HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Joyce, Proust o Kafka. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2016

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Silencio de Shûsakû Endô

Poco me importa la doctrina religiosa que abrace un escritor cuando su literatura me agarra. Es una lección que aprendí hace años durante la lectura de las Memorias de ultratumbra del sublime François de Chateaubriand, con sus más de cuatro mil páginas, en la edición erudita de tapa dura que publicó Acantilado. Con Endô pasa un poco lo mismo. Asi que continuando con la literatura de Japón y sin dejar la ambientación del siglo XVI, he querido rescatar la obra maestra de Shûsaku Endô, autor de esa Tercera Generación de escritores que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial y que expresan sus ideas con un enfoque un tanto nihilista, perturbador y sincero.

Êndo nació en 1923 y se hizo catedrático de Literatura Francesa en la Universidad de Sofía de Tokio. Fue católico converso por influencia de una tía suya, educada bajo vínculos europeos. Perteneció a esa minoría del 1% de católicos en Japón y fue presidente del PEN Club, la asociación intenacional de escritores del mundo, a la que han pertenecido los grandes, entre ellos Paul Valéry, Thomas Mann, Joseph Conrad, George Bernard Shaw y H.G. Wells. Acompáñenme pues a los preliminares de esta interesante novela porque es uno de los grandes clásicos contemporáneos de la literatura japonesa. El contexto es interesante.

Durante el siglo XVI, mercaderes de Portugal, de los Países Bajos, de Inglaterra y de España llegaron a Japón y fundaron misiones cristianas que no tuvieron ningún éxito. En 1549, llegó a Japón para predicar el cristianismo el misionero español jesuita San Francisco Javier tras desembarcar en Kagoshima, Kyūshū, aprovechando las rutas comerciales portuguesas. A comienzos del siglo XVII, el shogunato comenzó a sospechar de las estas misiones, considerándolas precursoras de una conquista militar por las fuerzas europeas y, como medida de protección, ordenó el cierre de Japón a toda relación con el mundo exterior a excepción de contactos restringidos con mercaderes chinos y neerlandeses en la ciudad de Nagasaki. Un aislamiento que se prolongó durante 251 años, hasta el año 1854. A día de hoy el cristianismo sólo representa menos del 1% de los más de 129 millones de habitantes que hay Japón. Este relato narra dicho intento de conquistar espiritualmente la Isla y cuenta las torturas a las que al final fueron expuestos junto con todo el sufrimiento que el cristianismo causó en Japón.

“Habiendo estado prohibida muchos años la religión cristiana, hay obligación de denunciar a toda persona que sea claramente sospechosa de pertenecer a ella. Se gratificará conforme a lo que sigue:

Al que denuncie a un padre, 300 monedas de plata.
Al que denuncie a un hermano, 200 monedas de plata.
Al que denuncie a uno que ha vuelto a abrazar el cristianismo, la misma cantidad.
A un catequista, 100 monedas de plata.
Y se le entregarán las susodichas 300 monedas de plata según la clase de sujeto denunciado, aunque el denunciante mismo sea catequista. Caso de ocultar a tales sujetos y descubrirse por información de terceros, los jefes de vivienda, incluídas las cinco más próximas y sus familiares, serán severamente castigados. Así lo hacemos constar.”

Silencio constituye una profunda exploración de la fe, así como de la fragilidad, la ambición y la lealtad humanas. Es también la primera novela en la literatura japonesa que lleva como protagonista a un occidental. Se trata de una novela histórica calificada de extraordinaria como novela pero inicua como historia. Cuando el libro fue publicado en Japón, la reacción de los católicos fue adversa. Según ellos la novela no hacía justicia a los miles de mártires japoneses ni, por supuesto, a la inmensa mayoría de los misioneros que acudieron a alentar a los cristianos acosados. Para Êndo las cosas eran bien distintas. Quiso ser franco con la identidad de su país y describir fielmente la naturaleza de su cultura pagana.

Êndo tiene ideas muy singulares y definidas sobre lo que es el cristianismo y lo que es Japón. Para él, el Cristo auténtico es el de la cruz, el que gritó: «Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has abandonado?» Y el cristianismo auténtico lo practican quienes sufren como Jesús y reconocen su propio rostro doliente en el rostro doliente del Maestro. Endô da la impresión de creer que Francisco Javier y los misioneros del siglo XVI pretendieron introducir en Japón un cristianismo demasiado occidental y adulterado, que el país rechazó como todo organismo rechaza un cuerpo extraño. Sin embargo, la tesis de Endô indica que el cristianismo no puede echar raices en Japón porque los japoneses son triplemente insensibles a dios, al pecado y a la muerte. Sin estos anclajes no puede existir teologización ninguna. El silencio será sentido durante la novela con la angustia del vacio que produce la imposibilidad de conocer la existencia de dios, porque silencio es la constante respuesta a todas las preguntas que un creyente le lanza a su ficción.

Al cerrar el libro la novela seguirá recorriendo las sendas de su memoria con especial intensidad. Êndo nos invita a plantearnos algunas de las cuestiones que más han preocupado al hombre a lo largo de la historia, y lo hace con tal lucidez, elegancia y aparente facilidad que resulta difícil no convertir la lectura en una cuestión personal. ¡Disfrútenla!, pero en el más absoluto silencio pues en ese estado está la clave de esta literaria consideración.

1 comentario :

Anónimo dijo...

Holas.

Lei hace unas semanas este increible libro, quizas una de las mejores novelas de nuestros tiempos.

me dejo totalmente sin palabras la "viacrusis" del padre rodriguez en japon, el como fue poco a poco perdiendo la fe gracias a la persecucion que los señores feudales y samurais hacian para atraparlos; sus tacticas, sus chantajes emocionales, tanto a los creyentes como a los padres. Tambien el silencio de dios ante el sufrimiento de los pueblos y el propio sufrimiento del padre. El silencio es brutal y perpetuo, dios no responde, solo es un testigo a todo lo que pasa. La fe se colapsa con el pasar de los dias.

"japon es un pantano donde no se puede sembrar"

duras palabras en verdad.

Hay algo que debo de mencionar y es un personaje recurrente el cual era desde que aparece el judas de la novela, este personaje "kichihiro"; un ruin mediocre que hace lo que sea con tal de salvarse. Que proposito tan ruin de "dios" (si lo que queremos ver asi) el poner a kichihiro en el camino del padre rodriguez.

conmovedor en verdad. saludos