HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Roberto Bolaño, Thomas Pynchon y Enrique Vila-Matas. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2026

martes, 28 de abril de 2026

Gato encerrado, de William S. Burroughs

Estoy unido a dos gatos arrebatadores y al tantear curiosidades literarias por la librería vi esta simplificada portada de Burroughs y reapareció en mi conciencia un renovado espíritu underground infectando el pensamiento con un lenguaje virulento, convertido en arte, arte como instrumento de desprogramación social. Encorvé mi mano y me lo llevé sintiendo un ronroneo en el pecho. 
 
Leí  al narrador del desmontaje, expresando su devoción hacia los muchos gatos que habían enriquecido su vida: Ruski, Ginger, Ed el gato albino, Smoky, Wimpy, Horatio, Calicó Jane, Fletch... y de repente noté que yo era uno más de ellos, un gato encerrado que no puede caminar solo y debe permanecer en su lugar. 
 
«Las personas y los animales pueden desaparecer de espíritu antes de desaparecer de cuerpo.» 
 
Burroughs nos somete a un proceso de desorientación deliberada que busca, paradójicamente, una forma de lucidez más radical. Si la narrativa tradicional intenta ordenar el mundo, la de Burroughs lo desordena para que puedas verlo. Es una experiencia sensible de emociones contenidas en un tono crepuscular.
 
 «Para mí el gato blanco es un mensajero que me cita para que afronte el horror de la devastación termonuclear.» 
 
Tras compartir este silencio cómplice abatido por las balas de su lenguaje, he comprendido que los gatos no nos pertenecen. Observan. Registran los fallos del sistema nervioso humano. Lamen las heridas sin permiso. No juzgan. Solo miden la distancia entre tu piel y la jaula. En sus ojos no hay moraleja, solo un espejo donde el lenguaje se oxida. Los tocas y sientes el pulso de otra máquina, más limpia, libre de la gramática del control. No son mascotas. Son testigos silenciosos del colapso. Cuando cierran los párpados, el virus se detiene. Un instante. Suficiente. Nos permiten estar con ellos ¡Blum!

El Golem, de Gustav Meyrink

 

He leído El Golem con la paciencia que exige toda obra que pretende habitar la ciudad de Praga. Meyrink conoce las calles del antiguo ghetto, sus portales hundidos, el aire denso que parece respirar aún con la fe de generaciones enterradas. Praga no es un escenario, es una herida que sangra en silencio. Pero cuando el autor intenta convertir ese silencio en espectáculo, la novela se quiebra. Lo oculto no debe anunciarse con tambores, debe insinuarse, como una grieta en el suelo que uno evita pisar sin saber por qué. Meyrink, en cambio, lo exhibe. Amontona símbolos como mercancías, los pule hasta que brillan bajo la luz del sensacionalismo, y los vende como misterio. Yo no busco el misterio; busco lo que el misterio oculta, la culpa sin delito, la ley sin juez, el cuerpo que camina sin saber si ya está muerto.

 El Golem no debería hablar. Debería ser el peso de lo creado contra su creador, la forma sin alma que obliga al alma a interrogarse. Meyrink le otorga demasiada teatralidad, demasiados gestos. Prefiero la quietud de un pasillo que no termina, la sombra que se mueve sin dueño, el documento administrativo que decide un destino sin explicación. La literatura no necesita gárgolas para ser inquietante, basta con nombrar lo cotidiano con la precisión exacta que revela su abismo.

«Debía ser medianoche. La luna llena oscilaba sin brillo como un pálido plato de latón tras velos de niebla.» 

No niego el mérito de Meyrink. Ha sabido leer la piel de Praga y extraer de ella un sueño febril. Pero el sueño, una vez escrito, debe conservar su respiración entrecortada. El suyo jadea. Y en ese jadeo, lo sobrenatural se vuelve ruido, y el ruido, al final, nos devuelve al silencio que tanto tememos. Tal vez esa sea la verdadera maldición del Golem, no el hecho de haber sido creado, sino el de haber sido contado en voz demasiado alta. Y yo sigo preguntándome si el verdadero monstruo no es el homúnculo de arcilla, sino la prisa con que los hombres quieren nombrar lo innombrable para sentirse dueños de él.





jueves, 23 de abril de 2026

El último secreto, de Dan Brown

 


Dan Brown no hace literatura en sí. Produce entretenimiento masivo con guiones muy americanos que el marketing digital convierte en bestsellers trepidantes y sorpresivos para satisfacer la curiosidad de un público cada vez más necesitado de efectos especiales. En una reciente entrevista reconoció que nunca lee ficción y sin embargo se ha convertido en un referente mundial del thriller especulativo. Su modus operandi consiste en decodificar lo científico y transmutarlo en una ficción superficial y sin originalidad que encienda el debate. Si hablan de él, vende, porque como lector, toda su infraestructura mercantil te ha preparado una amplia gama de estimulación con turismo literario, verosimilitud, redes sociales activas, experiencia inmersiva, gamificación y una adaptación cinematográfica asegurada en Netflix. Así que vas a caer y te lo vas a leer por pura curiosidad. Dentro, claro que hay un secreto, pero no una verdad. Todo está envuelto de una fantasía decepcionante. 

En esta ocasión ha plagiado la trama de Stranger Things cambiando el proyecto MKUltra por el de Stargate en Praga. Sumergido en un misticismo futurista se arroja hacia la  parapsicología, tocando temas abstractos como la potencial no localidad de la conciencia, la experiencia extracorporal, la visión remota; unido a los fractales, las sustancias psicoactivas como Rohypnol y la realidad virtal inmersiva.  Temas de inmesa complejidad reducidos a lo más simple.

La CIA, junto con la empresa In-Q-Tel, ha construido por debajo de un antiguo refugio nuclear que fue utilizado en los años cincuenta en el silencioso subsuelo de Praga, una cámara secreta de aspecto sobrio, futurista y puramente tecnológico,  que dispone de un vagón monorrail  para acceder hasta un laboratorio médico, denominado Umbral, donde esconden un quirófano y una máquina muy inquietante, suspendida sobre una pulcra mesa de operaciones, con cuatro brazos robóticos articulados para la neurocirugía craneal. Experimentan con la plasticidad neuronal y la reconfiguración del cerebro humano. ¿Con qué propósito? Ganar la carrera armamentística parapsicológica a través de la Visión Remota

 «Somos una única conciencia.»

La novela avanza junto a una constante premisa: todos somos uno. Cada porción individual contiene el todo y todo es una ilusión. Las imágenes que entran en la mente modulan y condicionan todo lo que hacemos y decimos. Vivimos en una mente holográfica, en el anima mundiRusia, China y EEUU trabajan en una tecnología RLS de chips intracraneales. Proyecto Umbral se prepara para una operación a gran escala tras experimentar con una chica rusa llamada Sasha. Muy en la linea de lo que le hacen a Once en Stranger Things.

Pero en esta historia los protagonistas son Katherine Solomon y Robert Langdon, una pareja de investigadores de la conciencia muy suspicaces que ahora están en peligro. Ella  está a punto de publicar un libro sobre noética en el que trata la posibilidad de diseñar un chip para reducir los niveles de GABA del cerebro, lo que puede poner en jaque los planes de la CIA. Su tesis doctoral ya iba encaminada hacia la creación de la neurona artificial y ahora plantea la posibilidad de integrar una tecnología de biofilamentos nanoeléctricos con el árbol dendrítico de las neuronas en más de cien billones de sinapsis para convertir el contenido psíquico en datos binarios que interactúen con las máquinas. La CIA ha seguido todos sus diseños científicos de transhumanismo hacia la Era Cyborg pero con otro objetivo: captar las imágenes del Tercer Ojo. Y para ello van a utilizar a pacientes epilépticos de un psiquiátrico ruso. Pueden tenerles más de una hora en estados de trance para aprovechar sus capacidades de visión remota y espiar los planes y actividades de otras naciones.

El último secreto es un thriller de fantasía  que niega al ser humano la posibilidad de tener una vida en libertad y de sentir el desapego del yo. Dan Brown insiste en su crítica al materialismo sin defender una alternativa coherente. Construye unos personajes planos y unidimensionales para abordar cuestiones filosóficas, científicas y teológicas de gran calado pero reducidas al más espurio sensacionalismo. Lo más grotesco de la novela es el Golem. Así que me parece un fraude de libro. Pura charlatanería norteamericana. ¡Blum!