Estoy unido a dos gatos arrebatadores y al tantear curiosidades literarias por la librería vi esta simplificada portada de Burroughs y reapareció en mi conciencia un renovado espíritu underground infectando el pensamiento con un lenguaje virulento, convertido en arte, arte como instrumento de desprogramación social. Encorvé mi mano y me lo llevé sintiendo un ronroneo en el pecho.
Leí al narrador del desmontaje, expresando su devoción hacia los muchos gatos que habían enriquecido su vida: Ruski, Ginger, Ed —el gato albino—, Smoky, Wimpy, Horatio, Calicó Jane, Fletch... y de repente noté que yo era uno más de ellos, un gato encerrado que no puede caminar solo y debe permanecer en su lugar.
«Las personas y los animales pueden desaparecer de espíritu antes de desaparecer de cuerpo.»
Burroughs nos somete a un proceso de desorientación deliberada que busca, paradójicamente, una forma de lucidez más radical. Si la narrativa tradicional intenta ordenar el mundo, la de Burroughs lo desordena para que puedas verlo. Es una experiencia sensible de emociones contenidas en un tono crepuscular.
«Para mí el gato blanco es un mensajero que me cita para que afronte el horror de la devastación termonuclear.»
Tras compartir este silencio cómplice abatido por las balas de su lenguaje, he comprendido que los gatos no nos pertenecen. Observan. Registran
los fallos del sistema nervioso humano. Lamen las heridas sin permiso.
No juzgan. Solo miden la distancia entre tu piel y la jaula. En sus ojos
no hay moraleja, solo un espejo donde el lenguaje se oxida. Los tocas y
sientes el pulso de otra máquina, más limpia, libre de la gramática del
control. No son mascotas. Son testigos silenciosos del colapso. Cuando
cierran los párpados, el virus se detiene. Un instante. Suficiente. Nos permiten estar con ellos ¡Blum!

No hay comentarios :
Publicar un comentario