HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Joyce, Proust o Kafka. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2016

miércoles, 28 de enero de 2015

El hombre del salto, de Don Delillo

Un Gran Desastre que todos conocemos ocurrió en Nueva York. Plata surcando el azul. Se produjo un estrépito y el fragor del derrumbe, el humo y las cenizas rodando por las calles, doblando las esquinas, los folios y el papel de oficina pasando en vuelo rasante y cosas que no son de este mundo consternaron la paz en el fúnebre cobertor de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Ese día que está en la memoria colectiva de todos los que vivimos con televisores produjo sus efectos en la literatura norteamericana cuando Don Delillo decidió narrar en 2007 esta tragedia a través de la familia de Keith Neudecker para dar memoria, sensibilidad y sentido a todo ese espacio de gritos y dolor.

Keith, un hombre de mala reputación, consiguió escapar del edificio demolido, llevaba traje y maletín, tenía cristal en el pelo y cápsulas veteadas de sangre y luz. Tenía claro donde quería ir cuando apareció delante de la puerta de su mujer, Lianne, de la que llevaba separado un tiempo y con quien tenía un hijo llamado Justin. Jamás ninguno se recuperaría del trauma.

«Tras esos primeros días del estrago, el sexo estaba por todas partes.»

Justin es el chico que aparece en la portada del libro con unos prismáticos. Observa asombrado a un hombre que trata de hacer arte con el horror. Está atento a las apariciones arrogantes de Bill Lawton, el Hombre del Salto, un artista callejero que se cuelga cabeza abajo con traje, corbata y zapatos de vestir, desde distintas estructuras, produciendo en los espectadores y los ciudadanos el horror y la desesperanza humana de aquellos siniestros instantes dentro de las torres gemelas en llamas, con la gente cayendo y obligada a saltar. En otras ocasiones ya lo habían visto colgado de una galería en el patio de un hotel y había salido escoltado por la policía de una sala de conciertos y de dos o tres edificios de pisos con terrazas o tejados accesibles. Bill Lawton contiene la mirada del mundo, como un personaje de un naipe del tarot. Nueva York es un teatro del horror, una ciudad orgullosa, levantada en las alturas, pero que ha caído desmoronada en ruinas para regresar al suelo y retomar un contacto con gente que había quedado olvidado.

«Ahí estaba la espantosa claridad de todo ello, algo que no habíamos visto, la figura única que cae arrastrando el espanto colectivo, el cuerpo que cae a estar entre nosotros.»

La actitud de Don Delillo hacia este trágico asunto es la continuación a toda la literatura de
sus anteriores trabajos premonitorios que consistió en estudiar los hechos históricos, como la guerra fría o el asesinato de J.F.K. tomando distancia para descomponerlo en sus elementos, fríamente y con claridad. Sin permitir que le destruyera. Verlo, medirlo y encontrar una enseñanza. Sin embargo en esta novela se nota que la distancia es aún muy pequeña y los efectos que produce son pequeños, poco satisfactorios e inadecuados a la dimensión real de los hechos, por toda la contaminación de documentales, artículos de periódico y noticias que nos aún están influyendo.

Cierto es que hace años, Delillo escribió sobre el creciente aumento de los terroristas, del creyente letal, la persona que mata y muere por la fe; el poder de las multitudes, fusionado por los medios de comunicación, sobre la historia que cambia de forma turbulenta y con violencia; la seducción de la tecnología y la saturación que produce junto al brillo de la cultura pop; la institucionalización de la paranoia y el pensamiento conspirativo en la mente colectiva.
El lector de Delillo viene seguro preparado para seguir analizando su teorización del caos. ¿Se acuerdan de Unabomber? ¿aquel norteamericano de origen polaco llamado Kaczynski que también realizó varios atentados con carta bomba durante casi 18 años y que llegó a matar a tres personas? Unabomber, curiosamente, era el acrónimo de Universidad-Aerolíneas-Bombardero. El tipo intentó luchar contra lo que entendía que eran los efectos malignos del progreso tecnológico. Don Delillo recuerda a ese anterior terrorista y lo asocia a una versión más espeluznante, los Unaflyers que pilotaron los aviones que se hundieron contra las torres gemelas. Esto es EEUU. Ya no debemos extrañarnos.

«Después de la tormenta es cuando nos atrevemos a buscar el arcoiris.»


El hombre del salto no es ni mucho menos la novela epopéyica que podríamos esperar de un autor con la visión panorámica que desplegó en sus dos obras maestras, Submundo y Libra. Sus personajes centrales, Keith y Lianne, siguen siendo dos figuras no muy convincentes, a la deriva en el mar anónimo de la humanidad, balanceándose solos en sus propios pequeños salvavidas, desconectados del mosaico global y del espíritu de la época o la conmoción mundial que dejó a su paso, por lo que la novela causa una importante decepción. La creación de este lienzo no profundiza ni es lo suficientemente amplio, ni consigue entrelazar personajes ficticios con los reales, como Mohamed Atta, los cuales se deslizan por las grietas de la novela como presencias de tono casi espectral, llevando al lector por desarticulados incrementos de tensión hacia una estudiada escena final de primeros planos y silencios oblicuos con la muerte, lo que será una cita inexorable con el terror más crudo proyectado sobre los acontecimientos del 9/11. La obra nos deja con dos imágenes mezquinas: la del artista que salta y el de un hombre absorto en sí mismo, que acude a la ciudad atraído por el fuego y las cenizas de aquel día y decide pasar su previsible futuro jugando a juegos estúpidos de cartas en el desierto de Nevada. Será la gente corriendo por sus vidas, la parte de la historia que aún nos quedará por leer, porque es la parte que nos aleja más allá de las cifras de los muertos y de los desaparecidos, y nos produce una idea elevada del Ser. Aún así pasarán aún muchos años de reflexión hasta que un escritor sea capaz de plasmar con pureza el 9/11 en palabras.

«Hay algo vacío en el cielo.»