HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

martes, 15 de marzo de 2011

Purga, de Sofi Oksanen

Como todos los sábados por la mañana cogí el Pc-Tablet y me descargué la versión impresa en pdf del suplemento cultural Babelia de El país para conocer l'actualité litteraire y en la portada recibí una muy interesante noticia. Sofi Oksanen había sido galardonada con el Premio a la Mejor Novela Europea del 2010. Así que sin leer el artículo marqué el teléfono de la librería y me lancé a preguntar si ya estaba a la venta. La librera me dijo que sí. Me contó la gran acogida que había tenido, me contó que tal vez era una literatura para mujeres, intimista y que profundizaba en la psicología de los personajes. Yo le contesté que eso la convertía en una pieza todavía más interesante. Le gustó mi apertura. Seguimos charlando. Me contó que una mujer belga ya la había leído en francés pero que deseaba leerla también en español de lo mucho que le había gustado. Me fue dando más detalles. Mientras tanto el título me resonaba con más fuerza en la cabeza. Purga. Purga. Purga. La palabra me suscitaba catarsis y renovación. Le conté que acababa de leer 1Q84 y que había quedado muy decepcionado. Muchísimo. Le añadí que conocía la versión de Orwell. Ella también. Coincidimos en que cualquier versión orwelliana era candidata para indiferenciarla. Su fidelidad a Orwell me gustó. Yo aún le di una oportunidad a Murakami. Ella por suerte, no. Surgió contarle mi activismo como bloggero. Yo sabía que ella también mitigaba su crítica literaria en la eternidad de la bloggosfera. Intercambiamos los dominios, pero yo sabía más de ella que ella de mi. Eso me vino a la cabeza, un instante, hace cuatro años, en el 2007, le pregunté si sabía cuando llegaría el National Book Award 2007 traducido de Denis Johnson. La noté ágil. Noté que devoraba la literatura. Tenía muchísimo entusiasmo. No ha perdido ni un ápice. Siempre que he entrado en esa librería he puesto atención en lo que contaba. Ahora sigo sin acordarme del su Blog, tras colgar el teléfono se me esfumó. Busqué por Google con la palabras que creía haber recordado, La casa del libro perdido, pero no obtuve recompensa. ¡Qué cabeza la mía! Así que me fui sin dilación a comprarlo. Ni tan siquiera quise leer el artículo del Babelia. Quería entrar en blanco en esta premiada novela. Y lo compré en otra librería. No entré en la suya. Puede que por el título. Purga. Purga. Ahora... acabo de terminar de leerla y esto es lo que puedo decir de ella. No es mucho. Pero es algo.

Interesante escritura excesivamente premiada. La narración es fluida y en ocasiones alcanza un nivel estético rozando lo poético pero sin llegar a serlo. El estilo me hizo acordarme de Herta Müller por la brevedad de muchas de sus frases pero sin la potencia simbólica de su prosa. Escrita con mucho ritmo. Dibujando los temores psicológicos de dos mujeres que nos abrirán diversos mundos conectados con Estonia, la guerra de los Balcanes, la ocupación nazi, la invasión comunista de Stalin, el tráfico de mujeres, rivalidades, traiciones, humillación y miedo. Soki Oksanen está a medio camino entre Assa Larson y Herta Müller. Este es su tercer libro. Su literatura promete, pero aún pasará mucho tiempo hasta que alcance la Alta Literatura. Disfrutarán mucho con los personajes de Aliide y Zara. Con su vínculo. Sobrecoge y... purga. Purga. ¡Viva Estonia libre!

sábado, 26 de febrero de 2011

1Q84, de Haruki Murakami

Leí 1984 de Orwell en la misma época en la que descubrí el jazz, el sexo multicultural y la revolución de los sentidos. Me lancé a esta convulsa lectura estudiando la carrera en Salamanca, consciente del que sería uno de los mejores tránsitos literarios. Psicología, filosofía de la mente y literatura debían caminar siempre juntas para indagar en los verdaderos problemas de la humanidad, las preocupaciones morales del hombre, penetrar en lo más íntimo de la psicología humana hasta un nivel de profundidad catártico. Orwell creía en la inmortalidad personal y sabía muy bien que el hombre medio quedaría totalmente deteriorado si seguía trabajando como una bestia de carga o temblando por miedo a la policía secreta o cualquier cuerpo fascista de represión, cuestiones que le llevaron una y otra vez a planteamientos socio-políticos en sus obras. Orwell, en plena fase de reposo para curar su tuberculosis en Inglaterra, se marchó como un Quijote a luchar contra el fascismo que estallaba en la Guerra Civil Española, tomando una postura tanto antifascista como anticomunista puesto que su verdadero espíritu revolucionario era antitotalitario. Esto me causó una admiración total hacia su visión humanitaria de las sociedades y la política. Muchísimos años después, instalado en Zaragoza, recorrí la Ruta Orwell por Aragón para presenciar las barricadas en las que había luchado y revivir un quark de todo su espíritu libertario. Supe inmediatamente que Orwell ante todo era un hombre que nunca le tuvo miedo al poder, sino repulsa a aquello que oprimía la libertad del ser humano. Su ideal se definía en los valores democráticos y para divulgarlos luchó en contra de la manipulación de la historia, tema de completa relevancia en 1984 y que conecta con sus recuerdos en España. En 1944, el mismo año que terminó Rebelión en la granja dejó escrito en su columna literaria del semanario socialista Tribune, la siguiente idea que me gustaría que leyeran antes de que entremos en la crítica de la obra de Murakami:
Durante la Guerra Civil Española tuve la sensación muy fuerte de que nunca se escribía o podría escribirse una verdadera historia de la guerra. Cifras exactas, relatos objetivos de lo que pasaba, simplemente no existían. [...] Y si Franco o cualquiera que se le parezca permanece en el poder, la historia de la guerra consistirá en gran medida en «hechos» que millones de personas actualmente saben que son mentiras. Uno de estos «hechos», por ejemplo, es que hubo un considerable ejército ruso en España. Existen pruebas abundantes de que no hubo tal ejército. Pero si Franco permanece en el poder, y si el fascismo en general sobrevive, ese ejército ruso aparecerá en los libros de historia y los escolares futuros creerán en ello. Así que, desde un punto de vista práctico, la mentira se habrá hecho verdad.

Pues bien. De esto trata la ficción mientras que el 1Q84 de Murakami me ha resultado literatura plana de narrativa circular, manida y sin pulso, que hace uso de una quincena de metáforas sintoístas para abrir el apetito pero desprovista de relieve, de luz y de singularidad. Me siento timado por este escritor japonés a la caza del bestseller para hacer otro bestseller y sigo sin entender porqué se le cita como candidato al Premio Nobel de Literatura con las patatas que publica. 1Q84 es un plagio estructural de Los hombres que no amaban a las mujeres de Steig Larsson hibridado con Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll y tres someras pinceladas de la auténtica 1984 del maestro Orwell, quien en su día generó en mi intelecto uno de los más huracanados impactos literarios de la literatura antitotalitaria. Aquí el concepto del Gran Hermano ha sido desprestigiado. Haruki Murakami me sigue pareciendo un escritor de adolescentes ya casi al mismo nivel que Federico Moccia o Stephenie Meyer, sin el mojigatismo de éstos, pero a años luz de la literatura de Kenzaburu Oe como referencia de tránsito en la literatura japonesa que saltó a los abismos del existencialismo. Murakami es un escritor completamente encajonado por los muros de las ventas con una su visión isla del que tan sólo consigo sacar una narración fluida, propia del barman inquieto que fue en su día, muy interesando por el jazz, la música docta, los gatos, la comida sana y sus carreras de runner mediático, pero que a ojos vista, expresa poco el poder y la grandeza subversiva que posee la Alta Literatura. Al penetrar en la naturaleza de la ficción muestra ideas letas, enclenques y gurruminas. Y con ello me remito al trasunto de la teoría A y la teoría B sobre realidad que, Aomame, protagonista de esta pauvres roman, mantiene con el lider esquizoide de una secta calco a los Testigos de Jeohvá al que presenta con poderes telekinésicos. Dentro de la lógica narrativa común estaríamos hablando de uno los momentos más álgidos de la historia, cuando acude a esa oscura y tétrica habitación de hotel de Tokyo para darle un quiromasaje que pueda mitigar la extraña insensibilidad (particularidad, que por cierto, me recuerda a la analgesia congénita que sufre uno de los esbirros de Zala en la Trilogía Larsson, otra coincidencia más de las tantas que aparecen) de una enfermedad muscular que nadie es capaz de sanar. El líder de Vanguardia sabe cual es el cometido de Aomame y la espera para que de fin a su tormentosa vida. Pero antes le dice cómo van a sucederse los acontecimientos. Le habla del gran amor que Aomame siente por Tengo y de lo que tiene que sacrificar para salvarle la vida. Toda una serie de argumentos y bagatelas que te alejan de lo que podría haber sido, tal vez, una trama adictiva. A partir de ahí se va poniendo cada vez más cansino. Entra en el tema de los perciever, los reciever, la daughter y los siete Littel Peopel y tengo la impresión de estar leyendo casi un poema de Gloria Fuertes. Y si además comparo a los protagonistas Murakami sale perdiendo porque Winston, era ateo. No cree en dios, pero entiende que existe un principio en el universo que termina destruyendo a aquellos que son malvados. Tal vez el espíritu del hombre. Él es el guardián del espíritu humano, mientras que Tengo, el protagonista de Murakami es un matemático con dotes para la narración pero incapaz de lanzarse al caos. Orwell salta a un futuro cercano y Murakami hipotetiza sobre un pasado cercano que podría haber sido otro del que ahora conocemos. Una ficción poco estimulante.

Tan sólo rescato de esta obra todo lo referente a la ciudad de los gatos. Ésta es la parte que para mi podría haber ocupado toda la novela por el peso de ficción y atracción que posee. Y, al igual que nos tiene acostumbrados Paul Auster en sus obras, Murakami también arroja buen cine, música y buenos libros dentro de sus viajes literarios. En cuanto a música cita la Sinfonietta de Janácek, lo más selecto de Bach y el Lachrimae de John Dowland. Sobre literatura rescata la maestría del Cantar de Heike, la Antología de los Cuentos del Pasado y las reglas narrativas de Chéjov. Al cine le dedica atención a Trono de sangre y La fortaleza escondida de Akira Kurosawa junto con La huida de Sam Peckinpah. No está nada mal, aunque todo ello queda deshilado de la narración, excepto la Sinfonietta, con la que logra un ritmo de intriga en el comienzo propio de un escritor al que se le espera tanto. Y lo que fue anunciado como su obra maestra se ha quedado en un folletín ambientado en un escenario con dos lunas, un amor melancólico y una crisálida borrosa. Aprovechando además para hacer publicidad patriótica de Toyota. No sólo es mala literatura sino que además 1Q84 de Haruki Murakami quiere tener tantos colores que pierde la advertencia grisácea orwelliana. Esta obra me hace entender lo poco que sabe Murakami de la tragedia de las guerras y lo fácil que es juzgar desde su sillón encumbrado. Aquí no hay nada de Orwell. Esto se acabó y poco me importa lo que contenga el tercer libro. Es una obra irrecuperable. Para mi, el resto, es silencio. Discúlpenme, amantes de Murakami, pero es que hasta el traductor no ha estado nada acertado.
Página 558
Aún así, la pongo a su disposición, para que ustedes mismos la lean y la valoren: Descargar

lunes, 31 de enero de 2011

Constatación brutal del presente, de Javier Avilés

¿Quién ahora sino Javier Avilés?, editor multiegoíco del metaliterario blog El lamento de Portnoy, ese mítico espacio para la reflexión más intelectual dedicada al cine y la literatura. Un debut, por mi parte, muy esperado, por la original posición en la que coloca su ojo crítico-fenomenológico para escudriñar la realidad siempre enmascarada. Su motor existencial avanza por túneles húmedos, tuberías estrechas, entre marañas de cables y tubos hacia una ficción ajena, recubierto de polvo y mugre, distanciado del texto, observándose así mismo escribir, hacia la muerte del narrador, contra la imposibilidad e inexistencia del lector, buscando el ideal en la nada, en la prisión catártica de una habitación milimétricamente habitada para el otro, afinada igual que la de Celso Castro, pero en clave grave de Do, con el ansia, el hambre y la sed de acelerar el tiempo hacia un apocalipsis que detone definitivamente lo narrativo, en pro de un mañana en el hoy. Y puesto que como apunta, con su arma brillante y aceitosa, ya todo está dicho en la literatura, lo único que puede suscitar el tránsito devendrá en la forma de contarlo. Esa puerta, hoy cerrada, nos dará paso a La Cúpula. Siga avanzando lector, no se detenga. La Constatación brutal del presente, y olvídese de ironías, podrá verificarse atendiendo al Sigma Fake de Allen Smith (el punto omega de Javier Avilés), documental que desmiente lo narrado y descubre la impostura de ese legendario funambulista, Phillipe Petit (actor en realidad), que cruzó en 1974 (todo mentira) por un cable de 60 metros de una a otra torre del Word Trade Center de Nueva York. Pura estafa, ficción mediática, pero a la postre real en la mente popular que lo presenció desde el celuloide. Y avanzando por estas tuberías-dendritas, nos traerá al recuerdo la literatura de Goethe o la supratécnica descriptiva de algunas de las mejores escenas de La chaqueta metálica de Kubrick, incluido el himno maquinal a Micky Mouse que cantan los soldados al final del largometraje por las orillas del Río del Perfume, uno de los lugares más asombrosos por los que he podido transitar, en ese viaje de contracultura que hice por Vietnam y asaltado, como no, por las imágenes de Apocalipsis Now, también referenciadas con el mismo afán. Un mapa cognitivo que nos despierta un dolor común, universal.

Javier Avilés innova una nueva literatura, despiadada, brutal, escatológica y dilatada, ampliando el texto cuadrilátero hasta el último aliento de su pulso articulado, sin tregua a la razón y consiguiendo párrafos de una profundidad artística. Hacia una captura nabokoviana de grises mariposas ceniza, símbolo implacable de la belleza en la muerte y la destrucción, nos va guiando poco a poco con sus teorías metaliterarias, por las ruinas que ha de atravesar para llegar , tal vez como lo hizo Cormac McCarthy por su carretera sanguinaria, a una textura literaria que emita luz y calor, que permita al pez soñar y al hombre del traje marrón superar su fuga Bartleby quinquenal, como brutalmente he podido constatar en esta tarde de lectura, oscuridad y fogonazos estroboscópicos hasta el metemerómofo más teatral. Me gusta desconocer a Javier Avilés. Le seguiré hasta ese ansiado final.


“Todo debe ser falso. Para que se pueda alcanzar la belleza, el escenario sobre el que se plasma debe ser falso.”

domingo, 30 de enero de 2011

Warlock, de Oakley Hall

Explorando en las vitales lecturas de Thomas Pynchon, descubrí que en la misma época en la que fue alumno de Nabokov, cayó en sus manos una novela de Oakley Hall que llegó a calificar como una obra de microculto, como una de las mejores obras de la literatura moderna norteamericana por su claridad y su profunda sensibilidad para adentrarse en los ásperos abismos en los que se fundó la sociedad americana.

Fui a la Biblioteca Pública y allí estaba solitaria. Esperando a que mis manos la capturaran. La he leído con las botas puestas y puedo decir que la experiencia es arrolladora. He tragado polvo y los disparos me han pasado muy cerca de mi cabellera. Se trata de una obra de culto que tilda a EEUU nación de pistoleros, país de alma dura, aislada, estoica y asesina, que aún está por ablandarse. Los padres fundadores de Norteamérica no fueron aquellos caballeros del siglo XVIII que constituyeron una nación en Filadelfia, sino aquellos que crearon violentamente una nación en un páramo implacable y opulento: pícaros, aventureros, grandes terratenientes, guerreros indios, comerciantes, misioneros, exploradores y cazadores que asesinaron y fueron asesinados hasta conquistar el territorio desolado.

La novela está basada en personajes y acontecimientos que tuvieron lugar en el OK Corral en Tombstone, Arizona. El diálogo suena tan cierto como el sonido de un dólar de plata arrojado en la barra. Oakley Hall construye esta hiper-realista ficción para mostrarnos como la persona que subyace en la figura del sheriff o del comisario es tan sólo un estoico asesino que acecha bajo la superficie de una conciencia colectiva y moduladora. Los ciudadanos de Warlock se sustentan gracias a la minería, y seguidamente, a la fabricación de ataudes, que irán a parar a Boot Hill, la Colina de las Botas. Cuatreros, mineros borrachos, pistoleros y asesinos, tienen por costumbre alterar el orden y llevarse con sus balas, las vidas polvorientas de aquellos que osan cruzarse en su camino.

Warlock está dividido entre los que desean la paz y el orden, representados por la Comisión de Ciudadanos y por otro lado los hombres de Abe McQuown, el Zorro Rojo. Un ladrón de ganado que causa un gran temor cuando acude desde San Pablo a la ciudad para jugar a póker y beber whisky en los salones de Warlock. Pero también, es quien pone orden entre los bandidos del valle y causa el caos en la ciudad de Warlock. Para evitar esto, la Comisión de Ciudadanos, contrata al hombre de las pistolas de oro, un tipo muy rápido que se enfrentará a cada uno de los maleantes y le prohibirá la entrada en la ciudad a aquel que no respete las normas cívicas de esta ciudad sin ley. Tres nombres les provocarán en la lectura una total intriga: Clay Blaisedell, Tom Morgan y Jonnhy Gannon. Así que prepárense... porque si entran en Warlock, algo de ustedes se quedará allí para siempre. Vigilen la llegada de Kate Dollar en la diligencia Concord, el modelo más extendido del Oeste y construido para la Wells Fargo Co. A partir de ahí, la lectura se vuelve apasionante. Thomas Pynchon no habría disfrutado con menos. Suyo es ahora el señuelo. No la pierdan de vista porque atrapa. La película de Edward Dmytryk no le llega ni a la suela de los zapatos. Curiosamente nada citó de lo mal que se portaba el Séptimo de Caballería. Un tema indispensable para entender que ocurre en Warlock. Y por último decir que me gustó mucho leer la introducción que le hizo Robert Stone a este titán de la literatura norteamericana. Las uniones entre estos autores se hacen cada vez más fuertes y acordes. Cobran un sentido mítico. Esto lo cuento para aquellos que quieran establecer vínculos entre los conflictos de Warlock, la guerra de Vietnam o los próximos duelos al sol en los que esta nación de pistoleros quiera jugarse el tipo. Es momento para el tránsito.

“¿Qué habré hecho yo para estar siempre matando una parte de mí con cada disparo? — Clay Blaisedell.”

miércoles, 5 de enero de 2011

Las furias, de Keith Roberts

Encontré esta singular obra fisgoneando hace dos semanas en un rastrillo de antigüedades cerca de mi casa. La vi dentro de una de esas cajas negras de plástico que suelen emplearse en los supermercados para vender fruta o verduras. La caja yacía en el suelo, repleta de libros de ciencia ficción, libros maltratados, novelas muertas y ninguneadas dentro de ese caudaloso e inabarcable torrente comercial. La edición no podía ser más salchichera, cutre y perturbadora. Olía a moho y a habitación cerrada. La portada me causó una cierta repugnancia y perplejidad pero a la vez sentí una insólita atracción por su extravagancia. Tuve la necesidad de saber quienes eran Las furias. El título me hechizó. No podía esperar más. Saqué la cartera y me la llevé por una moneda de cincuenta céntimos, por una inconmovible moneda fría, que me transportó a una era apocalíptica dominada por avispas gigantescas que trataban de aguijonear a toda la raza humana hasta la extinción. Nada de lo leído tuvo que ver con la atmósfera de la portada, ni tan siquiera con la lozana dama desabrigada, pero seguí los pasos de Bill Sampson hasta el final. El tipo me cayó simpático e ingenioso, sobre todo un luchador intrépido que ha añadido a mi folklore multicultural el pánico extra-ficticio hacia esos seres puñeteros que arañarán nuestras puertas en las noches de viento y perturbarán de vez en cuando nuestros sueños con el zumbido de sus alas con cuidadosa movilidad. Por si no la encuentran, se la cedo desde aquí con total amabilidad en esta noche de Reyes. ¡Disfrútenla! Se lee del tirón.
“A su alrededor las Furias parecían una nube negra, que lo cubría todo por entero, convulsionándose y apretujándose, procurando mantenerse fuera del alcance del lanzallamas.”

martes, 21 de diciembre de 2010

Body Art, de Don DeLillo

Da gusto acercarse al escaparate de la librería y descubrir que por fin ha sido traducida la obra de un genio. Aunque hayan tenido que pasar diez años desde su primera aparición. Puede que esto cambie algún día. Puede que no. Ya me da igual. Lo real es que está aquí. La he leído y soy feliz. Es uno de esos autores que hacen que la palabra alcance un valor sublime, paradigmático.

DeLillo escribió esta novela de atmósfera beckettiana en 2001, cuatro años después de publicar su gran obra maestra, Submundo. Decidió alejarse por completo del que hasta entonces había sido su estilo de ficción. Buscaba un viaje interior. Sumergirse en las misteriosas cavidades del inconsciente. Y por supuesto, lo consiguió.

Body Art es un poema lóbrego de trayecto elíptico que explora los problemas de conciencia de Lauren Hartke, una mujer cuya obra trasciende los límites del cuerpo y del tiempo, en subversivas performances, tratando de llegar a una conclusión sobre el suicidio de su marido, Rey Robles, cineasta de westerns y poeta cinematográfico de lugares solitarios, de paisajes de aislamiento.


DeLillo abandona la iconografía del pop e inicia su novela atendiendo a las cosas más prosaicas de esta distanciada pareja, y para ello describe su interacción durante el desayuno. Lo que nos permite observar el relieve de ambos personajes y explorar más tarde las consecuencias del desenlace.

“Ella dejó correr el agua del grifo sobre los arándanos que portaba en el hueco de la mano y cerró los ojos para disfrutar del aroma que ascendía.”
“Él, sentado frente al periódico, removía el café. Se trataba de su café, de su taza. Compartían el periódico, pero el periódico, en realidad, le pertenecía tácitamente a ella.”

Y poco a poco DeLillo irá recorriendo las murmuraciones subconscientes de Lauren, la vida emocional de su conflicto. Investigará una vez más en la identidad y en el destino. Paso a paso. Lentamente. Cada frase amplificará el tránsito. La lectura les permitirá penetrar en los subterfugios del alma y les suscitará una nueva catarsis puesto que como decía Beckett, el individuo es una sucesión de individuos y si Laura, esta misteriosa artista del cuerpo siente la necesidad de desembarazarse del suyo propio, inventar una naturaleza muerta viva en sus performances, nosotros, hombres desnudos, desprovistos de un lenguaje y una cultura reconocibles, arrojaremos el concepto de verdad al suelo y nos dejaremos salpicar por otros textos que nos depuren y nos permitan redibujar en el recuerdo ese efímero estado fogoso de alteridad en el que lo oculto se respeta mucho más. El tiempo ha retrocedido. Cierro la tapa del libro y... que más da. Siento que puedo sonreír. ¡Disfruten!

jueves, 16 de diciembre de 2010

Dog Soldiers, de Robert Stone

Robert Stone decidió ser escritor al releer El gran Gatsby, la última gran novela americana, e icono literario de lo inalcanzable. Con veintiún años sintió el deseo de vender su visión, su humo alucinógeno literario y encapsularlo en una novela, al igual que Franzis Scott Fitzgerald. El primer intento le llevó seis años de trabajo, o como él contó, le llevó toda su juventud, pero de ahí surgió en 1967, a sus treinta años, El salón de los espejos, con un estilo propio de los escritores beat, basándose en parte en hechos reales, describió el escenario político dominado por el racismo de extrema derecha de los años sesenta en Nueva Orleans, con el asesinato de Kennedy de fondo, la defensa de los derechos civiles, las protestas hippies y la guerra del Vietnam. La novela fue adaptada en 1970 para la película WUSA con Paul Newman y Anthony Perkins y alcanzó un éxito rotundo. América y los americanos se veían reflejados trágicamente. Robert Stone se volcaba profesionalmente en la escritura. Había nacido otro prosista ciclópeo. Un narrador de ácido existencialismo.

Un año después, Robert Stone fue enviado a Vietnam como corresponsal de un diario británico durante seis semanas y allí fue testigo del mercado de heroína en Saigón, un negocio dirigido por militares, diplomáticos y periodistas corruptos en el sórdido mundo subterráneo de las drogas, el alcoholismo, la perversión sexual, la violencia y la política de soborno. Robert Stone, alterando su percepción con psicodélicos en esa época de la caída de la contracultura de EEUU, la desconfianza justificada de las figuras de autoridad, y el fin del optimismo de la década de 1960, nos muestra en su segunda novela publicada en 1974, lo duro que es ser decente, como el sueño se agrió y se derrumbó en una bazofia de vidas rotas, para así evidenciar que nuestro peor enemigo habita, curiosamente, dentro de nosotros.

La historia de Dog Soldiers gira en torno a cinco personajes perfectamente construidos que quedarán envueltos en el tráfico de heroína. Converse es un escritor de obras de teatro que trabaja en una de las revistas de su suegro, escribiendo artículos picantes, sobre jueces sadomaso o motoristas lesbianas. Necesita darse un respiro y decide largarse a Saigón durante un tiempo, para vivir otras experiencias y tal vez para sacar de allí otro libro. Así que a la mañana siguiente del segundo cumpleaños de su hija despega de Okland con dirección a Saigón para ocupar puestos de los corresponsales independientes que se iban marchando del país. Allí se lía con Charmain, una mujer fría, calculadora, y pieza clave de una red de narcotráfico que sutilmente le propone un plan, presentado con tal habilidad y fascinación que es incapaz de negarse.

“Ella tenía contactos en EEUU, unos cuantos miles para invertir y acceso al coronel Tho, cuya refinería de heroína era el cuarto edificio más grande de Saigón.”

Converse tiene la posibilidad de comprar por diez mil dólares, tres cuartas partes de tres kilos del material del coronel con un dinero cobrado hace tiempo por la adaptación de su obra de teatro. Su parte de la venta en EEUU ascendería a cuarenta mil. No habría riesgo de malentendidos porque todos son amigos. Marge, la mujer de Converse, también acepta participar. Así que la operación se pone en marcha. Hicks Ray, un marinero paranoico de la Marina Mercante enamorado de la filosofía de Friedrich Nietzsche será el encargado de pasar la droga en barco hasta EEUU; Marge, la esposa de Converse, les esperará para recogerlo y participar en este aciago acuerdo de tráfico que les arruinará inexorablemente sus vidas. Antheil, será quien les persiga, un tipo misterioso, que podría estar interesado en detenerlos y conseguir los estupefacientes fuera de la calle, o matarlos y mantener el botín para sí mismo, aunque nadie podrá decirlo con total seguridad.

“La cerveza 33 la hacían con formaldehído. Se rumoreaba que los cigarrillos Park Lane, canutos liados y empaquetados en fábrica con el filtro brillante eran liados por leprosos.”

Saigón emerge como un laboratorio de decadencia. Con un calor pegajoso. Torrentes de Hondas inundando la macrópolis de la corrupción. Detalles muy bien elegidos que nos trasladan a uno de los países más exóticos del planeta y de mayor singularidad, y que en mi caso me han permitido recordar las tres semanas que estuve en este país, conduciendo las famosas Honda Wave por sus más importantes ciudades, como Hanoi, Hue, Hoian, Nha Trang, Da Lat, Da Nang o Ho Chi Mhin. O navegando por la inmensidad del Delta del Mekong, por los misterios del Rio del Perfume con sus decenas de pagodas guardando las flores de loto o por la silenciosa Bahía de Halong que atesora uno de los escenarios geográficos más espectaculares de la Tierra. Puedo decir que yo también sentí en Saigón esa tensión de ciudad caótica y degenerada. Fue allí donde presencié un tiroteo y en donde me vinieron a ofrecer droga dentro de un paquete de tabaco, en una calle plagada de bares frecuentados por niñas con minifaldas a la espera de hombres que se las llevaran de dos en dos, por un puñado de dólares.

Y en cuanto al estilo de la novela decir que incita a descubrir el desenlace con una atención ceremoniosa en la vida interior de estos personajes que deben aprender a adaptarse a un futuro muy diferente que les acechará en sus más asentados recuerdos. La novela evoca la memoria de la guerra y sus secuelas con una potente habilidad de atribución como en el episodio de la masacre de elefantes.

“Si en el mundo va a seguir habiendo elefantes perseguidos por hombres que vuelan, la gente naturalmente va a querer colocarse.”

Dog Soldiers ganó en 1975 el National Award, convirtiendo a Robert Stone como el mejor escritor de la era post-Vietnam. Tres años después la novela fue adaptada para la película ¿Quién detendrá la lluvia? , protagonizada por Nick Nolte. Y hace no mucho la revista Time la incluyó como una de las 100 mejores novelas del idioma inglés desde 1923 hasta 2005. Asi que si deciden leerla comprobarán que aquí hay un valor seguro. Para mi, su final, es lo realmente nutritivo y la parte en la que más se disfruta de ese particular realismo alucinógeno que define la literatura de Robert Stone. La parte central puede resultarles un tanto vacua e insustancial, con una atmósfera que les recordará seguramente a las películas de Tarantino y a los parajes de Cormac McCarthy. Yo no he podido sacar ningún tipo de correspondencia con la literatura de Hemingway, como he podido leer en los Blogs de otros críticos. No llega a tanta calidad literaria. Sin embargo la novela supone una experiencia muy interesante, sobretodo por disfrutar de muchos de sus genuinos párrafos psicodélicos. Aún así, sigo creyendo que Árbol de humo de Denis Jhonson es la verdadera obra definitiva sobre la guerra de Vietnam, y la que ha sido capaz de mostrar con el suficiente realismo y vigor los corolarios de esa trágica contienda. Al igual que Dog Soldiers ganó el National Award en 2007, con un nivel de descripciones superior. Es una de esas novelas que permanece brillante en mi recuerdo, por su potencia literaria y por su aparición, puesto que este hecho sucedió justo un mes después de mi regreso de Vietnam, justo después le otorgaron el más prestigioso premio de la literatura norteamericana. Un suceso que baila afín a la sincronicidad. Aunque este tema prefiero postergarlo para la reseña de otra próxima novela que trate sobre lo nuestro y lo casual. ¡Disfruten, Dog Soldiers! La literatura les protegerá.

“Este país nos hace descrubir a todos quienes somos realmente.”