumbo caprichoso de la fatalidad; y así, entre todo este derrumbamiento afrontado con impulsividad y turbación, la trama avanza como un logos que penetra en las tinieblas, descendiendo al corazón mismo de la Naturaleza Humana. David Trueba va ofreciendo, una tras otra, escenas ociosas y tragicómicas pero que se evaporan en un simple entretenimiento, y que no valen, a mi juicio, la distinción del arte.  Como broche final elige una escena emotiva y afectuosa, pero anodina, que evoca un paisaje de ensueño oscurecido, donde más bien creí ver una escalera que conectaba con el Cielo, y a un hombre convertido en niño dependiente, que sufre ausencia de madre y no sabe bien poner los límites de lo inadecuado y lo imprudente; en lugar del cierre digno y relampagueante que habría electroagitado a cualquier alma atribulada. He sentido que prevalece más, la mano en la nuca de la duda, que el propio rayo ultra-alemanizado. Tal vez por eso, ha sucumbido. Los lectores no estamos para que también nos alemanicen los fenómenos naturales. ¡Cuídense! ¡Blum!


Me comportaba con ella con tal frialdad que después de hacer el amor podríamos haber puesto a enfriar las cervezas en mi corazón.


viernes, 5 de junio de 2015

Los escándalos de Crome, de Aldous Huxley

Una nueva obra ha caído con el peso de sus letras en este reducto de la literatura. Desde este corredor de mundos descubrí que uno sólo es feliz entregándose a la acción y así me moví una vez más como lo hace el viento cuando se revuelve entre los árboles, hasta dar con la primera novela de Aldous Huxley, que estaba dormida en una librería de antiguos y de ocasión, viejos y descatalogados.

La novela se desarrolla en Crome, Inglaterra, en una casa de campo de un matrimonio de la alta aristocracia británica. El Sr. y la Sra. Wimbush invitan a varios personajes para dar una fiesta, son tipos aburridos, egoístas, maniáticos, profundamente desgraciados en medio de sus extravagancias, personas de transición, residuos, desechos de un modo de civilización en decadencia. Y ello, sobre todo, por ser víctimas de una educación descuidada, deficiente y perniciosa. Todos han visto muchas cosas y no han profundizado ninguna. No hay en sus mentes un ideal que dé unidad a lo que saben y un sentido a sus vidas. Allí en Crome sale a relucir todo, como expuestos en el escenario de un teatro.

Aldous Huxley dijo que la piedra de toque del temperamento literario es la sensación de magia, el sentimiento de que las palabras tienen un poder, y que la parte verbal, la técnica de la literatura, es sencillamente una extensión de dicha magia, ya que son las palabras la invención primera y más grandiosa del hombre. Con el lenguaje el hombre ha creado un nuevo universo. Los literatos, descendientes de esos magos, continúan todavía el proceso, ensamblando fórmulas verbales, temblando de gozo y temor ante el poder del encanto producido, pues pueden llegar a evocar emociones hasta en los espíritus vacíos.

Los escándalos de Crome es una sátira escrita por uno de los más inteligentes escritores del siglo XX, que aprovechó la riqueza del lenguaje para concienciar al público de una época social en liquidación, ridiculizando sus vicios y ligerezas, con la agudeza de observación y la precisión psicológica propias de un erudito.

Aunque ya han pasado casi cien años desde que fue escrita (1921), los personajes resultan cercanos y perfectamente reconocibles pues sus personalidades y caracteres podrían pertenecer al Eterno Humano, de tal manera que algún día veas personas y digas que «parecen personajes de Crome». ¡Que el destino no lo quiera!


«Me siento hastiado de ver el espíritu humano encenegado en medio de la plétora social; prefiero describirlo retozando libre y deportivamente en el vacío.»

domingo, 1 de febrero de 2015

Vanina Vanini, de Stendhal

Me declaro stendhaliano tras reposar mis pupilas en su literatura universal. Me entrego y me someto a la defensa y a la difusión de la obra de Stendhal, escritor nacido en Francia y amante de Italia, que sufría al ver al país convertido en un estado de bárbaros y déspotas, pues los hombres más distinguidos habían tenido que huir o estaban en las cárceles, como el protagonista de esta novela corta, Pietro Missirilli, miembro de una sociedad secreta de vocación revolucionaria. Su modo de entregarse a la causa les dejará perplejos. La editorial Periférica nos pone a nuestra disposición lo más selecto de la Literatura de Altura, para ser contagiados de los nobles valores, los más humanistas, como hicieron Honoré de Balzac, Victor Hugo, Emile Zola o Gustave Flaubert, para todos aquellos que quisieran salir de las cavernas, y vivir con la amplitud de los horizontes de la libertad.

He borrado todas las anotaciones que hice durante la lectura para priorizar mis sensaciones más epidérmicas. El efecto final de esta historia se reduce a creer en la pasión. No puedo hacer menos que expresar mi admiración con lo que ahora siento. Stendhal no es sólo un escritor, es un gurú, un sabio, un profundo psicólogo del alma humana. Los dos personajes centrales de Vanina Vanini tienen tal fuerza literaria, a través de esta depurada historia de amor que se cierra en setenta y seis páginas perfectas y refinadas, que produce una corriente de masas de aire entre la mente y el pecho, que quedarás arrojado a la predilección por los más visionarios talentos. Una obra antigua pero de máxima modernidad y vigencia que conecta con nuestro tiempo de asaltos y putrefacción institucional, ofreciendo el Verdadero Espíritu Renacentista que nos salvará de este caciquismo provinciano. ¡Gracias Periférica! Podemos seguir confiando en vosotros, hoy que sólo interesa mercadear con lo más abyecto y adulterado, el pastiche más naif y anti-rococó. 

miércoles, 28 de enero de 2015

El hombre del salto, de Don Delillo

Un Gran Desastre que todos conocemos ocurrió en Nueva York. Plata surcando el azul. Se produjo un estrépito y el fragor del derrumbe, el humo y las cenizas rodando por las calles, doblando las esquinas, los folios y el papel de oficina pasando en vuelo rasante y cosas que no son de este mundo consternaron la paz en el fúnebre cobertor de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Ese día que está en la memoria colectiva de todos los que vivimos con televisores produjo sus efectos en la literatura norteamericana cuando Don Delillo decidió narrar en 2007 esta tragedia a través de la familia de Keith Neudecker para dar memoria, sensibilidad y sentido a todo ese espacio de gritos y dolor.

Keith, un hombre de mala reputación, consiguió escapar del edificio demolido, llevaba traje y maletín, tenía cristal en el pelo y cápsulas veteadas de sangre y luz. Tenía claro donde quería ir cuando apareció delante de la puerta de su mujer, Lianne, de la que llevaba separado un tiempo y con quien tenía un hijo llamado Justin. Jamás ninguno se recuperaría del trauma.

«Tras esos primeros días del estrago, el sexo estaba por todas partes.»

Justin es el chico que aparece en la portada del libro con unos prismáticos. Observa asombrado a un hombre que trata de hacer arte con el horror. Está atento a las apariciones arrogantes de Bill Lawton, el Hombre del Salto, un artista callejero que se cuelga cabeza abajo con traje, corbata y zapatos de vestir, desde distintas estructuras, produciendo en los espectadores y los ciudadanos el horror y la desesperanza humana de aquellos siniestros instantes dentro de las torres gemelas en llamas, con la gente cayendo y obligada a saltar. En otras ocasiones ya lo habían visto colgado de una galería en el patio de un hotel y había salido escoltado por la policía de una sala de conciertos y de dos o tres edificios de pisos con terrazas o tejados accesibles. Bill Lawton contiene la mirada del mundo, como un personaje de un naipe del tarot. Nueva York es un teatro del horror, una ciudad orgullosa, levantada en las alturas, pero que ha caído desmoronada en ruinas para regresar al suelo y retomar un contacto con gente que había quedado olvidado.

«Ahí estaba la espantosa claridad de todo ello, algo que no habíamos visto, la figura única que cae arrastrando el espanto colectivo, el cuerpo que cae a estar entre nosotros.»

La actitud de Don Delillo hacia este trágico asunto es la continuación a toda la literatura de
sus anteriores trabajos premonitorios que consistió en estudiar los hechos históricos, como la guerra fría o el asesinato de J.F.K. tomando distancia para descomponerlo en sus elementos, fríamente y con claridad. Sin permitir que le destruyera. Verlo, medirlo y encontrar una enseñanza. Sin embargo en esta novela se nota que la distancia es aún muy pequeña y los efectos que produce son pequeños, poco satisfactorios e inadecuados a la dimensión real de los hechos, por toda la contaminación de documentales, artículos de periódico y noticias que nos aún están influyendo.

Cierto es que hace años, Delillo escribió sobre el creciente aumento de los terroristas, del creyente letal, la persona que mata y muere por la fe; el poder de las multitudes, fusionado por los medios de comunicación, sobre la historia que cambia de forma turbulenta y con violencia; la seducción de la tecnología y la saturación que produce junto al brillo de la cultura pop; la institucionalización de la paranoia y el pensamiento conspirativo en la mente colectiva.
El lector de Delillo viene seguro preparado para seguir analizando su teorización del caos. ¿Se acuerdan de Unabomber? ¿aquel norteamericano de origen polaco llamado Kaczynski que también realizó varios atentados con carta bomba durante casi 18 años y que llegó a matar a tres personas? Unabomber, curiosamente, era el acrónimo de Universidad-Aerolíneas-Bombardero. El tipo intentó luchar contra lo que entendía que eran los efectos malignos del progreso tecnológico. Don Delillo recuerda a ese anterior terrorista y lo asocia a una versión más espeluznante, los Unaflyers que pilotaron los aviones que se hundieron contra las torres gemelas. Esto es EEUU. Ya no debemos extrañarnos.

«Después de la tormenta es cuando nos atrevemos a buscar el arcoiris.»


El hombre del salto no es ni mucho menos la novela epopéyica que podríamos esperar de un autor con la visión panorámica que desplegó en sus dos obras maestras, Submundo y Libra. Sus personajes centrales, Keith y Lianne, siguen siendo dos figuras no muy convincentes, a la deriva en el mar anónimo de la humanidad, balanceándose solos en sus propios pequeños salvavidas, desconectados del mosaico global y del espíritu de la época o la conmoción mundial que dejó a su paso, por lo que la novela causa una importante decepción. La creación de este lienzo no profundiza ni es lo suficientemente amplio, ni consigue entrelazar personajes ficticios con los reales, como Mohamed Atta, los cuales se deslizan por las grietas de la novela como presencias de tono casi espectral, llevando al lector por desarticulados incrementos de tensión hacia una estudiada escena final de primeros planos y silencios oblicuos con la muerte, lo que será una cita inexorable con el terror más crudo proyectado sobre los acontecimientos del 9/11. La obra nos deja con dos imágenes mezquinas: la del artista que salta y el de un hombre absorto en sí mismo, que acude a la ciudad atraído por el fuego y las cenizas de aquel día y decide pasar su previsible futuro jugando a juegos estúpidos de cartas en el desierto de Nevada. Será la gente corriendo por sus vidas, la parte de la historia que aún nos quedará por leer, porque es la parte que nos aleja más allá de las cifras de los muertos y de los desaparecidos, y nos produce una idea elevada del Ser. Aún así pasarán aún muchos años de reflexión hasta que un escritor sea capaz de plasmar con pureza el 9/11 en palabras.

«Hay algo vacío en el cielo.»

martes, 27 de enero de 2015

El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto

La novela policíaca tiene una atmósfera hiper-racional que me suele resultar atractiva. Esta obra está en estos momentos por las librerías españolas. Es un libro pequeño (13 x 20 cm) y amistoso, para llevarlo en la cartera y leerlo durante distancias cortas. La portada me resultó muy sugerente y sin conocer al autor lo compré. Lo he leído sin pena ni gloria, así que para los que aún estáis a tiempo de elegir otras lecturas os aconsejo que no lo leáis. Tengo mis razones. En esta ocasión culpabilizo a la editorial por simple prestidigitación.

Seicho Matsumoto fue un escritor japonés tardío que inició su carrera literaria con más de cuarenta años. Despegó rápidamente con su segundo libro convirtiéndose de la noche a la mañana en el escritor más popular del género policíaco de Japón. Le apasionaba la literatura y escribió muchas novelas. Dispone por lo tanto de un gran repertorio. Todas no pueden ser buenas. Esto mismo también le pasa a Thomas Pynchon. Aún así al leer a Matsumoto se nota que tiene una escritura pulcra, breve y directa. Da gusto seguir sus letras, pero no el desarrollo de esta historia. Resulta cansina. La editorial Libros del Asteroide ha elegido muy mal el lanzamiento de este autor puesto que el interés de la inmensa mayoría se vuelca en la publicación de Inspector Imanishi Investiga, que fue la más aclamada y no ésta novela que te marea la cabeza con tantos trenes, horarios, idas y venidas sin sentido, centrado en una relojería tediosa. Claramente, es un horror.

El expreso de Tokio utiliza al comienzo el procedimiento que sigue la misma tradición clásica del Inspector Maigret en Paris, de Georges Simenon; o el Inspector Van der Valk en Amsterdam, de Nicholas Freeling; o el Superintendente Beck en Estocolmo, de Maj Sjöwall y Per Wahloo; o el Mariscal Guarnaccia en Florencia, de Magdalen Nabb o el Inspector Jefe Dalgliesh en Inglaterrade, de P.D. James. Un hecho trágico activa la maquinaria deductiva de un sagaz inspector que rondará meticulosamente por todos los detalles del crimen hasta resolverlo. Es cierto que el inicio es muy atractivo. No lo duden. ¿Pero qué la lleva al desastre? Profundicemos un poco mas y verán como se desploma.



Kenichi Sayama y Toki aparecen muertos en la orilla de una playa, bajo la pálida luz de la mañana. Se especula que ha sido un doble suicidio inducido con cianuro potásico. Mueren sin dejar ninguna nota de suicidio. Al revisar el caso, el inspector se da cuenta que el hombre difunto había pasado seis días solo en su hotel y que en su bolsillo sólo encuentran un único billete de tren, así que como los amantes no han viajado juntos, empiezan a indagar y a revisar horarios de trenes, andenes, tiempos de espera, estaciones, alternativas de transporte, ferrys, autobuses, entradas y salidas, intervalos de trenes, donde pudo subir al tren su acompañante, si era ella o era otra, los tiempos de una ciudad a otra, los revisores, las llamadas de teléfono, los registros del hotel, y otro detalle y otro más y otro, y la cabeza se empieza a llenar de datos, trenes, horarios, entradas, salidas, gente que va y viene y al final se arma tal caos y tal incertidumbre que cuando resuelven la estratagema de los asesinos tienes ganas de que metan a la cárcel hasta al escritor.



El expreso de Tokio es un pegote de la editorial aprovechando la finalización de los derechos de autor de esta novela escrita en 1958 para sacarle máximo rendimiento a una novela pueril. Todo lo que reseña Fernando R. Lafuente en el ABC o Carlos Martinez Shaw en el Periódico de Cataluña es un efecto de prestidigitación vacua y comercial para hinchar las ventas. La novela no tiene nada de interesante y no aporta ningún elemento extra durante la historia. Los lectores sabemos que una de las excusas que te lleva a leer novelas policíacas es también la posibilidad de descubrir otras formas de vida y las costumbres en otros países. El escritor puede indagar en los estados de ánimo subjetivos, realizar un análisis interior de los personajes y sumergirse en la psicología de los protagonistas, incluso en la búsqueda de la identidad del país. Pero aquí sólo destaca que el protagonista bebe café. Es así de superflua. Manuel Vázquez Montalbán radiografiaba hasta la actitud de las ratas que cruzaban por la escena del crimen mientras hacía denuncia social y crítica política. Matsumoto en esta obra sólo aporta una frase para el recuerdo. La grabo en este blog huracanado para ser pensada o reinterpretada porque es lo único que puedo rescatar de este insustancial libro. El resto para mi es silencio. 

«Cuando uno se da cuenta de que su superior se ha fijado en él, hace lo imposible para caerle en gracia, aunque esté utilizándolo. La ambición de querer ascender es así de triste.»

lunes, 26 de enero de 2015

Alabanza, de Alberto Olmos

Perseguía la buena literatura, aquella que te permite pensar y profundizar en el valor de lo real. Eso que debe ser contado. Estaba rodeado de libros y decidí rastrear l'actualité littéraire seleccionando una obra según su autor, y no al revés. Quería al mejor. No puedo evitarlo. No me fio de los titulares de las editoriales. Rótulos tan estudiados, alardeando de publicar la obra definitiva para el lector más exigente. Me entran naúseas sólo de pensarlo. Y me acordé rápidamente de un invicto. Sentí que me faltaba la última obra de Alberto Olmos, un escritor transparente.  No lo había apuntado en ningún sitio. Estaba en mi cabeza. Portaba este recuerdo desde hace casi un año, cuando lancé la reseña de Ejército enemigo el 14 de marzo de 2014, una pieza potente . Lo tenía interiorizado conmigo, en mi retentiva, porque lo siento como uno de los nuestros, de los más huracanados.  Y así apareció, súbitamente, ante esa necesidad, allanando el camino para progresar por los tornasolados senderos de la literatura. Cualquiera no puede abrirse camino por esas geografías. Hace falta un escritor con talento, en el que se reúnen condiciones humanas excepcionales y severas. 

Al leer el título advertí que iba a celebrar con palabras una gran fiesta de la literatura: el estilo narrativo y la agudeza intelectual de Alberto Olmos,  uno de los mejores jovenes escritores hispanohablantes nacidos a partir de 1975, junto a Javier Montes, Pablo Gutiérrez o Sonia Hernández.  Grandes coetáneos obstinados en extender la plasticidad artística de la literatura. La obra iba dedicada a sus padres. Esto se trataba de algo serio, circunspecto y ceremonioso. El resultado final fue superior a la expectativa inicial que suscitó mi imaginario en el acercamiento, pero esto lo quiero contar con detalle.

Alabanza es una obra metaliteraria, la Nueva Moda Vanguardista en Literatura, estilo procedente de las primeras excavaciones literarias de Enrique Vila-Matas, káiser imperial de esta modalidad tan fascinante, que revolucionó el panorama artístico de la literatura. El planteamiento se impulsa en escribir sobre lo que se está escribiendo y sobre lo que se va a narrar, o si lo prefieren, estirar las fronteras de la literatura, una práctica meta-existencialista del escritor que  explora la fabricación de la literatura mientras celebra la gala de las letras y las palabras que relatan el mundo, contra otros que inciden en el hiper-realismo más denostado, buscando el talante y la miga para exponer lo que no puede quedar silente y taciturno. Pintar con palabras parte del silencio y dejar el espacio preciso entre lineas para que el lector descubra lo realmente importante.

Alberto Olmos crea magistralmente dos personajes, Sebastián y Claudia, y articula su mente narrativa  con la vivacidad neuroplástica de un topo con arco, que socava las galerías y grutas más arriesgadas  de la identidad performativa y las psicosis de pareja, para llegar íntegro al corazón de su AlterMusa y despertarla con aplomo y puntería, mediante la flecha  de sus astutas quimeras y razones calculadas, como un escritor  que se niega a la melancolia, afín a sus intuitivas visiones, mitad ficción, mitad  lógica-poética. Presente con los vapores delirantes de la infidelidad,  las erosiones del tiempo, la acumulación de sus prácticas sexuales y los recuerdos del pasado, Sebastián intenta escribir durante unas vacaciones, su pieza maestra de la literatura, sumido en una aldea remota que no dispone de internet. Allí rememora a todas las amantes de su vida y las literaturiza con el brillo natural, espectral, glorioso y sucio de cada hecho marcó su perceptiva. Tal y como surjió en cada experiencia y fue sintetizada en su sentimiento racional. Procurando ser certero a cada folio blanco que empantana su cuarto, el espacio de la batalla.


«No estoy enamorado de tí.»

Claudia recorre el pueblo por todos los rincones y descubre que sólo habitan viudas enlentecidas y que la iglesia fue deflagrada. El único hombre que encuentra es el tendero y al hablar con él, entre prisas y agitación, le cuenta el suceso trágico de una mujer que perdió a su marido, asesinado de un tiro y que la hizo enloquecer tras su muerte, y pasado un tiempo incendió la iglesia de Santa María, tumbando el templo en llamas. Es aquí cuando la narración se va superando a sí misma y en la página 133 la novela te inmoviliza poderosamente, pues todo queda conectado. La historia funciona con ritmo propio y la lectura se sucede en tres dimensiones. Estás dentro con ellos. Hay transparencia. Las descripciones son exquisitas, propias de un Gran Talento de la Literatura, que trabaja con esfuerzo por la escritura, por recuperar su poder natural. En cada párrafo está su arte, la pasión, la ambición por mejorar la técnica y producir una composición sencilla y pluscuamperfecta. Un Huracán en Papel.  Estamos ante una alabanza a la literatura y a la constante creación. Frente a esta narrativa cualquier texto de David Safier, Assa Larson o E.L. James  es una brisa anodina y oficio plañidero, lo cual marcará por siempre la disyuntiva entre literatura de escape o Alta Literatura,  mi escusa creciente para  mantener este Blog y escribir reseñas entre la espesura. No merecemos menos los Amantes de la Literatura.

«Quiero internet, Sebastián. Así te lo digo.»

Sebastián es un personaje honesto, cabal en su estructura, que se comprende a sí mismo y alcanza un relieve perfecto, sin hebras de autoengaño ni estupidez, que pretende lo auténtico y que necesita moverse entre el magma original de la realidad espontánea y propia, la cual no defraudará jamás a ningún lector con quien tome contacto.  Su vida sigue una especie de broma experimental cuando entra en la sufrida aldea de Castilla que está unida a su pasado. Allí, él mismo es un muerto llamado Miguel. Su novia está harta de la situación, pero no sabe nada. Entre ellos hay una sintonía especial confubalada por los misteriosos designios planetarios. Sebastián esconde un secreto que no sabe como contar a Claudia. La narración te va arrastrando rápido con una sintáxis perfecta, y de forma anómala, a partir de  la página 195 hasta la 245 la lectura se hace monótona y plúmbea. Pero sin más. Al salir de ese breve bache y esa maldad, aparece el tercer acto, titulado «Mentira» y la obra te atraviesa, mediante una ficción arrolladora, pulida y brillante, demostrando persistencia de genio.

«Los hombres se enamoran de una solapa y las mujeres de una sinopsis.»

El cierre produce una explosión emocional ciclópea, fulminante, supra-literaria. A las 11:23 a.m. del desenlace, en plaza, cuando Miguel corre, surge el momento más literario de toda la narración, el renacimiento de la Gran Literatura del siglo XXI, la que había quedado pisoteada y muerta, ahora es exhibida con la lógica-poética de un escritor sensible, racionalmente perceptivo, que tiene el don de sublimar el dolor y convertirlo en cielo abierto por el que vuelan pájaros dignificados al son de músicas flotantes como el inmenso cielo de Castilla, de azul metálico, sobre tierras fecundas, festejando con hipnóticas alabanzas la Literatura de Altura que alza a los más fuertes Huracanes en papel, los que serán protegidos durante el tránsito de los tiempos. Alberto Olmos es Uno de los Nuestros, un literato grande, inmenso. Esta lectura estará en un estante de mi Biblioteca Fulgurante.


jueves, 15 de enero de 2015

La novia parapente, de Cristina Grande

Lo encontré por casualidad, si es verdad que eso existe. Ese día buscaba a una escritora, quería los pensamientos de una mujer, saber de sus emociones y acceder a su refugio imaginario. Prefería pocas páginas y recorriendo estante por estante en la G de Grande se me apareció La novia parapente y sus diecisiete relatos inolvidables. ¿Cual es el resultado? 

Hace muchos años que no leía un texto tan abierto, tan sibilino, tan certero y tan conciso. La palabra de Cristina Grande es por fín Literatura de Altura, un Huracán en Papel que te agita, que te remueve y te transporta por  el hecho de acompañar su palabra hasta el lugar más recóndito del alma humana. Su frases son gotas de rocío que anuncian un Nuevo Amanecer Sincero en las vidas de nuestras almas moribundas que se agotan cuando no hay un estímulo verdadero. No hay nada elaborado en sus relatos, pero uno a uno, como el mosaico enguijarrado adquiere la complejidad y la riqueza del mundo. Su ficción es espejo y envoltorio de lo real. Amplifica lo que estamos viviendo, con carácter risueño, ágil, previsor y optimista. Es una lectura de lujo, fabricada por la mirada distante, y que te deja cuando empieza, que se escapa de las manos por su breve sonido, pero dejando el perfume de las letras que bailan salpicando los buenos y poéticos recuerdos. Ha tenido muy buenos maestros. Puede que aprendiera a escribir según los leía y decidió probar con su propio tacto alcanzando una copia creativa perfecta, de colección. ¡Soberbia! ¡Grande!

martes, 13 de enero de 2015

El zorro ártico, de Sjón

Sjón significa «visión» y es el seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson, uno de los escritores más interesantes e innovadores de Islandia, nacido en 1962 en Reykiavik. Tiene cincuenta y dos años. Empezó su carrera de escritor con dieciséis y no ha dejado de publicar novelas, poesía y teatro hasta la fecha. La obra ahora analizada es una de las mejores de su factoría imaginaria y no puede quedar oculta a nuestra mirada indómita de Amantes de la Literatura. La editorial Nórdica ha mantenido en la portada el título original islandés que significa «Baldur de la Sombra», haciendo referencia a la mitología islandesa, un dato muy importante para seguir la lectura, porque Baldur es el dios tradicional de la Luz y la Belleza y es también el nombre del protagonista, Baldur Skuggason, un párroco de pueblo pequeño de Dalbotn, en el Valle de Dalur,  ambientado en 1883.

La obra está articulada en cuatro actos. El primer acto trata de la persecución al zorro pardo hasta ser acorralado. El segundo acto expone diferentes escenas, Fridrik el herbolario y Hálfdán de capacidades muy limitadas, deben llevar en un trineo el ataúd con Hafdís Jónsdottir hasta el cementerio de Dalbotn, para enterrarla. Años atrás, en 1868, embarranca un fantasmal carguero negro holandés en la costa de Reykianes, en los acantilados de Önglabrjótsnef. Iba cargado y repleto de aceite de ballena en millares de toneles. Dentro y encadenada, encontraron a la joven Hafdís, harapienta, sucia y golpeada. Fridrik iba también en el barco entre los pasajeros. Había estudiado en la universidad de Copenhague y había trabajado de ayudante de boticario para la farmacia Elefant, ocupándose del archivo de drogas: éter, opio, gas hilarante, hongo matamoscas, belladona, cloroformo, mandrágora, hachís y coca, que además de tener usos medicinales, estaban en voga entre los «lotófagos» de Copenhague. Él se hizo tutor de Hafdís porque estaba desamparada. En la aldea ella conoció a Hálfdán. Su vida y su muerte quedó envuelta de naturaleza y armonía. El tercer acto retoma con el estampido del disparo que rasga la sagrada paz de los páramos como un cortaplumas en un trozo de papel. El sacerdote se tambalea hacia la piedra y contempla al raposo. Lo que allí ocurre es digno de lectura, provocando el poético desenlace final. El cuarto acto cierra la obra con la carta de Fridrik, para sellar esta leyenda islandesa popular con un estilo ágil y místico.

El zorro ártico está construido siguiendo el género islandés de cuentos populares que tiene como personaje típico al cura rural, que suele poseer enorme fuerza física y ser un destacado maestro en los debates teocentristas. El zorro también aparece por ser el único depredador de la isla y el único mamífero que habita esas tierras antes de la colonización nórdica de finales del siglo IX. La obra mezcla símbolos paganos, tradición, naturismo y mitología. La narración corre deprisa. Todo se capta de forma intuitiva, también el desprecio a la despiadada caza de la ballena, que Islandia consiente para lograr cuantiosos beneficios económicos con su venta a los japoneses, sabiendo que es una especie protegida en peligro de extinción. Las descripciones son breves y potentes, como fogonazos que queman como la nieve. Estén atentos a esta literatura, es muy inteligente y un viaje muy invernal para la mente. Nórdica y brutal.

viernes, 9 de enero de 2015

El gato, de Georges Simenon

No hay calidad literaria en Simenon pero sus personajes se mueven con energía y la historia termina siendo entretenida. Leí a este autor por primera vez en Salamanca, siendo estudiante de psicología, y aunque no recuerde el título sé que si encuentro el libro sabré cual fue porque su historia y su protagonista giraba todo en torno a un armario, a un sombrero y a un asesinato. Todo muy gris y finalmente oscuro, muy negro. Así recuerdo a Simenon y así ha regresado a mi actual imaginario con esta novela titulada El gato, que encontré en una librería, dejándome llevar por lo insólito. 

Émile y Marguerite deciden casarse. Ambos tienen más de sesenta años y su unión se establece como consecuencia del miedo a la vejez y a la soledad. Émile tiene un gato llamado Joseph y Marguerite un loro que considera el ser más inteligente del planeta. Pasa el tiempo y la convivencia  entre los personajes reactiva en Simenon su memoria y su pasado y escribe el relato más cruel, el más estremecedor y el más devastador de su prolífica carrera de escritor.  En dos horas lo puedes leer, pero ignoro el tiempo que pasará hasta que lo puedas olvidar. Podrían ser años. Sólo tú lo sabrás. ¡Blum!

Juego de azar, de Slawomir Mrozek

Literatura lúcida, ácida, despiadada y mordaz. Mrozek es uno de los escritores más venerados de Polonia. Su escritura canaliza la creatividad hacia el absurdo, fórmula que retrata la realidad con más intensidad, eludiendo lo que es obvio y dejando volar su imaginación por espacios surrealistas, inalcanzables y categóricos.

Slawomir Mrozek reunió 34 microrrelatos en 1991 que fueron publicados diez años después en España, por Acantilado, en Juego de azar, para dar a conocer a otro autor más de la Europa Central. Todo en ellos es hilarante y kafkiano, con personajes grotescos, como el párroco que decide irse a trabajar al sex-shop para sentirse más útil a la sociedad, o el europeo que estrangula a un cocodrilo por tragarse el ticket de la tintorería. Mrozek posee el arte de decir tanto en tan poco. Lo bueno si breve, dos veces bueno. ¡Blum!

«Un hombre sin honor no sirve para trabajar ni siquiera en horas extras.»

jueves, 8 de enero de 2015

Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck

El origen de Las uvas de la ira yace en este relato, un documento periodístico sobre el nomadismo de miles de agricultores que emigraron de la Dust Bowl –cuenca del polvo– afectados por la sequía y las tormentas de polvo en los años 30, con el fin de trasladarse hacia el Oeste, empujados por la pobreza y el hambre, para trabajar como braceros y temporeros en los inmensos campos de California, repletos de uvas hinchadas, ciruelas, manzanas, lechugas y ese algodón que tan rápido madura. Los residentes locales les repudiaban porque temían que les trajeran enfermedades, aumentaría el gasto en educación para sus hijos, y en sanidad con los recursos de sus hospitales. Sin embargo, los propietarios de las granjas agrícolas les necesitaban para obtener mayor productividad y eso dió pie a la explotación, a los sueldos infrahumanos, a la creación de vigilantes para intimidar a los trabajadores que se agrupaban para formar sindicatos y exigir derechos.

Los vagabundos de la cosecha, escrita en 1936, es una obra de máxima actualidad para España, con la pobreza y el desempleo que atenaza a seis millones de españoles que se ven en las mismas tesituras de explotación, víctimas de la avaricia y la codicia empresarial, que se explaya con todos, con los que actualmente trabajan presionados por el despido y con los más desfavorecidos cuando no disponen de los recursos mínimos para re-estructurarse. John Steinbeck se adentró en el estudio de este fenómeno social con sensibilidad, buen juicio y responsabilidad, aportando ideas y medidas para asegurar la dignidad de los trabajadores. Todo lo que se cuenta y muchas de las fotografías que se muestran en esta cuidada edición del Asteroide, nos harán pensar y tomar acciones y desde luego calará hondo en nuestra conciencia colectiva. De fuera hacia dentro. No cierren los ojos. ¡Abranlos más todavía! La ignorancia o la insensibilidad del pasado no deben prolongarse al futuro por el bien de las crecientes sociedades. Son momentos de tránsito. ¡Blum!


A los emigrantes los necesitamos y los odiamos.




miércoles, 7 de enero de 2015

Al límite, de Thomas Pynchon

Fatal. Aburrida. Tediosa. Plana. La compré por admiración al escritor pero es la peor novela que he leído este año. No se la recomiendo a nadie. El tema de la burbuja tecnológica ya fue muy explotado por Neal Stephenson, otro escritor norteamericano que lo domina con más acierto y que consiguió un altísimo reconocimiento con su fascinante novela titulada Criptonomicon, que leí hace más de diez años y me causó una gran satisfacción. Pynchon ha fracasado con esta novela.

Al límite es la pretensión de una obra no-reveladora, ni vanguardista que llega muy tarde al panorama literario. Ni uno solo de sus personajes es interesante, ni Maxine Tarnow, ni March, ni Lester, ni Ice, ni Tallis. Trata los temas rozándolos, de tal manera que cansa lo que está contando y te desinfla con la Deep Web, la fibra oscura, las estaciones E10 y hasta la hashslingrz. Todo en ella me ha resultado soporífero y temo que a un lector extranjero en la literatura de Thomas Pynchon que caiga en este erróneo proyecto pueda quedar eclipsado al verdadero talento de uno de los mejores escritores vivos de los EEUU.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Big Time: la gran vida de Perico Vidal, de Marcos Ordoñez

Literatura vital. Una obra narrativa que contiene gotas de jazz, partículas luminosas de David Lean o anécdotas de Luís Buñuel, es literatura ad ovo, susceptible de ser bebida por Tránsito Blum. Y si además, la firma una editorial tan potente como Libros del Asteroide entonces ¡Kapow! Entramos en tórrida eclosión. 

¿Quién es Perico Vidal? Un tipo muy interesante. Un español entregado al cine, convertido en uno de los ayudantes de dirección más importantes de Hollywood, que debutó con Orson Wells en Mr. Arkadin, que trabajó con Mankiewicz, Sinatra, Robert Mitchum, Ava Gadner, Sophia Loren, pero que sobretodo y finalmente conoció a su gran maestro: David Lean, el director entregado en cuerpo y alma a sus películas, con una mirada que todo lo abarcaba, excepcionalmente atento a todos los detalles, y que se rodeó sólo de los más amantes al cine. Con Lean, el séptimo arte se convirtió en su religión y en una vida dedicada al gran espectáculo y al intimismo más personal, pero sufriendo en segundo plano los avatares del alcoholismo, que le llevaban al abatimiento y a la depresión.

Big Time  es una novela biográfica, narrada con ritmo y sencillez, mostrando una elegancia inusual en sus capítulos, en base a las múltiples escenas, personajes y anécdotas que permiten revivir una época olvidada de la farándula española, y capturada con precisión fotográfica en la memoria de sus protagonistas, mientras el cine se adueñaba de Perico Vidal y se convertía en una forma de huir y de sobrevivir a las pérdidas del tiempo, transformando su espíritu en delfín. Unido a las más bellas cosas que existieron en su vida. Dejando una estela de pasión y profesionalidad que nadie en la Meca del cine podrá negar. Bienvenidos a todo lo que dio vida y sentido a Laurence de Arabia, Doctor Zhivago y La hija de Ryan. Si te gusta el cine, no se te puede escapar.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los reconocimientos, de William Gaddis

El ejemplar que recibí estaba deteriorado. Lo tenían herido en el Depósito de la Biblioteca Pública de Doctor Cerrada en Zaragoza, donde yacen las obras longevas que requieren más cuidado y protección.  La tapa blanda se desprendía del lomo. La bibliotecaria, una mujer mayor de ojos alegres y sonrisa insumergible, me lo entregó con mano administrativa, sin evaluar la pieza y sin inmutarse por ella, únicamente mirando mi rostro a la espera de que desapareciera ufano y jubiloso por su grata labor de intermediaria de la cultura. Pero no pudo ser. No fue tan bonito como ella estimó porque al coger Los Reconocimientos de William Gaddis, los ojos se me abrieron, estupefactos, al ver tres tristes tiras de celo, llenas de polvo y colocadas sin sentido con el fin de malauxiliar  una cubierta al borde del estrago y aspiré asustado el aire que allí se hallaba y sentí un fuego abrasador en mis pulmones, porque su entrega era su clara despreocupación per sé, y eso me hacía a mi responsable de la custodia y conservación del ejemplar, y detuve el proceso, objetando el deterioro y el riesgo de fragmentarse aún más si me lo llevaba en esas condiciones. Su sonrisa naufragó en su rostro y la vi que dejó de flotar. Recobró el libro con manos agitadas para intentarlo reparar, con una rapidez que me produjo aún más zozobra e intranquilidad, porque no congregó el tiempo mínimo para lo que tenía que examinar y levantó presurosa la primera tira de celo, suponiendo que aquello iba a ser como coser y cantar, y en el desabrido tirón, desprendió un trozo de cubierta que se quedó adherido al celo, rompiendo el ejemplar, y yo me exalté intentando ser discreto, pero sentí un desgarro en la piel como si me hubieran depilado con cera la zona más ingenua del pecho, como si hubieran desterrado a un amigo en un forzado exilio por un error de desafección, dejando una cicatriz visible, blanca, que a partir de ahora se podrá distinguir en la tapa de este ejemplar maltrecho y lastimado, que esconde la herencia literaria de uno de los mejores escritores norteamericanos y más experimentales, consumada en 1952. Me tragué mi impotencia y mi fragilidad y me fui flotando de allí, como si nada perteneciera a esta realidad, tampoco las palabras y mucho menos los reconocimientos. Huí con el libro en mis manos por el primer punto de fuga que encontré y me refugié en una habitación de casa colmada de libros, con la perfecta atmósfera anónima. Retiré todo lo que había encima de la mesa y honré la obra de Gaddis colocándola en un atril, como si fuera un fetiche o una musa para poderse deleitar. Estuve un tiempo, no recuerdo cuanto, examinándola a la luz del atardecer, palpando la textura del papel, apreciando su peso, advirtiendo sus perfumes de abandono, encierro y oscuridad, la contemplé atento a los sonidos que producía volver las hojas o cerrar la cubierta irregular. La observé una y otra vez sorprendido, fascinado. Y me dispuse a leer sus más de mil páginas por todo aquello que iba a ser mi deber reconocer.

Han pasado once días y creo haber estado viajando sin cesar, saltando en el tiempo por varios países de identidad occidental. Quiero reconocer que ha sido una experiencia insólita, hermosa, frágil y monumental. La prosa de Gaddis conquista y avanza con una estética ágil y poética. Europa y Norteamérica están retratadas con toda su celebridad y detalle. Gaddis se me aparece como la suma de Hemingway y Joyce y su personaje Wyatt Gwydon como un perfecto Hombre del Renacimiento que crea una obra y deja de ser suya para pertenecer a la Humanidad. Hoy la devolveré al Depósito para que otra persona la desentierre y pueda reconocer toda su realidad. ¡Blum!

"Bueno, hay lugares más reales; hay lugares en libros, hay gente en obras de teatro más real que ... todo eso."



viernes, 12 de septiembre de 2014

Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez

Basada en un hecho real. Narrada tan de cerca que el agua te salpica y te despierta. Y cuando la has terminado de leer sientes que la vida es mucho más intensa y enigmática y el mar se convierte en símbolo de un océano interior, agente que transita e intercede entre lo voluble y lo formal, entre lo efímero y lo fatídico, como toda fuente rebosante de vigor.

"Aquel sol que empezaba a ampollarme la piel y con aquella hambre que me dolía el estómago. Y sobre todo con aquella sed. Cada vez me resultaba más difícil respirar."

Esta historia se hace real porque está reconstruida con una literatura sensible y arriesgada, con tesón y compromiso, cuando Gabriel García Márquez trabajaba de reportero de planta en el diario El Espectador de Bogotá, bajo la dictadura militar y folklórica del general Gustavo Rojas Pinilla, autor de la matanza de decenas de estudiantes en el centro de la capital cuando participaban en una manifestación pacífica, y de la muerte de varios taurófilos dominicales que abuchearon a la hija del dictador en la plaza de toros. La prensa estaba entonces censurada y este relato pudo costarle el pellejo al Premio Nobel. Sólo por eso merece ya el empeño de leerla. Pero, dejando de lado el contexto político y social, Relato de un náufrago alcanza la gloria por ser una obra de recorrido trascendental que finaliza en victoria sobre los dos peligros esenciales de todo navegar: la destrucción y triunfo del océano contra el hombre, como metáfora de lo inconsciente; o el retroceso que sume al individuo hacia una regresión y un estancamiento desolador. No se la pierdan y encuéntrenla.  Yo la leí a orillas del mar mediterráneo mientras las olas besaban mis pies. No recuerdo si fue casualidad. Seguramente no y un poco sí.




martes, 9 de septiembre de 2014

La caída de la Casa Usher, de Edgar Allan Poe

Faltan dos semanas para que entre el otoño y ya he empezado a sentir una cautelosa necesidad de prepararme para la rayana oscuridad. Cuando la noche se cierra sobre la ciudad me da un tiempo muy valioso para indagar y sondear los cimientos de nuestro mundo interior. Existe un material muy fecundo para el psicoanálisis que habita en los relatos del horror. Al entrar en la librería pensé en esto y seleccioné una obra que por su prestigio me ayudaría en esta enigmática excursión. ¿Por qué? Porque estoy poniendo a punto y completando un proyecto que tiene efectos muy positivos para el ánimo y en breve ejercerá su acción. ¿Y qué tiene que ver Allan Poe?

La literatura de terror ha sido la vía más utilizada para expresar ideas subversivas de manera enmascarada, escondidas dentro de historias imposibles, pues aquello que nos aleja de lo real es lo que nos permite burlar los prejuicios y las censuras, exponiendo conceptos difícilmente descifrables en formatos más explícitos. Nuevamente el arte de la ficción auxiliando a la realidad.

La caída de la Casa Usher recoge magistralmente gran parte de los símbolos del subconsciente capaces de despertar nuestros miedos internos y ocultos más atemorizantes. Edgar Allan Poe construye sus relatos atendiendo a dichos rasgos profundos del comportamiento emocional, que están ligados a mecanismos biológicos muy antiguos, implícitos en la supervivencia, y que disparan nuestras alertas sin un aprendizaje previo, trabajando a nivel inconsciente. Ruidos, aflicción, lo extraño e inusitado, metáforas de lo desconocido, ambientes lúgubres, góticos y sombríos, la pérdida inaudita de un soporte firme que suscita inestabilidad. Elementos vinculados a una estructura humana común que va produciendo su terror en relación a las presiones que cada uno recibe en su cotidianidad. Lo que sigue es el argumento. Estén atentos a las variaciones térmicas de su piel.

Un joven caballero es invitado al viejo caserón de un amigo de la infancia, Roderick Usher, artista enfermizo y excéntrico que vive completamente recluido en compañía de su hermana, Lady Madeline, también delicada de salud. Usher vive presa de una enfermedad indefinible, lo que hace a todos temer por su vida. Todo acabará en un trágico final. 

El inicio del relato no puede ser más magnético y además la narración es tan perfecta que se puede releer tantas veces como uno quiera. Se trata del mejor relato escrito por Edgar Allan Poe. Ninguno lo supera, y si fuera así, invito al afortunado a revelarlo. Aquí yacen ocultos muchos de los misterios de la angustia del ser humano que esperan ser liberados para ampliar la conciencia y conseguir más armonía y plenitud. ¡Blum!


"Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza."

jueves, 4 de septiembre de 2014

Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón

Literatura trepidante. Desde la primera línea Ignacio Martínez de Pisón conoce el mecanismo para volcarte en la historia e introducirte en una época que rebosa personales ilustres, hechos históricos y memoria colectiva.

Dos jóvenes universitarios, José Robles y el norteamericano John Dos Passos, se conocen en un vagón de tren de tercera clase que se dirige a Toledo, y hablan de pintura, literatura y poesía. Al bajar del ferrocarril se van juntos a presenciar El entierro del conde Orgaz del Greco. Entre ellos surge una noble amistad en la que comparten aficiones de viaje, inquietudes culturales y simpatía por los idiomas. Años después Pepe Robles será quien traduzca al castellano Manhattan Transfer de John Dos Passos. Pero tiempo después, instalado en EEUU, decide regresar a España para ponerse al servicio del gobierno republicano. Los servicios secretos soviéticos le detienen y desaparece, dejando una incógnita penosa. Su amigo, John Dos Passos, regresa a España para colaborar en un documental de propaganda republicana, titulada Tierra de España y se entera de su asesinato. Empeñado en averiguar la verdad, choca contra una tupida conspiración de silencio y mentiras, que acabará determinando su evolución ideológica y provocando una ruptura de su vieja amistad con Hemingway. 

Enterrar a los muertos es un producto literario muy exigente que combina la documentación rigurosa y la recreación biográfica, de una muerte que representa la insensatez de la guerra y la  vileza que supone justificar los medios para llegar a un fin que es siempre dudoso. Ignacio Martínez de Pisón pinta con palabras ágiles y precisas, como lo hizo el Greco con su pincel y su técnica cromática, un hecho que está hinchado de ricos detalles y que conforman el cosmos de nuestra guerra civil española, y por lo tanto de nuestra historia colectiva. Su narrativa es excepcional. He querido percatarme de su talento literario, antes de introducirme en su última y más contemporánea obra, que intuyo será un acierto. Volveremos a tenerle en este blog tan huracanado. ¡Blum!

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas

No leo a Enrique Vila-Matas para comprender la trastienda cerebral de un hombre sabio de mi país, aunque éste enfoque también resultaría interesante. Leo a Enrique Vila-Matas porque su literatura se encuentra en una dimensión absolutamente desconocida en la escritura, y porque su tono y su elegancia me hacen sentirme vivo y me permiten sobrevolar cualquier plano de esta incierta realidad, con entusiasmo y plenitud. Su mentira me envuelve y me sube a lomos de un dragón honorable que recorre ríos curvilíneos para guardar tesoros subterráneos mientras atrás, denostados, dejamos la niebla húmeda y plúmbea. 

Kassel no invita a la lógica es un impulso hacia un mundo más personal y onírico, a modo de brisa sutil que ejerce de pretexto para el cambio, de movimiento y de tránsito, que devuelve al ser humano a un estado de gran entusiasmo para iniciar ese viaje sin rumbo, como el barco ebrio de Rimbaud que emprende el extravío en un viaje sin fin. 

Vila-Matas nos recuerda que "en lo más recóndito de nuestras cabezas está una enorme trastienda cerebral, feroz, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos" y que por eso inventamos la Razón, para contraponerla al gran embrollo del vacío general, tan letal.

"Disculpas por Descartes"

Su literatura posee tal fuerza de contagio, que al terminar de leer su enigmática quimera, deja una luminosa e inmensa estela de referencias literarias, escritores y obras artísticas, arrojados como astros para estimular el próximo rumbo: vivir lo más cerca posible de su metaliteratura. Su obsesión literaria es arte en sí. Ahora, va a ser imposible renunciar a Kassel. Ahora, me siento obligado a leer a Williams Gaddis. Gracias V-M. Eres admirable. Te deseo el Premio Nobel de Literatura y que saques otra obra en cuanto puedas. ¡Wyatt!

"El arte es lo que nos sucede."

martes, 19 de agosto de 2014

Iqbal Masih. Lágrimas, sorpresas y coraje, de Miguel Griot

Miguel Griot es el J.D. Salinger de la Generación X española y el Dave Eggers de la literatura castellana. Su primera novela deja testimonio del triunfo de la esperanza sobre la experiencia y de la resistencia y la lucha humana ante la tragedia y el desastre. La elección de su tema define con precisión la altura de su escritura. Su construcción literaria procede del estudio y de activar una conciencia despierta.

Puesto que el arte literario se mide por su capacidad de abrirte los ojos, la obra de Miguel Griot actúa como unas manos que te van quitando la venda hasta recuperar la mirada y la humanidad, lo que demuestra ser claramente una literatura de talento, una literatura dispuesta al tránsito, que no puede dejarte indiferente.

Escrita con la naturalidad de quien posee un don, la lectura fluye a gran velocidad y las hojas desaparecen como gaviotas en la aurora, fundidas en el horizonte, donde las promesas son de color azul. Con un estilo sobrio y minimalista, heredero de las riquezas de Hemingway, irá apareciendo Iqbal Masih, fragmento a fragmento, hasta completar el mosaico de una gran verdad, desde la interpretación de más de veinte personajes diferentes que le conocieron y que te harán reflexionar y observar con la nitidez de un deseo crepitante, que traspasará la curiosidad.

Al cerrar el libro, verás el rostro vivo de Iqbal Masih, sentirás su vida, pertenecerás a su historia y cualquier alfombra que te encuentres ya no será una alfombra más. Avivará tu humanidad. Corre a conocer esta historia. Está llena de osadía, de inteligencia y de sensibilidad. Gracias Miguel Griot. Estás trayendo una nueva literatura, la que sobrevuela y transforma nuestra realidad, como lo fue el espíritu de Iqbal Masih. Esto es un Huracán en papel. ¡Cójanlo!